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lunes, marzo 07, 2011

De libros, literatura, autores, editores, internet, e-books. Del pasado, presente y futuro. De oficio, de sabiduría. EXCELENTE.


REPORTAJE: EDITORES ANTE EL FINAL DE LA ERA GUTENBERG (1) Peter Mayer Expresidente de Penguin y en la actualidad presidente de Overlook Press

"Editar es una cuestión de instinto"

JUAN CRUZ 06/03/2011

Peter Meyer, presidente de Overlook Press, en su
domicilio de Nueva York en enero de 2011.
JUAN CRUZ
Peter Mayer fue presidente de Penguin y le dio la vuelta a esta editorial clásica de los libros de bolsillo. Ahí estuvo de 1978 a 1996, viajando incansablemente desde una a otra sede de la histórica marca británica, de Nueva York a Londres, y de ahí a Montreal y a Australia...

Ahora está a punto de cumplir 75 años, y sigue en el mundo editorial, al frente de su propio negocio, una editorial, Overlook, que fue de su padre y que él ha convertido en una empresa pequeña pero competitiva que en los últimos meses ha puesto al frente de los best sellers delNew York Times un libro que compró cuando nadie se fijaba en él: True grit (Valor de ley), de Charlie Portis, catapultado ahora a la fama gracias a la película homónima de los hermanos Coen.
"Editar es una cuestión de instinto", dice. De hecho, se hizo en este oficio poniendo en marcha su instinto, cuando tenía poco más de veinte años y alternaba su trabajo como taxista con el oficio de editar, en el que era un principiante. Redescubrió una novela, Llámalo sueño, de Henry Roth, convenció a los directivos de Avon, para la que trabajaba, que ese libro era una mina, y llegó a vender un millón de ejemplares. El suyo es un oficio absorbente; lo que hizo en Penguin fue histórico, pero le quedaron energías para ponerse al frente de su propio negocio. Cuando le entrevistamos, en su casa del Soho neoyorquino, era domingo por la tarde, él se reponía de una dolorosa operación de cadera, pero esa misma tarde había quedado con su secretaria, y con ella estuvo trabajando horas, dictando cartas, estimulando libros, congratulando a escritores necesitados de mimo...
En esa atmósfera, que recuerda aquella en la que siempre se desarrolló el mundo editorial, espera la revolución, a la que no se niega. Muchas veces se dijo de él, en Fráncfort y en todos los lugares donde se conoce bien el oficio, que él era un gurú, porque adivinó por dónde venían los vientos. Ahora los vientos vienen huracanados, y primero que nada le preguntamos a él qué pasó y qué cree que pasará con el libro tal como lo hemos conocido.
Pregunta. Hay un poema de su amigo y colega Michael Krüger, el editor alemán, que dice que la infancia le envía tarjetas postales. Se dice que usted es un gurú. ¿Qué postal le habría enviado ese gurú al Peter Mayer de ahora sobre el futuro editorial?
Respuesta. Hubiera dicho que la cultura basada en el negocio y en el formato físico de los libros era una traición, que la tecnología iba a ser más importante, no para la cultura, sino para la transmisión de la cultura. Y ese gurú hubiera prestado más atención a personas como Marshall McLuhan. Porque él sí que fue un profeta. Todos pensamos que era muy ingenioso cuando dijo aquello de que el medio es el mensaje... Era muy inteligente. Pero ahora, mientras miro hacia el tiempo en el que estamos, observo muchos cambios en la cultura en general, y eso afecta a la cultura del libro. Lo que ha ocurrido es que el mundo está conectado de una manera que jamás hubiéramos intuido -para lo bueno y para lo malo-, y que el éxito ya no está tan ligado al mundo imaginativo, sino que está ligado a la información. La información es ahora más importante que la imaginación. Y esto me produce tristeza. Estamos ante una gran sopa de información, pero estamos mucho menos concentrados. En los años 90 yo no era consciente de que eso iba a pasar.
P. ¿Qué consecuencias tiene esa falta de concentración en el trabajo de un editor ahora?
R. Nuestro trabajo está cambiando. Nuestra función es básicamente la misma, pero el efecto de nuestra función es quizá más pequeño. Lo que hacemos es seleccionar. Antes el público confiaba en el valor de nuestra marca, de nuestro nombre y de nuestra experiencia y educación. Ahora, aunque siga necesitando esos filtros, el público le presta menos atención. Porque todo el mundo ahora tiene el poder. Todos pueden hablar con cualquiera en el mundo, sin filtros; es una idea democrática que elimina nuestra intermediación...
P. Pero sigue habiendo editores...
R. Pero lo que pasa afecta radicalmente a nuestro oficio. Hay muchos libros que ya no puedo publicar porque la tecnología va a una velocidad vertiginosa; es imposible seguir el ritmo. Me lleva entre seis meses y un año publicar un libro, pero la información que contiene ese libro puede quedar obsoleta antes de que salga. Los jóvenes de hoy han aprendido que si quieren saber qué ha pasado en Egipto no deben buscarlo en los periódicos. Yo mismo lo sé por Internet. Mi función como editor probablemente sea publicar menos información que antes. Y por información no entiendo sólo la política, sino todo lo referido a la vida cotidiana, los viajes, la limpieza, la salud, etcétera... Toda esta información la tienes en Internet. Ya no hacen faltan libros para eso... Si quiero cocinar un pollo Kiev no necesato un recetario de cocina rusa; puedo encontrar las recetas en Internet, y son gratis. ¿Qué tipo de contenido queremos? Esa es la pregunta que hay que hacerse en el mundo editorial. Y lo mismo sirve para los periódicos y para las revistas.
P. Con este planteamiento podríamos llegar a la conclusión de que la ficción debería estar en alza, pues no parece estar tan afectada por estos cambios tecnológicos...
R. Bueno, quizá no al 100%. Pero sí es cierto que Guerra y paz tiene la misma relevancia hoy que hace un siglo. Y es verdad que la ficción y el teatro se ven menos afectadas por las nuevas tecnologías... Trabajo en un mundo de escritores, agentes, camiones que llevan y traen libro, en un mundo de librerías y de lectores... Y la cultura de la librería tendrá que que cambiar, porque habrá menos librerías, no más. Y la disminución de librerías afectará a los centros de cultura en nuestras ciudades. Ahora los centros culturales están en nuestras casas. Esto por supuesto afecta a la vida cívica. Las pocas librerías que quedan son grandes empresas, como Barnes & Noble, y lo que más venden ahora son máquinas para leer libros electrónicos. Pero, para volver a su pregunta, ¿cómo cambia todo esto mi trabajo? Si publicamos menos, los costes de impresión y publicación aumentarán y el precio tendrá que subir. Entonces, los libros serán más caros y eso llevará a la gente a leer a través de los e-books. Confieso que los e-books con muy convenientes. Así que si ahora usted me recomienda un libro, al final de esta entrevista sacaré mi maquinita, lo compraré en ese mismo momento y a la media hora lo estaré leyendo. ¡No es fantástico!
P. ¿Y qué pasará con los escritores, con sus agentes...?
R. Hay escritores de muchos tipos. Mientras existan libros tal como los conocemos, los famosos seguirán vendiendo libros físicos y e-books. Y quizá en mayores cantidades. Los autores menos conocidos, o desconocidos, quizá no puedan publicar libros de manera tradicional. Quizá los publique solo como e-book, o quizá se los publico él mismo... Eso suena genial, ¿verdad? Pero no habrá certificación alguna, en en el libro ya no dirá que lo avalan Gallimard o Faber o Hanser... Pero esto no afecta sólo a los escritores, sino a una comunidad entera, editores, agentes, librerías, revistas, periódicos... Piense en los periódicos. Nosotros necesitamos reseñas para que se divulguen nuestros libros, pero si cada vez se leen menos periódicos o revistas, menos gente leerá libros. Si a la gente le dan igual los filtros y las certificaciones, tendremos una cultura de libros distinta. Siempre habrá quien busque la excelencia, ¿pero cómo identificas dónde está?
P. Eso, ¿cómo?
R. No creo que los blogs tengan mucha credibilidad, pero sí creo en el boca a boca, y esto cada vez adquirirá más importancia. Las redes sociales se multiplicarán y este es el tipo de marketing que se hará. De abajo a arriba y no al revés. Nuestro esfuerzo publicitario está centrado ahora en despertar interés en ciertos blogs. Porque algunos sí tienen credibilidad. Así como hay gente que sabe diferenciar entre los blogs, los editores tendremos que aprender a diferenciarlos. Un amigo mío, agente literario, ha montado una agencia de conferencias. Usa no sólo a sus propios escritores sino a otros. Al igual que la industria musical ha tenido que centrarse más en conciertos en vivo que en la venta de cedés, los que trabajamos en este mundo del libro tendremos que hacer lo mismo. Los escritores, si son elocuentes e interesantes, pueden ser ellos mismos herramientas de marketing.
P. Krüger dice que en el futuro el escritor podría convertirse en un trovador.
R. Sí, pero lo que ocurre es que algunos no cantan tan bien. Y un trovador viaja. A un escritor que no es famoso y no tiene dinero para viajar le va a resultar difícil ser trovador.
P. Mientras que los demás factores de la industria se plantean cómo será el futuro, parece que a los escritores eso no les importa tanto. ¿Por qué?
R.. La mayoría de los escritores, sobre todo los literarios, seguirán escribiendo le pase lo que le pase a la industria. Porque ellos son escritores. Necesitan escribir. Quizá les resulte más difícil vivir de ello pero lo seguirán haciendo. Herman Meville siguió escribiendo a pesar de que sus libros no se vendían. Y escribió Moby Dick y Billy Budd porque tenía que escribir. Desde el punto de vista de un escritor serio, la literatura seguirá estando ahí. Y si le va bien, quizás incluso gane más dinero que trabajando con una editorial, como ahora. Todo el dinero que genere será suyo; pero si el libro no va bien no tendrá nada. Actualmente el editor corre un riesgo, y apoya y protege al escritor...
P. ¿Qué hubiese dicho en los años 90 si hubiera tenido entonces una bola de cristal para mirar en esta revolución que le aguarda al mundo de Gutenberg?
R. Hubiese dicho: ahora, en los 90, el marketing es muy importante. Pero en 2020 ó 2030 será insignificante. En 1995 la distribución es imprescindible, hubiera dicho; pero no será tan importante en 2020 porque se hará de otra manera. Usted me ha preguntado cómo afectan los cambios a mi profesión. Antes sólo le di la mitad de la respuesta. No sabemos lo que va a ocurrir, y le he dicho que se publicará menos información. Pero creo, además, que el valor del libro aumentará de una manera extraña. En los últimos treinta años hemos observado como la producción de libros se ha abaratado muchísimo en todo el mundo; papel más barato, encuadernaciones más baratas... El esfuerzo de los editores se ha concentrado en los márgenes de beneficio y al público le ha dejado de importar la calidad de la impresión. Puede que se descubra que el libro, en su formato original y bien cuidado, vuelva a suscitar interés. La gente volverá a comprar libros por la idea de poseerlos. Creo que los libros se harán mejor, estarán más cuidados, mejor producidos. Porque si están hechos una birria [lo dice en español] nadie los comprará.
P. En un articulo de un experto, Jason Epstein, se dice que los adelantos de los escritores se financiarán gracias a inversos externos a las editoriales, como ocurre con las películas. Y que los editores y agentes harán de managers. ¿Lo veremos?
R. No lo creo. Si eres Stephen King, sí. Si eres un tal Jaime Sánchez, no. Los empresarios no están interesados en libros ni en cultura. Sólo les interesa el dinero. El señor Epstein tiene razón, pero solamente en algunos casos. Creo que es más rentable invertir en una hamburguesa del McDonald?s.
P. Déjeme ir adelante y atrás en su propia experiencia como editor. ¿Está mejor equipado para el futuro siendo pequeño editor, al frente de Overlook Press, que al frente de un gigante como Penguin? Es decir, ¿ahora es mejor ser pequeño que grande?
R. ¡Es una buena pregunta! Creo que si eres Penguin estarás cerca de ganar, porque tendrás un backlist [un catálogo] importante, y lo que la gente paga es el contenido. Pero en el caso de los e-books de Penguin o Gallimard un libro nuevo publicado por ellos quizá no tenga las mismas ventajas en el futuro como hoy. Creo que las marcas serán menos importantes en el futuro. El mismo autor se convertirá en la marca... Cuando dejé Penguín y me puse al frente de Overlook Press no me di cuenta de que una pequeña empresa estaría tan bien posicionada para el futuro. Tampoco creo que las grandes editoriales vayan a desaparecer, pero sí creo que publicarán menos libros y que obtendrán sus beneficios con la venta de e-books. Y en las editoriales ya no se necesitará a tanta gente. En el caso de Overlook ocurre algo poco corriente. Nuestrabacklist conforma casi el 10 o el 20% de nuestros libros. Este porcentaje es superior a la de las grandes editoriales y empleamos más dinero men adquirir libros en adquirir libros antiguos. Creo que un libro es nuevo si alguien no lo ha leído.
P. Es lo que ha ocurrido con Valor de ley, un libro viejo que se convierte en un best seller...
R. Cuando dejé Penguin pensaba que nunca más iba a publicar un best seller, y ese libro apareció en enero en lo alto de la lista del New York Times... Cuando compramos los derecos de Valor de ley no fue porque los Coen fueran a hacer la película, sino porque era un libro muy bueno. El libro tiene 46 años. Nos da igual si es un libro viejo o nuevo. Lo que nos interesa es que el libro tenga interés ahora. Y ese ahora es un best seller. Puedes hacer eso tanto eres una pequeña editorial como si eres una grande. Pero la ventaja de ser pequeña es que dependemos aún más de los libros viejos que las grandes editoriales. Ellos buscan best sellers porque los necesitan.
P. ¿Ve usted una comparación del mundo editorial con las del cine y la música en cuanto a pirateo?
R. La industria musical intentó frenar el pirateo, pero no pudo. La gente joven piensa que si la música no es un objeto físico es gratis. Los libros, el cine, los periódicos y las revsitas han tomado nota y ahora más que nunca se monetiza el contenido... El pirateo en el libro no es tan preocupante como el del cine. En algunos países ocurre más que en otros porque creo que no están acostumbrados a pagar. El pirateo es como robar, pero no creo que vaya a afectar a esta industria. Lo que tendremos que hacer es seguir identificando contenido de valor, editarlo de manera digna, publicarlo en cualquier formato... Esto no cambiará. A la gente le gustan los libros, les gusta comprarlos. Eso que inventó Gutenberg hace quinientos años (el negro sobre blanco) es la mejor manera de leer. Será diferente cuando crezcan los niños que tienen ahora seis o siete años. He visto ya libros digitales para niños cuyos dibujos se mueven. Debemos admitir que estos cambios son sorprendentes y emocionantes.
P. ¿Estamos contemplando el declive del libro como negocio, al igual que pasa con la industria de los periódicos impresos?
R. No me gusta hablar tan solo del negocio. Pienso en el joven García Márquez o en el joven Vargas Llosa, cómo surgieron. ¿Cómo lanzamos a los jóvenes escritores de hoy? Y eso nos lleva al corazón de lo que hacemos. El propósito de una editorial no es simplemente acumular un catálogo; nuestro propósito es ser creativos, descubrir obras y a veces mejorarlas.
P. Lo que no cambiará es el misterio detrás del éxito de un libro. Gaston Gallimard, el fundador de la editorial francesa, dijo que, tras cuarenta años de experiencia, no podía decir qué es lo que lleva a un libro a tener éxito...
R. Es cierto. Existe un elemento de suerte pero es mejor tener suerte cuando se es joven. ¿Por qué? Porque si tienes suerte cuando eres mayor te queda menos tiempo para disfrutarlo... Lo que hay que tener es instinto no sólo con miras a vender sino por aquello que en el futuro siga teniendo valor.
P. El propio Gallimard decía que en el éxito en la selección de libros es atreverse a escoger y saber esperar.
R. Me gusta esa frase. Sin embargo, si una editorial peternece a un grupo grande, ellos no pueden esperar. No se pueden dar ese lujo. Alguien me preguntó una vez por qué seguía siendo editor a mi edad, qué derecho tenía. Y le respondí: lo que me da derecho es precisamente el ser mayor. He leído una gran cantidad de libros y los recuerdo. Y a modo de chiste [lo dice en español] le cuento lo que pasó con mi libro favorito de cuando tenía nueve años. Era una serie de veintiséis libros sobre el cerdito Freddy. Pensé, en Overlook, que sería divertido publicar uno de estos libros sólo por el hecho de darle nueva vida a algo que me encantaba de niño. Y ya hemos vendido 300.000 ejemplares. Y hemos vendido los derechos de cine, los derechos en ruso, en chino, en alemán... Y yo lo hice como una broma personal. ¿Cuánto pagué? Creo que unos mil dólares... En fin. Aún tengo esperanzas de que la gente lea. Mire lo que ocurrió con Harry Potter. Leer es algo natural si el contenido es bueno. La esperanza que tengo es que la gente seguirá leyendo si le das buen contenido.

Todo ficción

Mayer dice que es difícil hacer lo que le pedimos: concentrar en una decena los libros de su vida. Hizo un intento, y le salieron quince, todos de ficción. El Castillo de Kafka; La montaña mágica de Mann; Llámalo sueño de Roth; el Quijote de Cervantes; Middlemarch, de George Eliot; El gran Gatsby de Fitzgerald; Cien años de soledad de García Márquez; las cuatro novelas de Thomas Wolfe; Si esto es un hombre de Primo Levi; El ruido y la furia Luz de agosto de Faulkner; En busca del tiempo perdido de Proust; Huckleberry Finn de Mark Twain; Guerra y Paz de Tolstoi; Los hermanos Karamazov de Dostoievski, y Herzog de Saul Bellow.
Nos dijo Mayer: "Sé que es una lista larga, y que todo es ficción. Cuando pensé en los libros que significaron algo para mi, recordé una o dos novelas, y a partir de ahí todo lo que me vino a la cabeza era ficción. Fui sobre todo un lector de ficción quizá hasta que cumplí 35 años. Y las memorias de juventud son más poderosas que las que se produjeron en la edad mediana y en mi actual madurez".

martes, diciembre 28, 2010

LLEGÓ ORSAi !!!

La tengo entre mis manos!

No sé por dónde empezar! Se diría que por el principio, pero cada página es una tentación...

Qué formato! Qué papel! Qué perfume!

Pues nada... A leer y disfrutar!!!

Imagino que a éstas horas estaréis en plena bacanal, léase picnic, mucho ORSAi y mucha pizza al calorcito, en Mercedes, en la cancha! Curiosidad, qué birra estáis escanciando? Imagino que Quilmes... En eso, a pesar de haber nacido en bue, no hago patria, nunca me gustó :-( Pero obviamente cuando voy por esos lares, la bebo, aunque sea por una cuestión de prurito cultural...

Y otra vez, felicitaciones y enhorabuena Hernán, Chiri y toda la banda!

Abrazo desde un Madrid muy frío!

NOTA: Me dice Florencia, para más señas correctora de la revista, en el foro de la página de ORSAi en Facebook: Leéla desde el principio, de forma lineal. Está pensada de ese modo, hacéme caso. Beso y que la disfrutes!

Pues nada, así lo haré...

lunes, noviembre 29, 2010

CHAPEAU

Patente de corso
Arturo Pérez-Reverte

Internet y desparrame
XLSemanal - 29/11/2010

Me sorprenden algunos amigos lectores porque, tras diecisiete años escribiendo ajustes de cuentas semanales -que para mi salud mental como español resultan de lo más higiénico-, hace poco se montara un pifostio en torno a cierto comentario mío, hecho en un humilde rincón de la red social Twitter, sobre la opinión personal y razonada que tengo de la gestión política de cierto ministro pasado a peor vida (apuntemos, de paso, que según la 22ª edición del diccionario de la RAE y en la quinta acepción del palabro, un mierda -escrito con artículo masculino- significa, literalmente, persona sin cualidades y méritos). Como digo, se extrañan esos amigos de que en todos estos largos y tormentosos años nunca se montara cisco semejante, pese a que, como certificarán los responsables de XLSemanal, algunos de sus cabellos encanecidos se deben a esta página pecadora; en la que, aparte disgustos empresariales con anunciantes y poderes más o menos fácticos, el teléfono y el correo tuvieron momentos de gloria, lo mismo en tiempos de la España prepotente, meapilas, ladrillera y cañí del amigo Ánsar, que cuando no hace mucho comenté los sentimientos que la vista del palacio de las Cortes despierta en mi espíritu, o cuando dediqué un artículo -Permitidme tutearos, imbéciles- a la política educativa española de los hunos y los hotros: esa casta política demagoga y oportunista que ha conseguido hacernos analfabetos en diecisiete libros de texto y cuatro idiomas distintos, sin contar el bable asturiano y la fabla aragonesa. Ni siquiera llegó a tanto cuando, gobernando el Pepé, glosé en términos contundentes -dos sustantivos con preposición en medio- la figura de Pío XII, el papa entrañable que se hacía fotos místicas con un pajarito posado en un dedo mientras los nazifascistas deportaban y gaseaban a cientos de miles de judíos bajo sus pastorales narices. Dense ustedes una vuelta por el gueto judío de Roma, por ejemplo, que todavía está allí. Miren las placas conmemorativas y sabrán a qué me refiero.

La respuesta a por qué en esos y otros casos el desparrame no llegó a tanto, mientras que en éste varios ministros -en su acepción genérica de hombres y mujeres que ocupan el cargo- me concedieron el privilegio de pronunciar mi nombre en los telediarios, es lamentablemente obvia: Internet, las redes sociales y la obligada simplificación de muchos de sus mensajes, se caracterizan por la potente difusión, el acceso indiscriminado y la fácil superficialidad. Cualquier mensaje puesto allí puede rebotarse millones de veces con extrema rapidez. Además, todo usuario, desde la lúcida mente científica hasta el cretino más tarado que imaginar podamos, tiene a mano expresar su opinión en Internet bajo nombre real o fingido, con la simplicidad de darle a una tecla y la impunidad opcional del anonimato. Con el incierto resultado de que lo mismo valen estadísticamente las opiniones del escritor y caballero Mario Vargas Llosa, del profesor Gregorio Salvador o del científico y académico José Manuel Sánchez Ron, que las de cualquier tiñalpa analfabeto y con seudónimo que decida asomarse a la red.

Pero la causa principal, en mi opinión, es la superficialidad. Una característica de Internet es que ahí todos corremos el riesgo de opinar, basándonos en frases leídas al azar, fuera de contexto, o en mensajes mil veces rebotados y que se deforman y desnaturalizan por el camino, sobre cuanto la amistad, el entusiasmo, el rencor, la ideología, la simple estupidez, hacen decir a unos tras leer de otros lo que, a su vez, éstos aseguran que alguien dijo. Luego, ese despelote salta a ciertos medios informativos siempre ávidos de titulares, de etiquetas fáciles y de agua a su molino; notoriamente, en esta triste, cobarde y demagógica España, donde tantos paniaguados rascatertulias a sueldo de sus amos, de ésos que nunca pierden ningún tren porque corren delante de cualquier locomotora, se ganan el jornal. De tal modo, una maraña de información insustancial, hecha de comentarios inexactos, cuando no falsos o malintencionados, acaba suplantando el hecho real y los argumentos originales. Y al cabo es lo que queda. Permítanme un caso propio: hace poco publiqué en esta página un artículo titulado Notario del horror. A las veinticuatro horas, en un lugar de Internet, una sucesión de usuarios estaba poniéndome a parir por recomendar las memorias de un secretario judicial de Burgos, nada menos que capital rebelde durante la Guerra Civil. Por darle coba a un represor fascista. Hasta que otros internautas, que sí habían leído el artículo, les aclararon que el tal secretario judicial era de izquierdas y narraba las ejecuciones masivas de republicanos en aquella ciudad. Y que llamarme asalariado del Pepé, facha y nostálgico del franquismo por alabar ese libro, resultaba, cuando menos, inexacto.

De Londres en comienzo de campaña navideña: de libros y librerías, de arte, museos y galerías, de Auster y traductores...

La austeridad de los millonarios
CRÓNICA: SILLÓN DE OREJAS
El País - Manuel Rodríguez Rivero

Ilustración de Max.-

Lo que se aprende viajando. Como cada año, me marqué un viaje a Londres para ver un par de exposiciones que me interesaban y hacerme una idea de cómo marcha el negocio del libro en el inicio de la campaña navideña. Volé, como suelo, en una low cost a la que me permitirán llamar Cutrejet. No era el único: en mi avión también viajaba, por ejemplo, don Jaime de Marichalar, con discreto equipaje de mano de Vuitton. Ya sé que soy un resentido, pero no pude evitar componer un pareado: "Quién te ha visto y quién te ve / hoy volando en Cutrejet". No suelo dar consejos a mis improbables lectores, pero me voy a permitir uno: piénsenselo bien antes de viajar a la capital británica en fin de semana. Los sábados y los domingos se convierte en un pandemonio a cuenta de las interminables obras emprendidas para evitar que el metro se venga abajo (aún más), y que continuarán, por lo menos, hasta los Juegos Olímpicos. Se aprovecha el week-endpara clausurar dos o tres líneas estratégicas (Circle, Piccadilly y Jubilee, por ejemplo), porque son días de descanso y, por tanto, no afectan a la producción, que es lo único que cuenta. No importa que los sufridos ciudadanos que se desloman el resto de la semana se las vean y deseen para cultivar sus ocios: que se fastidien y se queden en casa, así trabajarán el lunes con más brío. A los ciudadanos británicos también los tienen contentos por otros motivos. Por el proyecto de recortar (hasta su supresión total) el subsidio a los parados que rechacen ofertas de empleo, por ejemplo. Ya lo decía San Pablo (patrón de los gobernantes austeros) en su segunda epístola a los Tesalonicenses (3,10): "Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma". Así se procedía con los siervos de la gleba, y ahora se impone rescatar las buenas costumbres de antaño. Lo que parece un poco de recochineo es que en el austero Gobierno de Cameron se incluyan dieciocho -han leído bien: 18- millonarios. En fin. Respecto a los objetivos de mi viaje, visité numerosas librerías del centro: más vacías, a pesar del reclamo de tres libros por el precio de dos y de los descuentos generalizados en best sellers (adquirí Port Mortuary, la última novela de Patricia Cornwell, al 40% del "precio recomendado"). Funcionan bien -como sucede aquí- una veintena de títulos, y luego las ventas van menguando y las devoluciones creciendo (en progresión geométrica). En cuanto a las exposiciones, ni la retrospectiva de Gauguin, ni la enorme muestra Newspeak: British Art Now de la Saatchi (vomitiva, con pocas excepciones) consiguieron conmoverme. Y a la instalación de Ai Weiwei, en la sala de turbinas de la Tate Modern, le han quitado casi toda su gracia, al impedir que la gente camine (y haga ruido) sobre los 100 millones de pipas de girasol de porcelana. Encontré lo más interesante en galerías comerciales. Por ejemplo, la muestra de Leon Kossoff en la Annely Juda: a sus 84 años el gran expresionista británico sigue dando muestras de vitalidad y maestría, con esos emocionantes y autobiográficos cuadros rebosantes de pintura y serenidad en los que se representa reiteradamente un viejo cerezo apuntalado con contrafuertes de madera para que no se venga abajo. Pero el auténtico éxito prenavideño lo constituye la exposición Christine Keeler, My Life in Pictures (en la Mayor Gallery de Cork Street), una muestra de setenta fotografías de la célebre modelo y show girl -llamémosla así- que consiguió poner en la picota (1963) al Gobierno (también) conservador de Harold Macmillan, al hacerse público que la avispada muchacha se acostaba al mismo tiempo (aunque a distintas horas) con el secretario de Estado para la Guerra, John Profumo, el proxeneta y narcotraficante Johnny Edgecombe y el agregado naval de la Embajada soviética Yevgeni Ivanov. Una bicoca para los chicos del MI-5. De la importancia como icono pop de la Keeler en el imaginario (masculino) británico da buena cuenta el hecho de que muchas fotografías (algunas con tiradas de 50 copias y precios superiores a las 1.700 libras) ostentaban el distintivo de vendidas. Y es que con Keeler no hay austeridad (ni siquiera millonaria) que valga.

Auster
Siempre me pasa. Compro o recibo "el Auster" anual (esta vez Sunset Park, Anagrama) y me secuestro a mí mismo a cal y canto hasta pasar la última página. Es mi vicio, mi compulsión, mi pecado, mi indulgencia. No es que me ciegue ante sus carencias (a menudo la pifia hacia el final) y no me cansen a veces sus trucos de prestidigitador posmoderno y metanovelístico, pero me sigue subyugando el torrente narrativo al que me arrastra, esos personajes perfectamente dibujados y familiares que, sin embargo, guardan ominosos secretos y culpas, ese apego profundo al realismo que, por otra parte, le sirve para hipnotizar al lector e introducirlo más fácilmente en los pliegues y fisuras de lo aparente. Adoro a Auster como se adoran esos objetos transicionales que sirven a niños y a enamorados infelices para tomar aliento y marcharse (o regresar) a otra cosa: a Proust, por ejemplo, o a Balzac, o a Flaubert, de los que tanto aprendió el elegante y austero Auster, el más francés de los escritores norteamericanos de hoy. Sunset Park,su novela número 16, trata de muchas cosas. De la paternidad, por ejemplo, y del amor, y de las dificultades para ejercerlos. Auster coloca a su media docena de personajes contra el telón de fondo de la crisis -del otoño de 2008 a la primavera de 2009- y los deja moverse en ella, sin dejar de guiñar el ojo referencial a su lector: de Happy Days, de Beckett, a Los mejores años de nuestra vida, de Wyler, pasando por el Gatsby de Scott Fitzgerald. Si quieren pasar cinco o seis horas estupendas, déjense llevar por Auster. Les ayudará, sin duda, la tersa, vibrante, impecable traducción de Benito Gómez, a la que sólo le sobra la única N. del T. que aparece en el texto. Y, por favor, señor Herralde, regrese a los libros cosidos. No resulta tan caro, le distingue, y sus (fieles) lectores se lo merecen.
Traductores
Tropiezo en la Correspondencia de Italo Calvino (Siruela; selección de Antonio Colinas; traducción de Carlos Gumpert) con una carta sin desperdicio, de octubre de 1963, en la que el autor (entonces asesor en Einaudi) se pronuncia acerca del papel de la traducción y de su lugar en la crítica literaria. El texto debería ser de obligada lectura en todos los eslabones de la cadena del libro. Entre nosotros son pocos los críticos que se toman el trabajo de hablar (para bien o para mal) de las traducciones, y menos aún, de cotejar (antes de juzgarlas sumariamente) versión y original. El traductor tiene la responsabilidad que le confiere su condición de coautor de la obra en la lengua de llegada: merece respeto (también económico) y visibilidad y, por lo mismo, su trabajo debe estar sujeto a crítica razonada. El lector, que es en primer lugar un consumidor de libros, se lo merece. Precisamente estos días me llega la nueva entrega del Libro Blanco de la traducción editorial en España. Si quieren enterarse del actual panorama socioeconómico de este oficio imprescindible pueden consultarlo (gratis) en www.acett.org. De nada.

viernes, noviembre 19, 2010

En "Cravan vs. Cravan": "Quien vive muchas vidas también muere muchas muertes." (Wilde)


El artista desaforado y su enigma

Entre 1912 y 1915, Arthur Cravan, poeta, boxeador y extravagante compulsivo, publicó Maintenant, revista donde se entrenaba en el vanguardista arte de injuriar

Por Débora Vázquez
Para LA NACION


Fabian Avenarius Lloyd, mejor conocido como Arthur Cravan (Lausana, 1887-Golfo de México, ¿1920?), fue una de esas personas tan compulsivamente vitales que la existencia del resto de los mortales, en comparación, parece propia de un manual de botánica. Alumno problemático durante su infancia en Suiza, Lloyd, que de su escolaridad sólo rescataba las clases de gimnasia, empezó a viajar por el mundo no bien concluyó sus estudios secundarios en Inglaterra.
Estados Unidos, Italia, Australia y Alemania -de donde las autoridades berlinesas lo expulsaron por pasearse por las calles con cuatro prostitutas encaramadas en los hombros- son algunos de los destinos que visitó antes de cumplir los dieciocho años con el dinero que le facilitaba su madre, el que se ganó como fogonero de un barco carguero y el que robó en una joyería de su ciudad natal. Esta precoz etapa de vagabundeo frenético ("Quisiera estar en Viena y en Calcuta,/ Tomar todos los trenes y todos los navíos") culminó en París cuando una herencia familiar le permitió echar el ancla en la capital francesa por un tiempo. Y fue allí donde Fabian Avenarius Lloyd dejó atrás, junto a su pasado burgués -un tatarabuelo banquero y un abuelo consejero de la reina Victoria-, su verdadero nombre para convertirse en Arthur Cravan.
Con la nueva identidad, se perfiló su doble vocación de boxeador y poeta. Como boxeador de semipesados -con dos metros de altura y 105 kilos no sorprende que la artista Mina Loy lo rebautizase "Colossus"- se presentaba en el ring como el sobrino de Oscar Wilde y recitaba versos de su autoría. Como poeta, sus escritos irreverentes y hasta heréticos encerraban -parafraseando a Roberto Arlt- "la violencia de un cross a la mandíbula".
Así como su vena pugilística tuvo su clímax en 1916 con el combate en el que enfrentó en Barcelona al campeón del mundo Jack Johnson, su oficio de vate despuntó unos años antes, entre 1912 y 1915 para ser precisos, y coincidió con la publicación de la revista Maintenant.
Dar a conocer los cinco números de aquel fanzine de culto en el que Cravan hacía las veces y bajo diferentes seudónimos de único redactor, de editor y hasta de distribuidor -si es que el rótulo le cabe al hecho de apostarse a la salida del Hipódromo Gaumont para vender los ejemplares que apilaba en una carretilla- es uno de los logros de esta cuidada edición, que cuenta con un certero prólogo de Mariano Dupont. Un volumen que en el afán de capturar la extravagancia de las apariciones públicas de ese gran showman que fue Arthur Cravan -sus tempranos happenings con desnudos, tiros al aire y fallidos intentos de suicidio no discriminaban cuadriláteros de círculos intelectuales- incluye un apéndice con crónicas y testimonios de artistas que lo conocieron: Francis Picabia, André Breton y Marcel Duchamp, entre otros.
Pese a lo antojadizo y acotado del contenido de cada entrega, la revista Maintenant es el espejo más fiel de la leyenda de Cravan. En el número 1 hay un poema, titulado "Silbato", de evidente inspiración futurista. Claro que Cravan jamás toleró ser comparado con Marinetti y hasta amenazó con "retorcer los órganos sexuales" de aquellos periodistas que se atrevieran a insinuarlo. Como todo vanguardista de fuste, se consideraba más allá de las vanguardias. Por eso el mote de precursor del dadaísmo con el que André Breton celebraba el desorden y la espontaneidad de sus creaciones fue el que mejor le calzaba.
En el número 2 de la revista, la barbarie de Cravan embiste contra André Gide, uno de los referentes artísticos de la época, sin que le tiemble el pulso a la hora de mofarse de su contextura endeble y enfermiza, su desinterés por las mujeres, y su literatura esforzada ("El señor Gide pule terriblemente su prosa y debe entregarles a los tipógrafos como mínimo una cuarta versión") y carente de vuelo: "Su manera de caminar delata a un prosista que jamás podrá escribir un verso."
El número 3 sobresale por la narración de un encuentro apócrifo con su tío Oscar Wilde. Su afán de pertenecer al linaje del irlandés maldito era tal que, no conforme con su categoría de sobrino, sugería la posibilidad de ser su hijo. Esta escalada en el árbol genealógico que hoy podría parecer una veleidad, en aquel entonces implicaba colocarse en un lugar incómodo. Su primo Vyvyan Holland, sin ir más lejos, el auténtico segundo hijo de Wilde, prefirió ahorrarse la vergüenza de la condena a prisión que debió afrontar su padre adoptando el apellido materno. Pero Cravan era insaciable y no había filiación que lo colmara. El género humano le quedaba chico y la impronta panteísta del poema "Hie!" así lo demuestra: "Hombre de mundo, químico, puta, borracho, músico, obrero, pintor, acróbata, actor; / Anciano, niño, estafador, sinvergüenza, ángel y fiestero; millonario, burgués, cactus, jirafa o cuervo;/ Cobarde, héroe, negro, mono, Don Juan, cafisho, lord, campesino, cazador, industrial, / Fauna y flora: ¡Soy todas las cosas, todos los hombres y todos los animales!"
El número 4 se distingue por la osada crítica de Cravan a "La exposición de los independientes", en donde imparte difamaciones procaces a cada uno de los exponentes de la vanguardia plástica: "No puedo sentir más que asco por la pintura de un Chagall o Chacal, que nos muestra a un hombre echando petróleo en el agujero del culo de una vaca". Tampoco se salvan las mujeres de los artistas: la novia de Guillaume Apollinaire y la mujer de Robert Delaunay, las más vilipendiadas. Y para qué hablar del menosprecio con que se refiere a los críticos, o a "los ingenuos" que abrigan la esperanza de aprender a dibujar asistiendo a las academias de pintura. No hace falta ser adivino para predecir lo que hubiera declamado acerca de los actuales talleres de escritura: "Me sorprende que un estafador del espíritu no haya tenido la idea de abrir una academia de literatura". Como ciertos bloggers de estos días, Cravan sabía cómo ganarse enemigos. La diferencia a su favor, claro, radica en la distancia que separa la firma del anonimato, o la provocación de la cobardía.
En la poesía "Boxeador y poeta" publicada en el número 5, Cravan juega a definirse y pretende repugnar a fuerza de un lenguaje proclive a la escatología, con el fin de sentirse merecedor de la "satánica naturaleza" típica de todo poeta que se precie de maldito. La conclusión de Picabia acerca del porqué del carácter de las performances de Cravan se aplica perfectamente a este escrito: "Antes que a los otros, Cravan buscaba shockearse a sí mismo, lo cual es mucho más difícil".
Su muerte lo encontró, paradójicamente, huyendo de la Primera Guerra Mundial. Tras su deserción del ejército francés y su paso por España, zarpó a Nueva York, donde se enamoró de la talentosa poeta y pintora inglesa Mina Loy. Pero el llamado para la guerra que empezaba a hacerse extensivo a los residentes extranjeros en el territorio lo obligó a migrar hacia la costa nordeste y, luego de una frustrada tentativa de asentarse en Canadá, terminó estableciéndose en México. Allí se dieron cita con Mina Loy, se casaron y permanecieron juntos hasta que ella, embarazada, viajó a Buenos Aires, mientras que él, falto de dinero para el pasaje en barco, prometió alcanzarla al poco tiempo. Lo que ocurrió después con la vida de Cravan es un enigma. En 1920 se lo declaró oficialmente muerto sin contar con un cuerpo que justificara el dónde, el cuándo ni el cómo. ¿Ahogado tras su intento de cruzar el Golfo de México en un bote a vela? ¿Asesinado a orillas del río Bravo a manos de piratas o de la policía montada? O vivo y oficiando de vendedor de las obras completas de Wilde por los bulevares parisinos. Para la fantasía popular no hay límites; si hasta llegó a correr el rumor de su reinvención bajo el seudónimo del novelista sin rostro B. Traven. Como señalaría inequívoco su tío Wilde en la cita que oficia de epígrafe del documental Cravan vs. Cravan: "Quien vive muchas vidas también muere muchas muertes."

domingo, octubre 31, 2010

Más de uno, especialmente políticos y burócratas, deberían darse por aludidos y tomar buena nota...

“No pueden Uds imaginarse la tristeza y la ira que invaden el alma cuando de una idea sublime a la que uno venera religiosamente desde hace tiempo, se apoderan unos individuos torpes para ponerlas en manos de otros tan imbéciles como ellos, arrastrándola al arroyo, y uno la ve de pronto en el baratillo, deformada hundida en el fango, dispuesta de una manera absurda, esquinada sin proporciones, sin armonía, como juguete de chiquillos estúpidos.”

Los Demonios
Fiódor Dostoievski

sábado, octubre 30, 2010

Hoy llueve, y así nos lo canta García Lorca...

LLUVIA
Enero de 1919 (Granada)

La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de soñolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje.

Es un besar azul que recibe la Tierra,
el mito primitivo que vuelve a realizarse.
El contacto ya frío de cielo y tierra viejos
con una mansedumbre de atardecer constante.

Es la aurora del fruto. La que nos trae las flores
y nos unge de espíritu santo de los mares.
La que derrama vida sobre las sementeras
y en el alma tristeza de lo que no se sabe.

La nostalgia terrible de una vida perdida,
el fatal sentimiento de haber nacido tarde,
o la ilusión inquieta de un mañana imposible
con la inquietud cercana del color de la carne.

El amor se despierta en el gris de su ritmo,
nuestro cielo interior tiene un triunfo de sangre,
pero nuestro optimismo se convierte en tristeza
al contemplar las gotas muertas en los cristales.

Y son las gotas: ojos de infinito que miran
al infinito blanco que les sirvió de madre.

Cada gota de lluvia tiembla en el cristal turbio
y le dejan divinas heridas de diamante.
Son poetas del agua que han visto y que meditan
lo que la muchedumbre de los ríos no sabe.

¡Oh lluvia silenciosa, sin tormentas ni vientos,
lluvia mansa y serena de esquila y luz suave,
lluvia buena y pacifica que eres la verdadera,
la que llorosa y triste sobre las cosas caes!

¡Oh lluvia franciscana que llevas a tus gotas
almas de fuentes claras y humildes manantiales!
Cuando sobre los campos desciendes lentamente
las rosas de mi pecho con tus sonidos abres.

El canto primitivo que dices al silencio
y la historia sonora que cuentas al ramaje
los comenta llorando mi corazón desierto
en un negro y profundo pentágrama sin clave.

Mi alma tiene tristeza de la lluvia serena,
tristeza resignada de cosa irrealizable,
tengo en el horizonte un lucero encendido
y el corazón me impide que corra a contemplarte.

¡Oh lluvia silenciosa que los árboles aman
y eres sobre el piano dulzura emocionante;
das al alma las mismas nieblas y resonancias
que pones en el alma dormida del paisaje!