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jueves, marzo 24, 2011

Think Quarterly by Google




About the Book


At Google, we often think that speed is the forgotten 'killer application' – the ingredient that can differentiate winners from the rest. We know that the faster we deliver results, the more useful people find our service.

But in a world of accelerating change, we all need time to reflect. Think Quarterly is a breathing space in a busy world. It's a place to take time out and consider what's happening and why it matters.

Our first issue is dedicated to Data – amongst a morass of information, how can you find the magic metrics that will help transform your business? We hope that you find inspiration, insights, and more, in Think Quarterly.

Matt Brittin
Managing Director, UK & Ireland Operations, Google

miércoles, enero 05, 2011

Jartito, hasta las narices de la polémica con la nueva ley antitabaco. Por eso mismo, aporto la peseta que falta para el duro.


Antes que nada, aclarar que no me afecta, en la práctica, en lo más mínimo. Fumo seis pitillos al día, a veces menos, de liar. Y no pasa nada si no puedo fumarlo en el bar amigo a la hora del cafetito.

Mi postura es muy simple y va mas allá de las razones a las que se alude para estar a favor o en contra. Me parece bien que se quiera proteger a los no fumadores. Me parece mal la forma de llevarlo a cabo.

Y como no voy a escribir un panegírico al respecto, comparto con vosotros las opiniones de dos personas a las que respeto mucho, publicadas en El País. A favor, Luis Rojas Marcos, profesor de psiquiatría de la Universidad de Nueva York y ex presidente ejecutivo del sistema de Salud y Hospitales Públicos de, nada menos, esa ciudad. Tengo y he leído todos sus libros; un claro referente. En contra, Fernando Savater, filósofo, escritor, ensayista, profesor. Uno de mis autores de cabecera.

Las dos posturas, desde el punto de vista legal y a lo que apunta el espíritu de la ley, son correctas. Mi elección, subjetiva, es la de Savater. ¿Por qué? Va más allá de la ley en sí, cuestiona otras aspectos con argumentos que ninguna racionalización objetiva, en mi humilde opinión, puede rebatir.

Antes de dejaros con los dos artículos (leedlos, vale la pena) me remito a la última frase de Savater, que hago mía y resume perfectamente mi postura:

Lo que mata (la convivencia civilizada) no es el tabaco, sino utilizarlo donde no se debe. Y también legislar para enmendar la conducta de los ciudadanos en lugar de establecer marcos para que convivan derechos distintos sin colisionar entre sí.

Disfrutad.


ANÁLISIS: A FAVOR DE LA LEY
"PERSEGUIR AL VERDUGO"
LUIS ROJAS MARCOS

En las últimas décadas, las tabacaleras han sido la diana principal de cientos de querellas, individuales y colectivas, por haber ocultado a sabiendas y durante años el poder adictivo de la nicotina y la relación directa entre el cigarrillo y numerosas dolencias mortales del corazón, los pulmones y otros órganos vitales. La acumulación más reciente de la indisputable evidencia sobre lo dañino del humo del tabaco ha centrado la atención de los líderes sociales y las instituciones que velan por la salud pública en los consumidores que fuman en público y dañan la salud de terceros.

El consumo de tabaco en compañía de no fumadores es a la vez complicado y sencillo. Esta es la parte complicada: el tabaco es un producto legal que mata. Pero todos tenemos derecho a escoger nuestros propios venenos y el consumo de tabaco es una decisión consciente y libre. Para compensar la parte complicada ahí está la verdad sencilla: respirar el humo del tabaco de otros causa las mismas enfermedades y también nos saca de este mundo prematuramente, pero lo hace sin nuestro consentimiento.

Fumar es una adicción muy peligrosa. A menudo, también un rito. Los soldados comparten cigarrillos con sus prisioneros y el verdugo con el reo. En muchas sociedades fumar no es solo un acto individual, suele ser además, una ceremonia social. Ninguno somos inocentes. Todos somos cómplices.

Creo que, finalmente, el romance con el cigarrillo se ha roto. Desafortunadamente, demasiados hombres y mujeres continuarán dando su vida por el pitillo. Para muchos, el tabaco es un ingrediente indispensable de su vida, y también de su muerte. El problema es que antes o después alguna de las víctimas del humo de segunda mano va a ser alguien cercano. Y si vemos morir en nuestros brazos a una persona querida a causa del humo asesino, la única opción que nos queda es perseguir al verdugo.

Luis Rojas Marcos es profesor de psiquiatría de la Universidad de Nueva York y ex presidente ejecutivo del sistema de Salud y Hospitales Públicos de esta ciudad.


ANÁLISIS: EN CONTRA DE LA LEY
"¿VENENO PURO?"
FERNANDO SAVATER

Resulta chocante que contra la nueva ley del tabaco protesten los hosteleros y otros damnificados económicos, pero nadie se atreva a reivindicar no solo su derecho a fumar sino el placer y los beneficios que aporta el tabaco a quien sabe manejarlo. Hasta los fumadores que se sienten perseguidos aclaran que van a dejarlo enseguida y a ser buenos, como los demás. Quizá para no parecer a sueldo de las grandes tabacaleras, que es la última sandez inventada contra quienes no se doblegan a planteamientos inquisitoriales: si defiendes las corridas de toros estás a sueldo de los ganaderos, si defiendes el derecho a comer jamón (y elogiarlo) te paga la asociación de chacineros y si defiendes el placer de fumar… mal vamos.

No es cierto que el tabaco mate: lo que mata en ciertos casos es su abuso. Sin duda fumar en exceso es pernicioso, aunque las cifras que se manejan de muertos y malheridos resultan demasiado precisas para no resultar sospechosas. Después de todo, no es tan fácil calibrar quién muere por culpa del tabaco como quién es víctima de un accidente de tráfico… Por lo demás, el mundo está lleno de fumadores vivitos y coleando, lo mismo que de conductores prudentes —aunque la carretera mate mucho—, de bebedores morigerados o de alpinistas que después de jugarse la vida en las alturas vuelven triunfantes y sanos a su hogar. Y por supuesto quienes fuman lo hacen porque obtienen cosas positivas del tabaco (placer, serenidad, inspiración, sociabilidad o lo que sea) no porque sean suicidas en potencia. Si lo fuesen, fumarían cartuchos de dinamita o beberían lejía, conductas poco habituales.

Es cierto que nadie debe imponer el humo del tabaco a quien no desea soportarlo. Por tanto, es lógico que se permita fumar en algunos sitios y en otros no. En el caso de los restaurantes, por ejemplo, puede haberlos de fumadores y de no fumadores (o con secciones separadas para unos y otros): lo absurdo es que alguien proteste porque se fuma en un local que ya advierte que admite fumadores. Es como entrar en una discoteca y pedir que apaguen la música porque uno tiene derecho a charlar tranquilamente con los amigos… Lo que mata (la convivencia civilizada) no es el tabaco, sino utilizarlo donde no se debe. Y también legislar para enmendar la conducta de los ciudadanos en lugar de establecer marcos para que convivan derechos distintos sin colisionar entre sí.

Fernando Savater es filósofo.

viernes, diciembre 24, 2010

Excelente, Savater en estado puro.

Contra los creyentes
Fernando Savater via El País

También acerca de la Ilustración dieciochesca, ese pronunciamiento cultural antisupersticioso por excelencia, se han fraguado supersticiones. Una de ellas asegura que los grandes ilustrados, cuyo epítome es Voltaire, persiguieron a los creyentes. No es cierto o, al menos, no lo es salvo que precisemos bien y de forma contraintuitiva los creyentes a quienes nos referimos. Porque en el sentido más acogedor del término, todos somos creyentes... en el siglo XVIII y hoy en día.

Los conocimientos bien fundados fueron y son demasiado escasos para lo que requieren nuestros anhelos de comprender la vida y actuar en la urgencia del momento presente. Como dijo Wittgenstein, incluso cuando tengamos todas las respuestas científicas aún no habremos comenzado a responder las preguntas que más nos importan. De modo que siempre necesitaremos creer además de saber para poder organizar racionalmente nuestra existencia humana.

Esta obviedad paradójica nunca se le escapó a Voltaire, Diderot ni al resto de los más esclarecidos miembros de la cruzada enciclopedista. Cuando ellos denunciaron y combatieron a los "creyentes", nunca pretendieron acabar con quienes conjeturan más allá de lo que pueden comprobar -ellos mismos lo hacían constantemente- sino con los que en nombre de su inverificable certidumbre persiguen y coaccionan a quienes viven según convicciones diferentes. Porque el creyente peligroso no es quien reivindica su fe como un derecho personal, sino quien pretende convertirla en un deber "para todas y todos", como dicen ahora. Voltaire les caracterizaba con el lema "piensa como yo o muere", todavía vigente hoy de forma literal en algunas siniestras teocracias aunque en nuestras sociedades democráticas haya sido sustituido por una fórmula menos sanguinaria: "Piensa como yo o muere... socialmente".

El laicismo del Estado, que es uno de los pilares -amenazados, ay- de la democracia contemporánea, no pretende erradicar creencias personales sino a aquellos que intentan prescribirlas o proscribirlas. Es decir, el Estado se mantiene laico para que los ciudadanos puedan serlo o no serlo según su criterio.

Y las convicciones de cada cual así amparadas no se refieren solamente a cuestiones religiosas o metafísicas, sino también a estilos de vida. Son estos últimos los más difíciles de soportar para los creyentes actuales, que solo se encuentran a gusto en la unanimidad de comportamiento y están dispuestos a exigirla de acuerdo con elevados principios morales... que dejan de serlo, claro, en cuanto se les impone por decreto. La institucionalización democrática no debe pretender instaurar el cielo en la tierra -lo óptimo en dignidad humana, decencia y costumbres edificantes- sino permitir el marco político en el que, dentro de una regulada convivencia, cada cual pueda ir al cielo o al infierno por el camino que prefiera, según postuló Voltaire. Lo contrario es volver a los usos teocráticos... aunque sea nominalmente para desautorizarlos y prohibirlos.

A diferencia de lo que pretenden los creyentes, el Estado laico no debe entrar en ningún tipo de polémicas religiosas. Ninguna fe puede convertirse en un eximente para incumplir las leyes civiles, pero tampoco en motivo para penalizar conductas que no se vetan explícitamente en los usos profanos. Si un conductor de autobús musulmán (el caso ha ocurrido en Reino Unido) no permite subir en su vehículo a un invidente acompañado de su perro guía, no es cosa de comenzar a discutir si realmente la saliva del animal esimpura o no según no sé qué ortodoxia: la ley de ayuda a las minusvalías debe cumplirse y punto.

De igual modo, una joven de la edad legalmente determinada debe poder comprar la píldora poscoital en la farmacia sin trabas, tenga la persona que regenta el establecimiento la opinión moral que fuere sobre esa transacción.

Pero tampoco hay derecho a prohibir velos o tocados a nadie porque se les suponga significados religiosos indeseables según el creyente persecutorio de turno (algunos muy eruditos, eso sí), cuando no despertarían recelo si se los justificase en nombre de la moda o de la extravagancia.

La indudable superioridad de las democracias laicas sobre las teocracias es que en las primeras las mujeres pueden ponerse el velo que quieran y en las otras en cambio no se lo pueden quitar. En cuanto a las disquisiciones teológicas, quedan para los ámbitos académicos y las fiestas de guardar.

Como los creyentes ejercen su santa coacción en beneficio de las almas de los demás, su presa favorita suelen ser las mujeres, cuyas almas tradicionalmente han sido consideradas más vulnerables que el espíritu de los varones.

Sea que se tapen demasiado o que se ofrezcan desnudas al mejor postor, siempre deben ser reprimidas y encauzadas porque solo llegarán a ser libres cuando se las convenza de lo dañino que es hacer lo que les dé la gana.

Antes, cuando la hembra era siempre revival de Eva tentadora, tras cada desvarío masculino alguien advertía: ¡cherchez la femme!; ahora, como ya solo están autorizadas a ser víctimas, en cuanto se recatan o se descocan demasiado los creyentes claman: ¡cherchez l'homme!

Porque se da por hecho que es un hombre siempre el que las desvía del recto sendero de la razón y la decencia. Desgraciadamente es muy frecuente que sean varones quienes las intimidan y mangonean, pero entonces será contra esos tiranuelos contra quienes habrá que actuar sin dejar de reconocer que ellas tienen también voluntad propia.

¿Que no se puede permitir la esclavitud, ni siquiera voluntaria? No hay esclavos ni esclavas felices salvo en la ópera de Arriaga y sin embargo todos nos esclavizamosgustosos de mil maneras por devoción o por ambición. Cuidado con los moralistas que sin escuchar nuestra opinión se sienten legitimados para emanciparnos a fuerza de decretos...

A lo largo de su biografía, los creyentes a veces mejoran de dogmas y pasan del comunismo a la socialdemocracia o el liberalismo, de la ortodoxia teológica al cientifismo y la evolución, de las adicciones juveniles a la salud pública, incluso hay ex caníbales que acaban vegetarianos o antitaurinos.

Pero lo que nunca pierden es el celo persecutorio que les asegura el subidón de adrenalina política. Los demás son cavernícolas oscurantistas, ellos siempre paladines ilustrados inasequibles al desaliento.

Practican lo que Michael Oakeshott llamó en un ensayo memorable la "política de la fe", es decir, tratan de imponer gubernamentalmente la perfección social según la guía de quienes ya vieron la luz de la verdad. O sea, siguen confundiendo política y religión... aunque se crean laicos.



viernes, diciembre 03, 2010

Sin rostro para recordar a los 'sin techo'

El País

Con atuendo negro y expresivas caretas blancas, decenas de personas se dieron cita ayer en la Puerta del Sol para "hacer visible lo invisible": las 30.000 vidas que en España discurren por las calles de las ciudades, sin hogar y sin derechos. Los participantes se sentaron sobre cartones y se cubrieron con papel de periódico y carteles con lemas diversos. La campaña "Nadie sin derechos. Nadie sin hogar" tiene el respaldo de varias asociaciones de ayuda a personas marginadas.

lunes, noviembre 29, 2010

Portada. Bien. Me alegro. De a poco, se va acabando la impunidad y la protección que da el poder para hacer y decir lo que le viene en gana. Y es solo la punta del iceberg... Nada volverá a ser como antes.



LOS PAPELES DEL DEPARTAMENTO DE ESTADO

La secretaria de Estado de EE UU, Hillary Clinton,
en una imagen de archivo.- FRANCE PRESS
La gran filtración»

La mayor filtración de la historia deja al descubierto los secretos de la política exterior de EE UU
EL PAÍS desvela los documentos de Wikileaks.- Putin, autoritario y machista.- Las fiestas salvajes de Berlusconi.- Estrecho seguimiento de Sarkozy.- Los movimientos para bloquear a Irán.- El juego en torno a China.- Los esfuerzos para aislar a Chávez

Vicente Jiménez / Antonio Caño - El País


CHAPEAU

Patente de corso
Arturo Pérez-Reverte

Internet y desparrame
XLSemanal - 29/11/2010

Me sorprenden algunos amigos lectores porque, tras diecisiete años escribiendo ajustes de cuentas semanales -que para mi salud mental como español resultan de lo más higiénico-, hace poco se montara un pifostio en torno a cierto comentario mío, hecho en un humilde rincón de la red social Twitter, sobre la opinión personal y razonada que tengo de la gestión política de cierto ministro pasado a peor vida (apuntemos, de paso, que según la 22ª edición del diccionario de la RAE y en la quinta acepción del palabro, un mierda -escrito con artículo masculino- significa, literalmente, persona sin cualidades y méritos). Como digo, se extrañan esos amigos de que en todos estos largos y tormentosos años nunca se montara cisco semejante, pese a que, como certificarán los responsables de XLSemanal, algunos de sus cabellos encanecidos se deben a esta página pecadora; en la que, aparte disgustos empresariales con anunciantes y poderes más o menos fácticos, el teléfono y el correo tuvieron momentos de gloria, lo mismo en tiempos de la España prepotente, meapilas, ladrillera y cañí del amigo Ánsar, que cuando no hace mucho comenté los sentimientos que la vista del palacio de las Cortes despierta en mi espíritu, o cuando dediqué un artículo -Permitidme tutearos, imbéciles- a la política educativa española de los hunos y los hotros: esa casta política demagoga y oportunista que ha conseguido hacernos analfabetos en diecisiete libros de texto y cuatro idiomas distintos, sin contar el bable asturiano y la fabla aragonesa. Ni siquiera llegó a tanto cuando, gobernando el Pepé, glosé en términos contundentes -dos sustantivos con preposición en medio- la figura de Pío XII, el papa entrañable que se hacía fotos místicas con un pajarito posado en un dedo mientras los nazifascistas deportaban y gaseaban a cientos de miles de judíos bajo sus pastorales narices. Dense ustedes una vuelta por el gueto judío de Roma, por ejemplo, que todavía está allí. Miren las placas conmemorativas y sabrán a qué me refiero.

La respuesta a por qué en esos y otros casos el desparrame no llegó a tanto, mientras que en éste varios ministros -en su acepción genérica de hombres y mujeres que ocupan el cargo- me concedieron el privilegio de pronunciar mi nombre en los telediarios, es lamentablemente obvia: Internet, las redes sociales y la obligada simplificación de muchos de sus mensajes, se caracterizan por la potente difusión, el acceso indiscriminado y la fácil superficialidad. Cualquier mensaje puesto allí puede rebotarse millones de veces con extrema rapidez. Además, todo usuario, desde la lúcida mente científica hasta el cretino más tarado que imaginar podamos, tiene a mano expresar su opinión en Internet bajo nombre real o fingido, con la simplicidad de darle a una tecla y la impunidad opcional del anonimato. Con el incierto resultado de que lo mismo valen estadísticamente las opiniones del escritor y caballero Mario Vargas Llosa, del profesor Gregorio Salvador o del científico y académico José Manuel Sánchez Ron, que las de cualquier tiñalpa analfabeto y con seudónimo que decida asomarse a la red.

Pero la causa principal, en mi opinión, es la superficialidad. Una característica de Internet es que ahí todos corremos el riesgo de opinar, basándonos en frases leídas al azar, fuera de contexto, o en mensajes mil veces rebotados y que se deforman y desnaturalizan por el camino, sobre cuanto la amistad, el entusiasmo, el rencor, la ideología, la simple estupidez, hacen decir a unos tras leer de otros lo que, a su vez, éstos aseguran que alguien dijo. Luego, ese despelote salta a ciertos medios informativos siempre ávidos de titulares, de etiquetas fáciles y de agua a su molino; notoriamente, en esta triste, cobarde y demagógica España, donde tantos paniaguados rascatertulias a sueldo de sus amos, de ésos que nunca pierden ningún tren porque corren delante de cualquier locomotora, se ganan el jornal. De tal modo, una maraña de información insustancial, hecha de comentarios inexactos, cuando no falsos o malintencionados, acaba suplantando el hecho real y los argumentos originales. Y al cabo es lo que queda. Permítanme un caso propio: hace poco publiqué en esta página un artículo titulado Notario del horror. A las veinticuatro horas, en un lugar de Internet, una sucesión de usuarios estaba poniéndome a parir por recomendar las memorias de un secretario judicial de Burgos, nada menos que capital rebelde durante la Guerra Civil. Por darle coba a un represor fascista. Hasta que otros internautas, que sí habían leído el artículo, les aclararon que el tal secretario judicial era de izquierdas y narraba las ejecuciones masivas de republicanos en aquella ciudad. Y que llamarme asalariado del Pepé, facha y nostálgico del franquismo por alabar ese libro, resultaba, cuando menos, inexacto.

Qué lucha. Pelas, política, intereses creados y como siempre, el pescado sin vender...

El futuro del doblaje a debate
El cine en V. O., a la sala de espera
La gran mayoría del sector audiovisual se muestra reticente a los planes de Cultura de dar un nuevo impulso a las películas en versión original
Gregorio Belinchón | Rocío García - El País

¿Cuántos españoles son capaces de pronunciar correctamente -y de forma distinta- shipsheep? ¿Cuál es el timbre de voz de Tom Hanks: agudo o grave? Hace un mes, el ministro de Educación, Ángel Gabilondo, dijo que en España el doblaje de las películas "incide de manera determinante en el conocimiento de los idiomas; donde no se doblan las películas conocen mejor el inglés". Comenzaron los mensajes cruzados entre profesionales del doblaje, labor en la que, según Carlos Ysbert, presidente de la Asociación de Actores de Doblaje de Madrid (Adoma), trabajan unas 30.000 personas, y la gente del cine y educadores. Y entonces llegó Carlos Cuadros, director del Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales (ICAA), que azuzó: "Estamos muy contentos con que este debate sea público. Es síntoma de madurez de un país que quiere acercarse a un buen desarrollo cultural. Y eso depende de la educación: la sociedad debe dejar atrás lo cómodo".

Para Cuadros, es obvio que el proceso va a ser larguísimo: "Nosotros hemos nacido con el doblaje, estamos muertos para esta reforma. Los cambios son de mucho más largo recorrido, de 15 años, vinculados a la educación. ¿Qué padre quiere que sus hijos no hablen idiomas?". Porque este proceso tiene que ver mucho más con la pequeña pantalla y los colegios que con las salas de cine. Así que para compaginar educación y televisión sería obligatorio un pacto de Estado. "Necesitamos un consenso político para este proceso, porque es un cambio de código comunicativo. Un buen inicio sería que, por ejemplo, el esfuerzo de cambiar el sonido de la televisión en el mando fuera al revés: que por defecto sonara el idioma original". Eso sí, Cuadros se cubría las espaldas y decía: "Nunca he creído en las medidas punitivas o expeditivas, y sí en las de fomento. Donde he encontrado mejor sintonía ha sido curiosamente en el mundo del doblaje".
La posibilidad de llegar a un pacto de Estado ha encontrado reacciones enconadas. Cada sector consultado arrima el ascua a su sardina, y es obvio que aún deben sentarse a hablar. José María Lasalle, portavoz de Cultura del PP en el Congreso de los Diputados, cree que la reforma ahora es inviable: "Hay un mercado de consumo en torno al cine doblado. A corto y medio plazo no se pueden cambiar las cosas; a largo estudiaríamos la medida, para en sintonía con el Ministerio de Educación, contribuir a resolver el déficit de idiomas que hay en España". Pero el asunto no es acabar con el doblaje, sino que no se convierta en la primera opción. Su homólogo en el PSOE, José Andrés Torres Mora, está de acuerdo en el planteamiento de Cuadros, "pero en el momento delicado que atravesamos no debemos generar inquietudes ni preocupaciones". El presidente de los actores de doblaje en Madrid, Carlos Ysbert, recuerda que esta discusión "vuelve cada cinco o 10 años". Y explica: "Todo lo que sea ampliar la oferta tendrá nuestro apoyo. Aunque no sé de dónde se saca Cuadros que ha encontrado en nosotros sintonía con sus ideas. Nos reunimos con él el próximo miércoles. ¿No deberíamos mejorar antes la educación de las lenguas? El 80% de la gente quiere el doblaje. A un actor puede que le quitemos parte de su trabajo, pero a cambio popularizamos su labor". Ysbert, nieto de José Isbert, y la voz actual de Homer Simpson, está convencido de que no verá la desaparición del doblaje: "Nuestra labor aporta".
Si paseamos la mirada por los países con cine y televisión en formato original y doblado, hay una gran diferencia en la facilidad para soltarse la lengua. Y a la vez en proteger la suya: en Francia se siguen doblando los filmes, pero aumenta cada día la proyección en el idioma original y las medidas de protección acentúan la producción de películas propias. Además de España y Francia, en Austria, Alemania y Suiza conviven el doblaje y el subtitulado. En Bélgica, se subtitulan en francés y en flamenco. En Italia casi no existen salas en versión original. En el norte de Europa y Portugal, el cine se proyecta en su idioma original, y solo se doblan, como en Finlandia, las películas infantiles para niños de menos de siete años.
En el mundo del cine español sacar el tema del doblaje es arrojar gasolina al fuego de la crisis. Ni siquiera con la perspectiva de que sea un cambio a largo plazo. "Estamos muy, muy verdes aún", dice Josetxo Moreno, de la distribuidora y exhibidora Golem. "Hemos comparado los estrenos simultáneos de un mismo largometraje en doblado y versión original, y gana por goleada la película doblada... por mucho que me duela a mí, que he visto esos filmes previamente en los festivales en su idioma natal". "Siempre nos ponen como los malvados. ¿El cine es el culpable de todos los males: de la violencia de género, de que se hablen mal los idiomas, de los adolescentes radicales? Ya cansa el tópico. El idioma no crece en tu interior porque lo escuches, sino porque lo estudies bien", asegura Enrique González Macho, de la distribuidora y exhibidora Alta Films, que fue el primero, con Dersu Uzala, que estrenó en España una película simultáneamente doblada y en versión original. "Y por cierto, ¿cuántas veces va un español al cine y cuántos minutos pasa delante de una televisión?". Hemos llegado al ojo del huracán: las televisiones.
En 2009, los españoles fueron a las salas casi tres veces al año de media. O sea, unos 360 minutos. En cambio, pasaron delante de la televisión al día 251 minutos; en enero de este año la media había crecido 10 minutos más, y al acabar 2010 superará los 300 minutos. Es decir: los españoles pasan casi el mismo tiempo viendo la tele al día que en una sala del cine al año. "Y de esos 360 minutos en el cine, solo el 0,19% es en V. O. S.", remata González Macho. "Si lo ponen más difícil, hunden definitivamente la industria. Claro que amo la versión original, pero es un mercado en doloroso retroceso en España, que solo se demanda en Madrid, Barcelona, Pamplona y algo en Sevilla y Valencia".
¿Debería el cambio empezar por la pequeña pantalla? Jorge del Corral, el portavoz de UTECA, la asociación que engloba a las televisiones comerciales en España -las privadas-, asegura que con ellos no se ha puesto en contacto nadie. "Por eso en UTECA ni se ha tratado este asunto. Tuvimos algún encuentro en la Academia del Cine
[que antes dirigía Carlos Cuadros], en los que nunca se trató ese tema y sí charlamos del cine como industria. Ojalá hubiéramos sido advertidos, porque aquí ya hemos dado esos pasos como la emisión en sonido dual". Incluso el dual no es una solución tan fácil, como reconoce Eva Cebrián, directora del Área de Cine de TVE. "A priori no nos parece mal que se abra el debate. Somos una televisión pública y, por tanto, estamos regulados por ley. La emisión de películas y series en dual a veces no es posible, porque cuando adquieres los derechos de emisión lo haces respetando unas zonas geográficas y de idioma. Puede ocurrir que no tengamos los derechos para emitir un filme catalán rodado en catalán porque la productora ha vendido esa opción a una televisión catalana. Es lógico, porque ellos suman dinero de diversas ventas para levantar el presupuesto de su filme". Por eso, no es tan fácil emitir en televisión una película en su idioma original. "Tampoco nos hemos planteado aún", dice Cebrián, "que esa sea la primera opción en su emisión. El mercado del cine también debería cambiar en su comercialización para que se pueda dar el paso".
Una última voz en el mundo del cine, muy enardecida, es la de Juan Ramón Gómez Fabra, presidente de la Federación de Empresarios de Cines de España (3.000 pantallas, que suponen el 90% de la recaudación total): "En vez de atajar y enfrentarse a los problemas reales que tenemos -piratería, cambio de las salas al formato digital-, nos quieren meter en estos berenjenales con medidas de distracción y absolutamente secundarias. Atentos porque España es el país europeo en el que más ha descendido en los últimos cinco meses el consumo de cine. Somos un país pobre, difícil y complicado, y en lugar de facilitar al empresariado el que tiremos del carro, pretenden obligarnos con medidas que no son más que políticas. De pacto de Estado nada". Aunque al final Gómez Fabra, como los otros exhibidores, apunta a que ya se han hecho pruebas (fuera de España) con butacas -en salas digitales- que permiten a cada espectador que escoja su sonido deseado.
"Nunca hemos protegido bien nuestra lengua, porque en el fondo esto viene de cuando dimos el idioma a cambio de nada a nuestros enemigos", comenta González Macho. Se refiere al inicio del doblaje, que ha ido alejando al público español de su cine. Una norma, ni siquiera ley, de 23 de abril de 1941, firmada por Tomás Borrás, jefe del Sindicato Nacional del Espectáculo, que ha marcado al cine en España en los últimos 70 años y que dice así: "Queda prohibida la proyección cinematográfica en otro idioma que no sea el español. El doblaje deberá realizarse en estudios españoles que radiquen en territorio nacional y por personal español". Es cierto que ya existía el doblaje -en 1931 se dobló la primera película al castellano, Entre la espada y la pared, en el pueblo francés de Joinville-, pero esa orden es el germen de la actual situación en la que el 80% de los productos audiovisuales que se consumen en España están doblados. Una costumbre que ha acabado marcando una sociedad.

Demás está decir que Savater es uno de mis filósofos todo-terreno de cabecera. Y si, cambiar de ideas es lo más sano que hay y la diferencia entre el librepensador y el creyente es abismal



La evolución de Savater
TRIBUNA: JOSÉ LÁZARO

En algunas cosas el filósofo no defiende hoy lo mismo que en su juventud: el constitucionalista fue ácrata, el fustigador de los nacionalismos periféricos fue su defensor. Pensar libremente es también cambiar de ideas
José Lázaro - El País

La fidelidad a las propias ideas choca a veces con el hecho de que pensar es cambiar de ideas. La trayectoria ideológica de Fernando Savater ofrece un ejemplo que, más allá de su caso concreto, puede ser un buen punto de partida para analizar los fundamentos (y los riesgos) del librepensamiento.

Ya en su primer libro, publicado hace 40 años(Nihilismo y acción, 1970), aparece una frase premonitoria: "Cada hombre se parece más a todos los hombres que a ese arbitrario y simple fantasma que llamamos él mismo". Cuatro décadas después son muchos los que afirman que Savater ha dejado de ser "él mismo", aunque no acaban de ponerse de acuerdo en qué "él mismo" ha dejado de ser y en cuál se ha convertido. Hay quien le pide que explique si fue el coronel Tejero quien más influyó sobre su evolución intelectual, quien le reprocha que no siga diciendo lo mismo que decía hace 30 años y quien le acusa de traicionar unos ideales que suelen estar más cerca de las creencias del acusador que de las ideas del acusado.
Cuando en 1974 publicó Savater su tesis sobre Cioran se la dedicó a Agustín García Calvo, hoy claro ejemplo de un buen pensador que, sin embargo, ha logrado superar los 80 años pensando básicamente lo mismo que pensaba a los 40.
Quizá lo que mejor simboliza lo permanente en Savater es la metáfora politeísta que desarrolló en libros juveniles (De los dioses y del mundo, Escritos politeístas, La piedad apasionada) y que en sus memorias, 30 años después, recuerda con poco aprecio. En aquellos sermones politeístas aparece claramente todo lo que iba a dejar atrás en años posteriores: la identificación del Estado como enemigo abstracto, el énfasis en el carácter puramente negativo del pensamiento crítico, el abuso de las mayúsculas para identificar objetivos más o menos fantasmáticos a los que combatir... Pero también aparecen sus constantes: la búsqueda de una perspectiva plural, la denuncia de los muchos disfraces del Dios Único, la defensa de la multiplicidad de valores posibles que cualquier totalitarismo niega, la síntesis de pensamiento teórico y narrativa literaria, la libertad individual autónoma frente a todos los gregarismos (religiosos, militares, ideológicos, nacionalistas...).
La valoración del marxismo es un ejemplo de constancia en sus planteamientos. Desde los años setenta (cuando el marxismo todavía era la referencia común de casi toda la intelectualidad progresista) hasta la actualidad, Savater no ha dejado de criticar el sectarismo comunista ni de reconocer el núcleo noble de varias tesis marxistas.
Por el contrario, quizá el más evidente de sus giros ideológicos fue el referente a los nacionalismos autonómicos. En 1981 escribía: "Creo que la profundización de la democracia en España pasa, entre otras cosas, por el cumplimiento radical de las autonomías y el abandono por derribo del modelo de Estado madrileño-centralista". Esta opinión no era infundada, tenía sólido apoyo en su fidelidad al pluralismo politeísta. Frente a los que advertían ya entonces contra los nuevos nacionalismos (que acabarían evidenciando la misma esencia sectaria del viejo nacionalismo españolista), Savater afirmó que el incipiente movimiento de las nacionalidades periféricas suponía "una nueva forma más directa de participación de los ciudadanos en la gestión de sus asuntos, una nueva motivación comunitaria menos abstracta que el Estado tradicional, la reinvención de una solidaridad plural en lugar de monocorde". Esta actitud tuvo un momento álgido cuando en 1981 apareció en Barcelona un manifiesto de Amando de Miguel, Federico Jiménez Losantos y otros 2.300 abajo-firmantes que denunciaban el intento institucional de convertir el catalán en la única lengua oficial, amenazando los derechos de los castellanohablantes. Savater llegó a escribir: "Otro tema por el que asoman las orejas (¿o el tricornio?) los de la ofensiva prorrecuperación de la España cañí es el del manifiesto en defensa de los derechos del castellano en Cataluña (...), que por lo visto pretende ajusticiar con anécdotas para manchegos inocentes toda la brega por recuperar una lengua maltratada y postergada".
Incluso los más radicales partidarios de la costumbre de cambiar de ideas solemos sentirnos incómodos cuando nos recuerdan el ardor con que defendíamos antaño argumentos contrarios a los que ahora nos parecen ciertos. Por eso hay tanta afición a edulcorar el pasado, maquillar los recuerdos y borrar los fragmentos molestos de las antiguas fotografías. Pero el que un pensador cambie de ideas (es su trabajo) no excluye la posibilidad de que tome como objeto de reflexión precisamente esos cambios. Por eso es interesante preguntarle directamente a Savater lo que piensa, en 2010, sobre estas cosas que pensaba (y escribía) allá por 1981. ¿Se podría decir que Amando de Miguel, Jiménez Losantos y compañía se dieron cuenta ya entonces de cosas que otros tardamos mucho más tiempo en ver con claridad? Su respuesta no podía ser más clara: "Probablemente sí, aunque Jiménez Losantos, por otra parte, también había defendido antes otras cosas. Pienso que tenían razón con aquel manifiesto, lo que pasa es que entonces las autonomías aún no habían tenido oportunidad de desarrollarse y aquella experiencia había que intentar hacerla. Yo fui claramente partidario de ello. Además, al principio era muy fácil, porque el franquismo parecía una guía casi infalible que nos indicaba, a la contra, lo que había que hacer: si Franco había aplastado los nacionalismos nosotros los teníamos que defender, si Franco había perseguido las demás lenguas nosotros las teníamos que apoyar... Por eso tengo la tranquilidad de que se intentó. El problema fue que a los 10 o 15 años nos dimos cuenta de que se estaban generando otras formas de autoritarismo y avasallamiento. La única duda que te queda es: si todos hubiésemos apoyado, ya en el año 1981, aquel primer manifiesto en defensa de la lengua castellana, ¿hubieran ido mejor las cosas? No lo sé, la verdad es que no lo sé. Para mi conciencia es mejor no haberlo hecho, porque al menos ahora podemos argumentar: 'Oigan, yo les di a ustedes su oportunidad y miren lo que han hecho con ella".
Aquel Savater defensor de los nacionalismos periféricos ha quedado tan lejos como el Savater ácrata que ante el referéndum constitucional de 1978 se burlaba desde las páginas de Egin de "la entusiasta campaña constitucional", afirmaba que "lo difícil y moderno no es ya fabricarse otra Constitución, sino arreglárselas para no tener ninguna", y adelantándose a la objeción de que en ese caso "cada cual podría verse sometido a tropelías sin cuento", sostenía que "en cambio, con una Constitución las tropelías tienen al menos cuento y así, contadas de antemano, ya no duelen tanto...".
Puede ocurrir que el dogma creencial acierte alguna vez contra el pensamiento lógico. Pero hay una diferencia fundamental: el librepensador acierta o se equivoca personalmente; argumenta a los 60 años contra las tesis que defendió a los 20 porque cuatro décadas de trabajo han dado sus frutos. El creyente se limita a cambiar de rebaño: la misma certeza clarividente con que a los 20 defendía uno el maoísmo, la pone a los 60 en la defensa del neoconservadurismo. El pensador reconoce sus errores y endereza el rumbo gracias a ello; el dogmático siempre encuentra un argumento para justificarlos y un competidor al que culpar por ellos.
Por eso la diferencia entre el librepensador y el sectario no solo está en la probabilidad de acertar, sino en la actitud de hacerlo por cuenta propia o por fidelidad a la banda de turno. Savater lo ejemplificaba al escribir en 1984: "En cuanto adopto con cierta determinación un punto de vista, comienza a tentarme con fuerza la opción opuesta y soy más sensible que nunca a sus encantos persuasivos. Esta propensión a encarnar la quinta columna de mí mismo no me evita los furores de la toma de partido, pero, en cambio, me priva del dócil nirvana de la afiliación...".
José Lázaro es profesor de Humanidades Médicas en la Universidad Autónoma de Madrid.

De Londres en comienzo de campaña navideña: de libros y librerías, de arte, museos y galerías, de Auster y traductores...

La austeridad de los millonarios
CRÓNICA: SILLÓN DE OREJAS
El País - Manuel Rodríguez Rivero

Ilustración de Max.-

Lo que se aprende viajando. Como cada año, me marqué un viaje a Londres para ver un par de exposiciones que me interesaban y hacerme una idea de cómo marcha el negocio del libro en el inicio de la campaña navideña. Volé, como suelo, en una low cost a la que me permitirán llamar Cutrejet. No era el único: en mi avión también viajaba, por ejemplo, don Jaime de Marichalar, con discreto equipaje de mano de Vuitton. Ya sé que soy un resentido, pero no pude evitar componer un pareado: "Quién te ha visto y quién te ve / hoy volando en Cutrejet". No suelo dar consejos a mis improbables lectores, pero me voy a permitir uno: piénsenselo bien antes de viajar a la capital británica en fin de semana. Los sábados y los domingos se convierte en un pandemonio a cuenta de las interminables obras emprendidas para evitar que el metro se venga abajo (aún más), y que continuarán, por lo menos, hasta los Juegos Olímpicos. Se aprovecha el week-endpara clausurar dos o tres líneas estratégicas (Circle, Piccadilly y Jubilee, por ejemplo), porque son días de descanso y, por tanto, no afectan a la producción, que es lo único que cuenta. No importa que los sufridos ciudadanos que se desloman el resto de la semana se las vean y deseen para cultivar sus ocios: que se fastidien y se queden en casa, así trabajarán el lunes con más brío. A los ciudadanos británicos también los tienen contentos por otros motivos. Por el proyecto de recortar (hasta su supresión total) el subsidio a los parados que rechacen ofertas de empleo, por ejemplo. Ya lo decía San Pablo (patrón de los gobernantes austeros) en su segunda epístola a los Tesalonicenses (3,10): "Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma". Así se procedía con los siervos de la gleba, y ahora se impone rescatar las buenas costumbres de antaño. Lo que parece un poco de recochineo es que en el austero Gobierno de Cameron se incluyan dieciocho -han leído bien: 18- millonarios. En fin. Respecto a los objetivos de mi viaje, visité numerosas librerías del centro: más vacías, a pesar del reclamo de tres libros por el precio de dos y de los descuentos generalizados en best sellers (adquirí Port Mortuary, la última novela de Patricia Cornwell, al 40% del "precio recomendado"). Funcionan bien -como sucede aquí- una veintena de títulos, y luego las ventas van menguando y las devoluciones creciendo (en progresión geométrica). En cuanto a las exposiciones, ni la retrospectiva de Gauguin, ni la enorme muestra Newspeak: British Art Now de la Saatchi (vomitiva, con pocas excepciones) consiguieron conmoverme. Y a la instalación de Ai Weiwei, en la sala de turbinas de la Tate Modern, le han quitado casi toda su gracia, al impedir que la gente camine (y haga ruido) sobre los 100 millones de pipas de girasol de porcelana. Encontré lo más interesante en galerías comerciales. Por ejemplo, la muestra de Leon Kossoff en la Annely Juda: a sus 84 años el gran expresionista británico sigue dando muestras de vitalidad y maestría, con esos emocionantes y autobiográficos cuadros rebosantes de pintura y serenidad en los que se representa reiteradamente un viejo cerezo apuntalado con contrafuertes de madera para que no se venga abajo. Pero el auténtico éxito prenavideño lo constituye la exposición Christine Keeler, My Life in Pictures (en la Mayor Gallery de Cork Street), una muestra de setenta fotografías de la célebre modelo y show girl -llamémosla así- que consiguió poner en la picota (1963) al Gobierno (también) conservador de Harold Macmillan, al hacerse público que la avispada muchacha se acostaba al mismo tiempo (aunque a distintas horas) con el secretario de Estado para la Guerra, John Profumo, el proxeneta y narcotraficante Johnny Edgecombe y el agregado naval de la Embajada soviética Yevgeni Ivanov. Una bicoca para los chicos del MI-5. De la importancia como icono pop de la Keeler en el imaginario (masculino) británico da buena cuenta el hecho de que muchas fotografías (algunas con tiradas de 50 copias y precios superiores a las 1.700 libras) ostentaban el distintivo de vendidas. Y es que con Keeler no hay austeridad (ni siquiera millonaria) que valga.

Auster
Siempre me pasa. Compro o recibo "el Auster" anual (esta vez Sunset Park, Anagrama) y me secuestro a mí mismo a cal y canto hasta pasar la última página. Es mi vicio, mi compulsión, mi pecado, mi indulgencia. No es que me ciegue ante sus carencias (a menudo la pifia hacia el final) y no me cansen a veces sus trucos de prestidigitador posmoderno y metanovelístico, pero me sigue subyugando el torrente narrativo al que me arrastra, esos personajes perfectamente dibujados y familiares que, sin embargo, guardan ominosos secretos y culpas, ese apego profundo al realismo que, por otra parte, le sirve para hipnotizar al lector e introducirlo más fácilmente en los pliegues y fisuras de lo aparente. Adoro a Auster como se adoran esos objetos transicionales que sirven a niños y a enamorados infelices para tomar aliento y marcharse (o regresar) a otra cosa: a Proust, por ejemplo, o a Balzac, o a Flaubert, de los que tanto aprendió el elegante y austero Auster, el más francés de los escritores norteamericanos de hoy. Sunset Park,su novela número 16, trata de muchas cosas. De la paternidad, por ejemplo, y del amor, y de las dificultades para ejercerlos. Auster coloca a su media docena de personajes contra el telón de fondo de la crisis -del otoño de 2008 a la primavera de 2009- y los deja moverse en ella, sin dejar de guiñar el ojo referencial a su lector: de Happy Days, de Beckett, a Los mejores años de nuestra vida, de Wyler, pasando por el Gatsby de Scott Fitzgerald. Si quieren pasar cinco o seis horas estupendas, déjense llevar por Auster. Les ayudará, sin duda, la tersa, vibrante, impecable traducción de Benito Gómez, a la que sólo le sobra la única N. del T. que aparece en el texto. Y, por favor, señor Herralde, regrese a los libros cosidos. No resulta tan caro, le distingue, y sus (fieles) lectores se lo merecen.
Traductores
Tropiezo en la Correspondencia de Italo Calvino (Siruela; selección de Antonio Colinas; traducción de Carlos Gumpert) con una carta sin desperdicio, de octubre de 1963, en la que el autor (entonces asesor en Einaudi) se pronuncia acerca del papel de la traducción y de su lugar en la crítica literaria. El texto debería ser de obligada lectura en todos los eslabones de la cadena del libro. Entre nosotros son pocos los críticos que se toman el trabajo de hablar (para bien o para mal) de las traducciones, y menos aún, de cotejar (antes de juzgarlas sumariamente) versión y original. El traductor tiene la responsabilidad que le confiere su condición de coautor de la obra en la lengua de llegada: merece respeto (también económico) y visibilidad y, por lo mismo, su trabajo debe estar sujeto a crítica razonada. El lector, que es en primer lugar un consumidor de libros, se lo merece. Precisamente estos días me llega la nueva entrega del Libro Blanco de la traducción editorial en España. Si quieren enterarse del actual panorama socioeconómico de este oficio imprescindible pueden consultarlo (gratis) en www.acett.org. De nada.

A quién le importa lo que yo haga

Ya somos libres jurídicamente, ahora hay-que-ser-libres- juntos, y eso exige cambiar algunos hábitos y estilos de vida
Javier Gomá Lanzón - El País



Portada de No es Pecado (1986), de Alaska y Dinarama.-

Emulando el verso de Rubén Darío -"Yo soy aquel que ayer no más decía / el verso azul y la canción profana"-, declaro que yo soy aquel que ayer no más decía -Babelia de 6 de noviembre- que el cinturón de seguridad obligatorio era un ejemplo de uso totalitario del Derecho. Era aquél un artículo celoso de la libertad individual frente a las intromisiones del poder y abogaba por la plena competencia de cada uno para elegir cómo ser feliz, si es que quiere serlo, porque la felicidad no es un ningún deber ético ni tampoco en puridad un derecho (¿frente a quién?), sino una posibilidad humana entre otras y quizá, por su exceso de énfasis, hoy en día un poco anticuada. No tenemos, pues, derecho a ser felices, pero sí a tomar, sin injerencias no consentidas, las decisiones que determinan nuestro destino sobre la tierra.

Durante milenios, la vida humana fue asunto de Estado, un instrumento político al servicio del bien común. Pero, en determinado momento, el hombre tomó conciencia de sí mismo y de su condición de fin y nunca de medio, ni siquiera medio del interés general del Estado, y promovió un proceso de privatización de la vida personal frente a esa permanente pretensión estatal de politizarla. Se sintió como uno de esos territorios colonizados que reclama para sí la soberanía de las riquezas naturales que produce. Tras una larga guerra contra los ilegítimos ejércitos ocupantes -las metafísicas y teologías políticas que codician el tesoro de fuerza, talento, tiempo y energía que acumula cada ciudadano- , finalmente las fuerzas de liberación proclamaron la independencia del nuevo país, que recibió el nombre de "Vida Privada".

Por respeto a la vida privada, la ley no debería multar el incumplimiento del deber de abrocharse el cinturón de seguridad, como se razonó en el artículo anterior; sin embargo, ahora hay que añadir: una mala interpretación de la naturaleza de este concepto está conduciendo a la anomia moral que caracteriza nuestro tiempo. ¿Dónde reside el malentendido?

Procedería ahora aducir textos filosóficos de pensadores egregios que han excogitado admirablemente sobre la vida privada, como Locke, Voltaire, Kant, Mill o Isaiah Berlin. Pero la vida privada es un mito fundacional -el de ese país gozosamente descolonizado: el mundo de la conciencia libre y la intimidad personal- y ese tipo de verdades no se comprenden cabalmente cuando se leen, sino sólo cuando se cantan y se bailan. Y, por esa razón, y por mis puntas de orgullo patrio -y por concederme una tierna complicidad hacia mi febril adolescencia-, prefiero echar mano de la molto cantabile y ballabileverdad de una conocida y todavía coreada canción de Alaska y Dinarama, cuyo estribillo dice así: "Mi destino es el que yo decido / el que yo elijo para mí / ¿A quién le importa lo que yo haga? / ¿A quién le importa lo que yo diga? / Yo soy así, y así seguiré, nunca cambiaré".

A continuación, glosaré estos influyentes enunciados morales.

"Mi destino es el que yo decido, el que yo elijo para mí". Hubo un tiempo en que este aserto era un electrizante y movilizador grito revolucionario, porque expresaba un ideal de la autenticidad -"sé tú mismo", "vive a tu manera", etcétera- que daba aliento a la desinhibición de la espontaneidad instintiva del yo largamente anhelada y enterrada bajo una sucia costra social que la reprimía. Pero hoy la vida privada es un país soberano, reconocido internacionalmente, y si alguien dijera el verso del estribillo, la respuesta sería un encogimiento de hombros: "Tu vida es tuya, por supuesto, ¿quién lo duda?". La cuestión es ahora otra: no hagamos como esos veteranos de Vietnam que, de vuelta a casa tras licenciarse, siguen vistiendo uniforme mimetizado y pasan el día disparando a una lata en un descampado, incapaces de integrarse en la vida civil. Como las sociedades avanzadas ya se componen de millones y millones de personalidades liberadas, las prioridades han cambiado. Ahora la pregunta no es "¿cómo ser yo mismo?", sino "¿cómo vivir juntos?".

¿A quién le importa lo que yo haga o diga? Importa, y mucho. No al Estado. Se puede estar inequívocamente a favor de la vida privada como derecho fundamental que protege frente a las coacciones estatales -el caso del cinturón obligatorio- y al mismo tiempo señalar el hecho incuestionable de que el dogma de la vida privada ha sido el abrigo para la vulgaridad ética y la anómica ausencia de reglas en el ámbito personal. Pareciera que hoy la ética es exigible sólo en la esfera pública y no en la privada, donde todo valdría lo mismo, si no perjudica a tercero. Por eso conviene distinguir entre lo que, desde una perspectiva jurídica, tenemos derecho a hacer como ciudadanos libres, y lo que, desde una perspectiva ética, consideramos formas superiores e inferiores de vida privada. ¿Que a quién le importa, decías? A los demás: lo que tú hagas y digas tiene un impacto, fecundo o desmoralizador, en el círculo de tu influencia, pues habitas en una red de influencias mutuas; y, aunque no le importa al Estado, debería sobre todo importarle a tu conciencia.

Cuando la canción sigue diciendo: "Yo soy así, y así seguiré, nunca cambiaré", uno se acuerda de esos japoneses que continúan escondidos en la selva del Pacífico sin haberse enterado de que la guerra mundial terminó hace décadas. Unas vidas privadas son mejores que otras, superiores en nuestra estima moral y más propicias para la convivencia y la amistad cívica. Ya somos libres jurídicamente, ahora hay-que-ser-libres-juntos, y eso exige cambiar algunos hábitos y algunos estilos de vida. Si tú no lo haces, serás tan estrafalario y anacrónico como el Rey del Glam: "Con tu tacón de aguja / los ojos pintados / dos kilos de rímel / muy negros los labios / te has quedado en el 73 / con Bow y T. Rex".


viernes, noviembre 19, 2010

En "Cravan vs. Cravan": "Quien vive muchas vidas también muere muchas muertes." (Wilde)


El artista desaforado y su enigma

Entre 1912 y 1915, Arthur Cravan, poeta, boxeador y extravagante compulsivo, publicó Maintenant, revista donde se entrenaba en el vanguardista arte de injuriar

Por Débora Vázquez
Para LA NACION


Fabian Avenarius Lloyd, mejor conocido como Arthur Cravan (Lausana, 1887-Golfo de México, ¿1920?), fue una de esas personas tan compulsivamente vitales que la existencia del resto de los mortales, en comparación, parece propia de un manual de botánica. Alumno problemático durante su infancia en Suiza, Lloyd, que de su escolaridad sólo rescataba las clases de gimnasia, empezó a viajar por el mundo no bien concluyó sus estudios secundarios en Inglaterra.
Estados Unidos, Italia, Australia y Alemania -de donde las autoridades berlinesas lo expulsaron por pasearse por las calles con cuatro prostitutas encaramadas en los hombros- son algunos de los destinos que visitó antes de cumplir los dieciocho años con el dinero que le facilitaba su madre, el que se ganó como fogonero de un barco carguero y el que robó en una joyería de su ciudad natal. Esta precoz etapa de vagabundeo frenético ("Quisiera estar en Viena y en Calcuta,/ Tomar todos los trenes y todos los navíos") culminó en París cuando una herencia familiar le permitió echar el ancla en la capital francesa por un tiempo. Y fue allí donde Fabian Avenarius Lloyd dejó atrás, junto a su pasado burgués -un tatarabuelo banquero y un abuelo consejero de la reina Victoria-, su verdadero nombre para convertirse en Arthur Cravan.
Con la nueva identidad, se perfiló su doble vocación de boxeador y poeta. Como boxeador de semipesados -con dos metros de altura y 105 kilos no sorprende que la artista Mina Loy lo rebautizase "Colossus"- se presentaba en el ring como el sobrino de Oscar Wilde y recitaba versos de su autoría. Como poeta, sus escritos irreverentes y hasta heréticos encerraban -parafraseando a Roberto Arlt- "la violencia de un cross a la mandíbula".
Así como su vena pugilística tuvo su clímax en 1916 con el combate en el que enfrentó en Barcelona al campeón del mundo Jack Johnson, su oficio de vate despuntó unos años antes, entre 1912 y 1915 para ser precisos, y coincidió con la publicación de la revista Maintenant.
Dar a conocer los cinco números de aquel fanzine de culto en el que Cravan hacía las veces y bajo diferentes seudónimos de único redactor, de editor y hasta de distribuidor -si es que el rótulo le cabe al hecho de apostarse a la salida del Hipódromo Gaumont para vender los ejemplares que apilaba en una carretilla- es uno de los logros de esta cuidada edición, que cuenta con un certero prólogo de Mariano Dupont. Un volumen que en el afán de capturar la extravagancia de las apariciones públicas de ese gran showman que fue Arthur Cravan -sus tempranos happenings con desnudos, tiros al aire y fallidos intentos de suicidio no discriminaban cuadriláteros de círculos intelectuales- incluye un apéndice con crónicas y testimonios de artistas que lo conocieron: Francis Picabia, André Breton y Marcel Duchamp, entre otros.
Pese a lo antojadizo y acotado del contenido de cada entrega, la revista Maintenant es el espejo más fiel de la leyenda de Cravan. En el número 1 hay un poema, titulado "Silbato", de evidente inspiración futurista. Claro que Cravan jamás toleró ser comparado con Marinetti y hasta amenazó con "retorcer los órganos sexuales" de aquellos periodistas que se atrevieran a insinuarlo. Como todo vanguardista de fuste, se consideraba más allá de las vanguardias. Por eso el mote de precursor del dadaísmo con el que André Breton celebraba el desorden y la espontaneidad de sus creaciones fue el que mejor le calzaba.
En el número 2 de la revista, la barbarie de Cravan embiste contra André Gide, uno de los referentes artísticos de la época, sin que le tiemble el pulso a la hora de mofarse de su contextura endeble y enfermiza, su desinterés por las mujeres, y su literatura esforzada ("El señor Gide pule terriblemente su prosa y debe entregarles a los tipógrafos como mínimo una cuarta versión") y carente de vuelo: "Su manera de caminar delata a un prosista que jamás podrá escribir un verso."
El número 3 sobresale por la narración de un encuentro apócrifo con su tío Oscar Wilde. Su afán de pertenecer al linaje del irlandés maldito era tal que, no conforme con su categoría de sobrino, sugería la posibilidad de ser su hijo. Esta escalada en el árbol genealógico que hoy podría parecer una veleidad, en aquel entonces implicaba colocarse en un lugar incómodo. Su primo Vyvyan Holland, sin ir más lejos, el auténtico segundo hijo de Wilde, prefirió ahorrarse la vergüenza de la condena a prisión que debió afrontar su padre adoptando el apellido materno. Pero Cravan era insaciable y no había filiación que lo colmara. El género humano le quedaba chico y la impronta panteísta del poema "Hie!" así lo demuestra: "Hombre de mundo, químico, puta, borracho, músico, obrero, pintor, acróbata, actor; / Anciano, niño, estafador, sinvergüenza, ángel y fiestero; millonario, burgués, cactus, jirafa o cuervo;/ Cobarde, héroe, negro, mono, Don Juan, cafisho, lord, campesino, cazador, industrial, / Fauna y flora: ¡Soy todas las cosas, todos los hombres y todos los animales!"
El número 4 se distingue por la osada crítica de Cravan a "La exposición de los independientes", en donde imparte difamaciones procaces a cada uno de los exponentes de la vanguardia plástica: "No puedo sentir más que asco por la pintura de un Chagall o Chacal, que nos muestra a un hombre echando petróleo en el agujero del culo de una vaca". Tampoco se salvan las mujeres de los artistas: la novia de Guillaume Apollinaire y la mujer de Robert Delaunay, las más vilipendiadas. Y para qué hablar del menosprecio con que se refiere a los críticos, o a "los ingenuos" que abrigan la esperanza de aprender a dibujar asistiendo a las academias de pintura. No hace falta ser adivino para predecir lo que hubiera declamado acerca de los actuales talleres de escritura: "Me sorprende que un estafador del espíritu no haya tenido la idea de abrir una academia de literatura". Como ciertos bloggers de estos días, Cravan sabía cómo ganarse enemigos. La diferencia a su favor, claro, radica en la distancia que separa la firma del anonimato, o la provocación de la cobardía.
En la poesía "Boxeador y poeta" publicada en el número 5, Cravan juega a definirse y pretende repugnar a fuerza de un lenguaje proclive a la escatología, con el fin de sentirse merecedor de la "satánica naturaleza" típica de todo poeta que se precie de maldito. La conclusión de Picabia acerca del porqué del carácter de las performances de Cravan se aplica perfectamente a este escrito: "Antes que a los otros, Cravan buscaba shockearse a sí mismo, lo cual es mucho más difícil".
Su muerte lo encontró, paradójicamente, huyendo de la Primera Guerra Mundial. Tras su deserción del ejército francés y su paso por España, zarpó a Nueva York, donde se enamoró de la talentosa poeta y pintora inglesa Mina Loy. Pero el llamado para la guerra que empezaba a hacerse extensivo a los residentes extranjeros en el territorio lo obligó a migrar hacia la costa nordeste y, luego de una frustrada tentativa de asentarse en Canadá, terminó estableciéndose en México. Allí se dieron cita con Mina Loy, se casaron y permanecieron juntos hasta que ella, embarazada, viajó a Buenos Aires, mientras que él, falto de dinero para el pasaje en barco, prometió alcanzarla al poco tiempo. Lo que ocurrió después con la vida de Cravan es un enigma. En 1920 se lo declaró oficialmente muerto sin contar con un cuerpo que justificara el dónde, el cuándo ni el cómo. ¿Ahogado tras su intento de cruzar el Golfo de México en un bote a vela? ¿Asesinado a orillas del río Bravo a manos de piratas o de la policía montada? O vivo y oficiando de vendedor de las obras completas de Wilde por los bulevares parisinos. Para la fantasía popular no hay límites; si hasta llegó a correr el rumor de su reinvención bajo el seudónimo del novelista sin rostro B. Traven. Como señalaría inequívoco su tío Wilde en la cita que oficia de epígrafe del documental Cravan vs. Cravan: "Quien vive muchas vidas también muere muchas muertes."