Antes que nada, aclarar que no me afecta, en la práctica, en lo más mínimo. Fumo seis pitillos al día, a veces menos, de liar. Y no pasa nada si no puedo fumarlo en el bar amigo a la hora del cafetito.
Mi postura es muy simple y va mas allá de las razones a las que se alude para estar a favor o en contra. Me parece bien que se quiera proteger a los no fumadores. Me parece mal la forma de llevarlo a cabo.
Y como no voy a escribir un panegírico al respecto, comparto con vosotros las opiniones de dos personas a las que respeto mucho, publicadas en El País. A favor, Luis Rojas Marcos, profesor de psiquiatría de la Universidad de Nueva York y ex presidente ejecutivo del sistema de Salud y Hospitales Públicos de, nada menos, esa ciudad. Tengo y he leído todos sus libros; un claro referente. En contra, Fernando Savater, filósofo, escritor, ensayista, profesor. Uno de mis autores de cabecera.
Las dos posturas, desde el punto de vista legal y a lo que apunta el espíritu de la ley, son correctas. Mi elección, subjetiva, es la de Savater. ¿Por qué? Va más allá de la ley en sí, cuestiona otras aspectos con argumentos que ninguna racionalización objetiva, en mi humilde opinión, puede rebatir.
Antes de dejaros con los dos artículos (leedlos, vale la pena) me remito a la última frase de Savater, que hago mía y resume perfectamente mi postura:
Lo que mata (la convivencia civilizada) no es el tabaco, sino utilizarlo donde no se debe. Y también legislar para enmendar la conducta de los ciudadanos en lugar de establecer marcos para que convivan derechos distintos sin colisionar entre sí.
Disfrutad.
ANÁLISIS: A FAVOR DE LA LEY
"PERSEGUIR AL VERDUGO"
LUIS ROJAS MARCOS
En las últimas décadas, las tabacaleras han sido la diana principal de cientos de querellas, individuales y colectivas, por haber ocultado a sabiendas y durante años el poder adictivo de la nicotina y la relación directa entre el cigarrillo y numerosas dolencias mortales del corazón, los pulmones y otros órganos vitales. La acumulación más reciente de la indisputable evidencia sobre lo dañino del humo del tabaco ha centrado la atención de los líderes sociales y las instituciones que velan por la salud pública en los consumidores que fuman en público y dañan la salud de terceros.
El consumo de tabaco en compañía de no fumadores es a la vez complicado y sencillo. Esta es la parte complicada: el tabaco es un producto legal que mata. Pero todos tenemos derecho a escoger nuestros propios venenos y el consumo de tabaco es una decisión consciente y libre. Para compensar la parte complicada ahí está la verdad sencilla: respirar el humo del tabaco de otros causa las mismas enfermedades y también nos saca de este mundo prematuramente, pero lo hace sin nuestro consentimiento.
Fumar es una adicción muy peligrosa. A menudo, también un rito. Los soldados comparten cigarrillos con sus prisioneros y el verdugo con el reo. En muchas sociedades fumar no es solo un acto individual, suele ser además, una ceremonia social. Ninguno somos inocentes. Todos somos cómplices.
Creo que, finalmente, el romance con el cigarrillo se ha roto. Desafortunadamente, demasiados hombres y mujeres continuarán dando su vida por el pitillo. Para muchos, el tabaco es un ingrediente indispensable de su vida, y también de su muerte. El problema es que antes o después alguna de las víctimas del humo de segunda mano va a ser alguien cercano. Y si vemos morir en nuestros brazos a una persona querida a causa del humo asesino, la única opción que nos queda es perseguir al verdugo.
Luis Rojas Marcos es profesor de psiquiatría de la Universidad de Nueva York y ex presidente ejecutivo del sistema de Salud y Hospitales Públicos de esta ciudad.
ANÁLISIS: EN CONTRA DE LA LEY
"¿VENENO PURO?"
FERNANDO SAVATER
Resulta chocante que contra la nueva ley del tabaco protesten los hosteleros y otros damnificados económicos, pero nadie se atreva a reivindicar no solo su derecho a fumar sino el placer y los beneficios que aporta el tabaco a quien sabe manejarlo. Hasta los fumadores que se sienten perseguidos aclaran que van a dejarlo enseguida y a ser buenos, como los demás. Quizá para no parecer a sueldo de las grandes tabacaleras, que es la última sandez inventada contra quienes no se doblegan a planteamientos inquisitoriales: si defiendes las corridas de toros estás a sueldo de los ganaderos, si defiendes el derecho a comer jamón (y elogiarlo) te paga la asociación de chacineros y si defiendes el placer de fumar… mal vamos.
No es cierto que el tabaco mate: lo que mata en ciertos casos es su abuso. Sin duda fumar en exceso es pernicioso, aunque las cifras que se manejan de muertos y malheridos resultan demasiado precisas para no resultar sospechosas. Después de todo, no es tan fácil calibrar quién muere por culpa del tabaco como quién es víctima de un accidente de tráfico… Por lo demás, el mundo está lleno de fumadores vivitos y coleando, lo mismo que de conductores prudentes —aunque la carretera mate mucho—, de bebedores morigerados o de alpinistas que después de jugarse la vida en las alturas vuelven triunfantes y sanos a su hogar. Y por supuesto quienes fuman lo hacen porque obtienen cosas positivas del tabaco (placer, serenidad, inspiración, sociabilidad o lo que sea) no porque sean suicidas en potencia. Si lo fuesen, fumarían cartuchos de dinamita o beberían lejía, conductas poco habituales.
Es cierto que nadie debe imponer el humo del tabaco a quien no desea soportarlo. Por tanto, es lógico que se permita fumar en algunos sitios y en otros no. En el caso de los restaurantes, por ejemplo, puede haberlos de fumadores y de no fumadores (o con secciones separadas para unos y otros): lo absurdo es que alguien proteste porque se fuma en un local que ya advierte que admite fumadores. Es como entrar en una discoteca y pedir que apaguen la música porque uno tiene derecho a charlar tranquilamente con los amigos… Lo que mata (la convivencia civilizada) no es el tabaco, sino utilizarlo donde no se debe. Y también legislar para enmendar la conducta de los ciudadanos en lugar de establecer marcos para que convivan derechos distintos sin colisionar entre sí.
Fernando Savater es filósofo.