
Esta madrugada falleció mi padre.
Creo que vá a pasar bastante tiempo antes de que pueda escribir al respecto.
Además del dolor siento una gran confusión, orfandad, soledad, mucho miedo y, a pesar de mis 47 años, desprotección ante al mundo.
No sé, me imagino que lo iré transitando de a poco y que también de a poco las cosas irán ocupando el lugar que les corresponde.
Y como dice una de mis hermanas, también te das cuenta que pasás a ser el "techo" de la generación que te sigue, "el grande" frente a tus hijos sobre todo. De pronto me he hecho, nos hemos hecho adultos.
Debajo, un escrito de sus editores españoles, InÉditor, que refleja muy bien su espiritu.
Desde el cielo venía su historia de un Borges que, una vez cruzada la frontera entre la vida y la muerte, busca resolver una obsesión arraigada en sus entrañas: escribir el poema definitivo, la plegaria que lo libere de sí mismo para siempre. Misión imposible, reservada a espíritus poderosos, los invencibles de la escritura y de la pasión. Pero en literatura, para Borges no hay nada imposible. Fue un acierto que, desde aquel cielo de Gardel, Macedonio Fernández, Bioy Casares y Freud, entre otros, el genio apuntara tan firme hacia un argentino excepcional, vigoroso, creativo y desconcertante, que un buen día del año 1975 comenzó a buscar entre los poemas de Borges las palabras más solicitadas, las más recurrentes, aquellas con las que componer la esencia poética del que había sido genio universal. Y Beilin lo consiguió (para él tampoco había imposibles). Lo consiguió hasta el punto de pasear el recién nacido poema “La espera” por la crítica, por revistas y tratados, siempre con un guiño pícaro pero profundamente honesto. Aunque el poema pasó por auténticamente borgeano, Beilin decidió, como espíritu honorable que era, dar a conocer la verdad de la manera más excelente posible: otorgándole al propio Borges la autoría del poema, cuyo escribano se convertía además en consignatario de la proeza a través de la novela “Se detendrán las aguas de mi río: la novela de Borges”.
Esta maravillosa novela que tuvimos la suerte y el placer de editar en 2005, finalista del Premio Café Gijón de novela en 2004, es el tributo de Armando Beilin al maestro indiscutible. Podría parecer que es un homenaje más a la gran figura, una genuflexión como otras ante la gran divinidad de las letras, pero no: es que Borges fue Armando Beilin durante mucho tiempo, mientras se escribió el poema y mientras se configuró la novela. Beilin lo rescató del otro mundo para cumplir doblemente su deseo: escribir la plegaria que lo liberara de sí mismo para siempre, y contarnos a los lectores esta magnífica historia.
Por eso ahora, una vez que nuestro bienquerido Armando acaba de superar la frontera entre la vida y la muerte, supongo que estará comentando con Borges cómo fueron las cosas por aquí abajo. Los problemas para editar, las dificultades para vender el libro, el cariño que depositó en nosotros (fue amigo hasta el final, además de maestro), la tristeza y amargura del silencio de un libro que no llegó a funcionar. Ahora desde el cielo, en un más allá sin tiempos ni distancias, buscarán entre los dos, medio en broma medio en serio (muy borgeano y beiliniano proceder) a otro espíritu vigoroso, activo y excepcional, quién sabe en qué lugar de Buenos Aires, o de Ginebra, o de un pueblo remoto, para seguir escribiendo novelas y poemas, todas aquellas cosas que se quedaron por decir.
Armando nos enseñó a leer, a escribir; también a vivir y a morir. No hay pena, no hay distancias. Todo en Armando es vida, incluso ahora. Como dijo Borges por su boca: “Resulta algo extraño usar la palabra “vital” cuando están conversando dos muertos”.
Espero que disfrutes mucho de tus partidas al envido, que bebas muchas copas de grappa servidas por el excepcional y amable Mefisto, y que las buenas tertulias celestiales de las que nos hablaste antes de subir a ocupar tu silla sean muy amenas y productivas. Porque seguro que seguirás escribiendo desde allí, divertido, genial, profundo. Con todas las ventajas de vivir sin plazos, con toda la clarividencia que ya intuías y que en cierto modo supongo ansiabas.
Gracias por haber confiado tu inmensa novela, tu tremenda ilusión, a estos pequeños editores. Contigo nos hemos hecho grandes, para siempre.
Peter, lo siento mucho. Te escribo por mail. Un gran abrazo.
ResponderEliminarque bonito lo de sus editores, me imagino que estarás orgullosísimo, te mando un gran abrazo.
ResponderEliminarpeter, un abrazo fuerte desde barna... tu amigo pera
ResponderEliminar