Not everyone is lucky to work in acool and inspiring office,and even those who are, can become stuck in an uncreative rut, or disturbed by loud coworkers, boring music, smells of someone’s lunch, outside noise. And those who work at home have all of the distractions — and attractions — of home to lure mind and body away from productive work. No wonder coffee shops around the world look more like offices than many offices. People sitting at their computers, talking on their phones, conducting business with coffee and muffins nearby. Yet anyone who’s done the coffee-shop-as-office thing knows that it is not without problems either. Too many people, loud conversation, screaming kids, familiar faces, bad wifi, no plugs, uncomfortable chairs, line-ups for coffee, managers wanting you to leave.
Luckily, creative people have started to think up solutions to meet the very clear need of cool working spaces for mobile workers.Urban Station in Buenos Aires, Argentina, has taken the best of both office and coffee shop and wrapped it all up in a funky urban space.
Urban Station is appropriately located at Malabia and El Salvador Streets in Buenos Aires’s hip Palermo Soho where fashion, design and art mix with the densest concentration of bars and restaurants in the city. You sit at one of the wide tables, pay by the hour and benefit from the calm atmosphere and comforts of an office with plugs and locks for your computer and super-fast wifi. The coffee shop part comes in the form of unlimited coffee, tea, mineral water, fruit, croissants and cookies, all part of the fee.
In addition, the large and airy Urban Station offers art and business magazines and books to read, comfortable armchairs for lounging and casual meetings, fully equipped meeting rooms, printers, fax and scanners, plus lockers for your gear. If you get bored, or need to dash out for a moment, they even offer a few bikes at the door for you to borrow. It feels like office, coffee shop AND home. More of this, please! - Bill Tikos
Y ese tango
compadrito del sur
y un fandango
de gitano andaluz
y un piano
con dos copas de más...
(si, a propósito)
La Canción de Los (buenos) Borrachos
Cuatro gotas
de alquitrán en la voz,
siete notas
empapadas de alcohol
campanadas
en el fondo del mar,
carcajadas
que me hicieron llorar...
Con un loro
que blasfema en latín,
le hacen coro
los "sultanes del swing"
y una big band
con un trombón y bombin
de Nueva Orleans
en mi funeral.
Y ese tango
compadrito del sur
y un fandango
de gitano andaluz
y un piano
con dos copas de más,
y unas manos
que lo sepan tocar.
Oraciones
para gente sin fe,
tentaciones
de volver a beber
el veneno
que tus labios me dan,
el obsceno
beso de la verdad.
La balada
de la casada infiel,
demasiadas
cosas por aprender,
el portero
de la Puerta del Sol,
el cartero
de tus cartas de amor,
el primero
en sacarte a bailar
un vals.
El vals
de la tristeza más triste del mundo,
la belleza que dilapidé,
la pereza de los vagabundos,
el rompecabezas que no terminé.
La palabra secreta, la mano
que planta violetas en el hormigón,
la maldita canción del verano,
la casa de citas de mi corazón.
Y el milagro del abecedario,
la tortuga que rompe a volar,
la ternura de los dinosaurios,
el aniversario de la soledad.
La liturgia de las despedidas
la bala perdida que viene por mí,
la nostalgia que amarga la huida,
la banda sonora de lo que viví.
La canción de los buenos
borrachos
que, de madrugada,
vuelven al hogar,
la canción que atropella los tachos
llenos de basura de la Capital.
La canción que se canta al oido,
la canción que no quieres oir,
la cantamos los malos maridos
cuando, en el olvido,
pensamos en ti.
La canción de los buenos
borrachos,
que, de madrugada.
vuelven al hogar,
la canción que atropella los tachos
llenos de basura de la Capital.
La canción que se canta al oido
la canción que no supe escribir,
la cantamos los malos maridos
cuando, en el olvido,
pensamos en ti.
En éstos días de mundial, de pronto recordé éste post, de hace casi 1 año, de Martín Varsavsky en su blog.
Solo añadir que los argentino en el exterior tenemos muchas coincidencias, tanto de concepto como vivenciales. Tengo 48 años y a los 24 decidí quedarme en España, con temporadas en otros sitios, incluída Buenos Aires. Adhiero y me siento reflejado en mucho de lo que Martín expone en su post.
Si leéis el post, recomiendo ir al blog y leér los comments.
Un par de anécdotas propias relacionadas al tema (de las muchas), desde lo vivencial que mencionaba antes:
- Cómo buen argentino, la primera vez que conduje en España (recuerdo que fue yendo del aeropuerto de Bilbao a Vitoria a ver a un cliente), me salté un Stop. Ataque de pánico entre los pasajeros españoles. Aprendí. Una de las consecuencias: viajo a Buenos Aires y respeto el Stop (Pare allí) en la bajada de Gral.Paz a Libertador hacia el norte. Consecuencia: me chocaron por detrás y en cadena 4 coches. Obviamente, para todos la culpa era mía.
- Me robaron varias veces en mis viajes a Buenos Aires (en España también) pero, la peor (al margen de los asaltos que involucraron fusiles y pistolas, más por el componente emocional, porque fue un descuido) fue en el viaje de bodas que hicimos con la que ahora es mi ex mujer, española ella. Lo dividimos en dos: mitad en Buenos Aires para que conozca a mi familia con escapada a Uruguay y mitad a Palma de Mallorca. Al llegar y en el mismo Ezeiza, al salir de la aduana, entre abrazos y saludos, nos robaron el bolso de ella, con dinero, tarjetas, documentos. Fantástica bienvenida.
Os dejo con el texto.
Yo, argentino
Volviendo de nuestro viaje vemos que tenemos bastantes regalos. Entre ellos encuentro la colección de Oblogo, una revista literaria argentina que resultó ser tan buena como corta. Tiene bastantes artículos de muy alto nivel, algo que sorprende al venir encuadernados en un formato de panfleto político. Aún no entiendo a quién debo agradecer por el envío, pero lo voy a hacer porque reconozco que me quedé atrapado por el contenido. Cada artículo es como un túnel (en el sentido digital) directo a un punto concreto de la personalidad argentina. Son excelentes retratos; me gustó uno sobre un viaje en subte, otro sobre los diferentes estilos de engaños matrimoniales, y uno muy gracioso sobre como funciona de mal McDonalds en Argentina, donde le cambiaron el nombre a las pajitas porque sonaba a masturbación. Entusiasmado le empecé a leer artículos a Nina, pero al hacerlo me di cuenta del abismo cultural que nos separa.
A Nina, siendo europea del norte, alemana y educada en Inglaterra, le cuesta entender muchas cosas del carácter argentino. Mis historias en las que personajes se enorgullecen de actos que a ella le parecían egoistas y traicioneros perdían el humor. Al final, aunque siendo argentino, yo también veía que lo que en Argentina son virtudes en la mayoría de los países son defectos. En cierto sentido los europeos del norte son más parecidos a los japoneses (acabamos de estar en Japón) que a los argentinos. Son considerados honestos, cívicos, responsables de sus actos y listos a disculparse ante el menor agravio. La sorpresa mayor fue cuando le mostré la foto de el Yo Argentino. Nina no podía creer que en Argentina ser argentino signifique algo tan negativo entre los mismos argentinos. El concepto de que un pueblo tuviera un gesto y una expresión en la que ser argentino significa justamente lo contrario de lo que en Alemania y el norte de Europa es ser una buena persona la confundía. Al principio creyó que era una tomadura de pelo a los argentinos hecha por algún rival latinoaméricano que quería difamarnos. Yo tuve que explicarle que no éramos víctimas de ningún ataque regional, sino que aunque ser argentino es una actitud que define lo opuesto de la solidaridad eso es, justamente, ser argentino. Según la revista:
Yo, argentino es un gesto que sirve para excusarse de involucrarse en una cierta situación….el gesto es utilizado como sinónimo de yo no me meto, o bien con un significado cercano al de no me hago responsable.
En argentina ser canchero (chulo), piola (listillo), avivado (ser más engañador que el otro), ser un buen jugador de truco (el juego nacional basado justamente en el truco) son virtudes. Cuando yo era chico tenía un pariente que traía billetes recién sacados del banco y me decía que los hacían en su casa, pero que no le contara a nadie. Mi educación argentina consistió en aprender el refinado arte de conseguir no caer en las mentiras que me rodeaban. Los héroes que nunca habían contado una mentira no pasaron por Las Heras entre Ayacucho y Junín. Y ojo, no es que en Europa del norte no se miente, pero lo que no se llega es a estar orgulloso de hacerlo caer al otro. Por eso es muy difícil explicarle eso a una persona que viene de una cultura tan distinta que es divertido engañar.
Cuando yo era chico y mi padre, educado en Harvard, paraba en el paso de cebra para dejar pasar a los peatones, yo recuerdo que le preguntaba por qué éramos los únicos boludos que hacíamos eso y le decía que si seguía así un día nos iban a chocar de atrás. Pero luego de vivir 25 años afuera volví de visita y un taxista casi atropella a una señora que cruzaba por el paso de cebra y cuando yo le dije que la señora tenía el “derecho” de paso, me respondió ¿derecho? dale…¿qué va hacer? ¿le va a ir a llorar al juez en silla de ruedas? Y yo extrañé mucho a mi padre, que ya había fallecido.
Y hay otro tema de la Argentina que es complicado de compartir con un europeo del norte y es el del servicio doméstico. En Europa del Norte no tener mucama no es una cuestión de dinero, sino de la satisfacción de valerte por ti mismo. Mi suegro tenía una fábrica cuando Nina era chica, pero ellos no tenían mucama porque en Alemania está mal visto que otro te lave los platos, te sirva la mesa en tu casa, te cocine tu comida y ni hablar de que eduque a tus hijos. La madre de Nina cocinaba, el padre lavaba y todo esto volviendo de la fábrica donde tenía un centenar de empleados. En la Argentina en la que crecí yo, la población estaba dividida entre los que ensucian y los que limpian, los que tiran la ropa y los que la recogen, los que se visten con una camisa reluciente y los que la planchan. Sí, en Argentina también hay familias que ni le limpian la casa al otro ni nadie le limpia la suya, pero siguen siendo minoría.
Cuando yo era chico mis padres eran los dos profesores. Mi padre de física, mi madre de inglés. No teníamos ni plata para comprarnos un coche, ni una televisión a color. Pero eso si, teníamos a Rosa que es como mi segunda madre y aún la veo cuando voy de visita a la Argentina. Y Rosa se ocupaba de la casa. Sin Rosa Las Heras 1975 se venía abajo. Durante el fin de semana los platos se apilaban porque nadia lavaba nada hasta que llegara Rosa. Y esto no es algo que nos avergonzaba. Dejá que viene la mucama es algo muy común de decir en Argentina. Y la vajilla sucia se acumula. Así es que con Nina tenemos una especie de shock cultural. Nina en casa se levanta a recoger los platos y el servicio se pone incómodo. Nina me hace ver como raro lo que para mi es normal. Por eso nos sentimos muy bien cuando vamos a nuestra casa en París. Ahí no tenemos ayuda, yo hago la compra y cocino, Nina lava los platos y hace la cama. Yo manejo la Vespa. Pero no vivimos en Paris, vivimos en Madrid, con mucha ayuda. Y yo que siempre pensaba que estaba ayudando a inmigrantes, consiguiéndoles sus papeles, dándoles trabajo, ahora me doy cuenta de algo obvio, que las únicas sociedades justas son las que la gente se hace la mayoría de sus cosas, nadie es la mucama de la mucama, la niñera de la niñera. Y hay muchas historias tristes de señoras que dejan a sus hijos con sus padres y cuidan de los hijos de otros, en Argentina y en España también. Mucha de la liberación femenina se debe a que hay otra mujer bastante menos liberada que está cuidando los hijos de la mujer que trabaja. Muchas Rosas.
Termino con un comentario que podría explicar la increíble difusión que existe entre la clase media y alta argentinas de la psicología y el psicoanálisis. Así como todo el que puede en Argentina tiene una persona que le limpia y cocina, también tiene una persona que le limpia y le cocina, el cerebro. Cuando hablo con Nina de este tema, de que la mayoría de la gente que vemos cuando visitamos Argentina va a un psicólogo o una rama de la psicología llamada psicoanálisis, que es hoy en día solo común en Argentina, es interesante su respuesta. No es que Nina está en contra de la psicología y el psicoanálisis, pero su reacción y la de muchos de mis amigos nórdicos, es que así como uno tiene que hacerse su cama, también tiene que ocuparse de sus problemas a menos de que por supuesto sean realmente graves, en cuyo caso uno va a un hospital donde si te hacen la cama y también te curan. El resultado es que para ellos ser inglés, o ser alemán, o ser sueco, significa un tipo de orgullo diferente. Los nórdicos se disputan las buenas virtudes. Aspiran a ser responsables, comprometidos con la sociedad, cívicos, cordiales, no quieren ser vivos y hacer caer al otro. Pero para nosotros, lamentablemente, ser argentino significa lavarse las manos, pero no los platos, y yo lo digo reconociendo que aún soy bastante argentino.
Ahora si finalizo aclarando que no quiero ofender a nadie con este artículo, y menos a mis compatriotas. Ser argentino también tiene virtudes como la creatividad, la espontaneidad, y quizás en ciertas ocasiones no hacerse cargo de las culpas evita depresiones y suicidios que son bastante más comunes en Europa del norte. Pero creo que contar esta experiencia personal en mi blog, la de tratar de compartir artículos de una graciosa y divertida revista literaria llamada Oblogo con mi esposa alemana, y lo que ocurrió al tratar de hacerlo, le puede resultar útil a algún otro argentino. ¿Quién sabe? Quizás podemos ser más argentinos…siendo menos argentinos.