Mostrando entradas con la etiqueta reportaje. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta reportaje. Mostrar todas las entradas

lunes, noviembre 29, 2010

Portada. Bien. Me alegro. De a poco, se va acabando la impunidad y la protección que da el poder para hacer y decir lo que le viene en gana. Y es solo la punta del iceberg... Nada volverá a ser como antes.



LOS PAPELES DEL DEPARTAMENTO DE ESTADO

La secretaria de Estado de EE UU, Hillary Clinton,
en una imagen de archivo.- FRANCE PRESS
La gran filtración»

La mayor filtración de la historia deja al descubierto los secretos de la política exterior de EE UU
EL PAÍS desvela los documentos de Wikileaks.- Putin, autoritario y machista.- Las fiestas salvajes de Berlusconi.- Estrecho seguimiento de Sarkozy.- Los movimientos para bloquear a Irán.- El juego en torno a China.- Los esfuerzos para aislar a Chávez

Vicente Jiménez / Antonio Caño - El País


sábado, junio 19, 2010

El gran John Coltrane y nada menos que por Kuhn

Kuhn y su tributo a John Coltrane
adn
Por Héctor M. Guyot


En la primavera de 1960, durante una serie de conciertos en Nueva York, un por entonces muy joven Steve Kuhn integró la primera versión del cuarteto de John Coltrane, que llevaría el jazz a nuevas alturas. Como se sabe, el pianista definitivo de ese célebre combo (integrado además por Jimmy Garrison en contrabajo y Elvin Jones en batería) sería McCoy Tyner. Denso, expansivo, rítmico, McCoy era el pianista indicado para el viaje en el que el saxofonista llegaría, con su jazz modal, a himnos de extática intensidad emocional y espiritual.

Cincuenta años más tarde, en Mostly Coltrane (ECM), Kuhn vuelve sobre la obra de una de las figuras más relevantes del jazz de todos los tiempos y consigue un verdadero prodigio: invoca con éxito el espíritu de aquella música al tiempo que imprime en estas versiones su propio estilo, alejado tanto del de McCoy como del de Alice Coltrane (quien acompañó desde el piano a Trane en su última etapa, más atonal). Kuhn suena lírico, sutil en sus pinceladas melódicas y, sobre todo, más austero a la hora de construir la base armónica, lo que por momentos aligera la música sin restarle profundidad. Acompañado por David Finck (contrabajo), el siempre sorprendente Joey Baron (batería) y el tenor Joe Lovano, el pianista propone una lectura respetuosa y original -y he aquí el verdadero tributo- de las composiciones de su admirado Coltrane.

El disco arranca con Welcome, Song of Praise y Crescent: Kuhn se centra en la música que Trane hizo junto a su cuarteto en la primera mitad de los años 60, con predominio de temas lentos y abiertos, o de medio tiempo. Quizá el más genuino heredero (musical y espiritual) de Coltrane sea el saxofonista Charles Lloyd. Sin embargo, Lovano alcanza con su tenor el sonido generoso que caracterizó a Trane, aquel aliento de cálida y dolorosa humanidad. Sin buscar protagonismo, se integra al trío de Kuhn y juntos logran recrear la cualidad hipnótica de la música de Coltrane.

El resultado es un disco de intensa belleza, en el que un pianista refinado se encuentra con el fantasma de un músico que dejó un legado imborrable.

Cortázar: Cartas de un amigo en París

Cartas de un amigo en París
adn
Por Carles Álvarez Garriga

Anticipo exclusivo de un libro que reúne 127 misivas inéditas escritas por Julio Cortázar entre 1951 y 1983. En Cartas a los Jonquieres, el autor de Rayuela revela detalles de su vida en Francia, secretos de su obra y su mirada sobre el arte.

Julio Cortázar hace las prácticas pedagógicas para graduarse como maestro en la Escuela Normal Mariano Acosta, en Buenos Aires, a mediados de la década de 1930. Ahí conoce a Eduardo Alberto Jonquières, cuatro años menor. Eduardo -recuerda Aurora Bernárdez- era un alumno particularmente brillante, gran lector, poeta y ya buen dibujante. Durante muchos años el retrato de Julio, uno de sus primeros óleos lamentablemente perdido, estuvo colgado en la calle Artigas.

Me llama la atención, cuando en septiembre de 2009 pregunto a Aurora por cosas que ya sólo ella puede recordar (cosas de esos años, de esas gentes), que se refiera de inmediato al retrato que, según parece, la hermana echó a la basura muchos años después porque creyó que estaba muy deteriorado. El destino de ese cuadro, en el que un jovencísimo Cortázar apoya sus largas manos sobre las rodillas con la incomodidad del tímido que posa, pudo ser el mismo que el de las cartas que aquí presentamos, de cuya existencia teníamos noticia porque en una biografía cortazariana aparecida en 1998 se afirmaba que Jonquières conservaba cartas a granel. ¡A granel!, se felicitaba uno relamiéndose por adelantado, aunque tuviera que esperar más de una década hasta poder leer, en una de estas cartas recién resucitada, la interrogación retórica y por suerte no profética de Cortázar a Jonquières: ¿Dónde están las cartas "perdidas"? ¿En qué estante, saca, desván, se van pudriendo poco a poco, envueltas en su tristeza de no haberse cumplido?.

Por fortuna, las cartas se conservaron. A la muerte de Jonquières, acaecida en París en el año 2000, la grabadora María Rocchi, su viuda (paciente guardiana de la correspondencia de los años europeos, apunta Aurora), las encontró en el archivo familiar. Gracias a ese pequeño milagro tenemos la ocasión de presentar ciento veintisiete cartas, trece tarjetas postales y un recorte publicitario que Julio Cortázar envió a Eduardo, a María y a su hija Maricló entre febrero de 1950 y febrero de 1983. [...]

Sí, pero, ¿quién era Eduardo Jonquières? Para ofrecer un perfil casi curricular -de su psicología estas cartas dan, como en un negativo fotográfico, un dibujo excepcionalmente vigoroso-, puede decirse que Jonquières fue, ante todo, poeta y pintor. Así lo demuestran sus libros ( La sombra , El Bibliófilo, 1941; Permanencia del ser , El Bibliófilo, 1945; Crecimiento del día , Losada, 1949; Los vestigios , Botella al mar, 1952; Por cuenta y riesgo , Mundonuevo, 1961; Zona árida , Losada, 1965) y sus obras expuestas, entre otros lugares, en El Fogón de los Arrieros, en Resistencia; en el Museo de Arte Contemporáneo Latinoamericano, en La Plata; en el Museo de la Solidaridad Salvador Allende, en Santiago de Chile; en el Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori y en el Museo de Arte Moderno, en Buenos Aires.

La amistad entre ambos se afianzó a partir de 1946, con el regreso de Cortázar a Buenos Aires tras su periplo profesoral en provincias. Casados Eduardo y María, se acomodan en la casa de la calle Ocampo donde se juntan -puntualiza Aurora- grandes y chicos, Albertito y Maricló. La amistad se extiende a la familia. De esas reuniones queda un divertido testimonio: "El extraño caso criminal de la calle Ocampo", publicado en Papeles inesperados.

Aurora Bernárdez está entusiasmada con el libro. Fue al leer de corrido la transcripción completa cuando nos dimos cuenta de que estas páginas en cierto modo desmienten la consideración de Vargas Llosa, para quien Cortázar era un hombre eminentemente privado, con un mundo interior construido y preservado como una obra de arte. Hasta leer las cartas a los Jonquières, todos teníamos la impresión de que Cortázar era, en efecto, extremadamente reservado en lo personal; aquí en cambio se diría que escribe a un hermano. La de Julio y Eduardo -sigue Aurora- era una amistad fraternal. Julio se sentía como el hermano mayor, con derecho y obligación de decirle lo que pensaba de sus contradicciones, de su manera de perder el tiempo y las energías en conflictos que no merecían tanta dedicación, de su carácter de cascarrabias que le impedía disfrutar de todo lo bueno que le había tocado en suerte: familia, talento, vocación. El afecto lo obligaba a salir de su reserva habitual. Es lástima que se hayan perdido las respuestas de Eduardo, que podían ser tan cómicas como asesinas.

Además de que estas cartas ofrecen una imagen nueva de Cortázar, las correspondientes a los años de su instalación definitiva en Europa (1951-1955) nos informan con esmero y puntualidad casi semanal sobre un período del que apenas sabíamos nada. Estas cartas valen por el diario que no tenemos; accedemos con ellas a parte de su construcción intelectual porque, a la gran cultura literaria que ya tenía, aquí está sumando el aprendizaje de la mirada.

Pregunto a Aurora si en su opinión la partida de Cortázar fue tan crítica como reflejan algunas de las cartas, y si cuando lo reencontró en París en 1952 lo notó muy cambiado. Responde sin dudar: Cuentos como "Las ménades", "La banda", "La escuela de noche" reflejan una atmósfera de fraude, violencia, fascismo, intolerable. Transformar esa experiencia en relatos era una manera de exorcizarla. Pero no le bastaba. Una visita al médico (sufría de migrañas y alergias) le dio el empujón decisivo: después de escucharlo atentamente, el médico le dijo: "Lo suyo no es una enfermedad; es una opinión. Váyase". Y Cortázar se fue. Con todo, su personalidad no cambió, estaba seguro de que había tomado la buena decisión en el momento justo. El mundo de sus preferencias se ensancha. Ya en el primer viaje adquiere una visión más rica y variada de la realidad. Añade a la contemplación de la obra de los grandes maestros de la pintura, clásica y moderna, el descubrimiento de la ciudad, objeto tan vivo y fascinante como el mejor libro, el mejor cuadro. Camina sin rumbo por las calles, descubre patios misteriosos, jardines escondidos, papeles arrancados en los que el azar organiza otras armonías. Está atento a todo lo que habitualmente pasamos por alto. Aprende a mirar para ver, modesto pajuerano del Nuevo Continente, fascinado por la vieja Europa. Así aprendió también a ver mejor Buenos Aires.

Comentamos otra característica que me parece una constante en toda la correspondencia cortazariana: la adaptación a los interlocutores, la versatilidad estilística que se amolda al destinatario: con Eduardo tiene largas parrafadas culturales, con María es más doméstico y con Maricló es muy amiguito. Aurora se ríe: Le gustaban poco las grandes reuniones pero era amable y cordial con cualquiera, a menos que le cayera muy pesado; en ese caso, no disimulaba y en sus raras cóleras le salían por los ojos relámpagos verdes como los de las peores tormentas de Santa Rosa en Buenos Aires. A María la quería mucho y con los chicos siempre se entendía muy bien. [...]

Anochece en París. Antes de salir a comer algo, nos quedamos callados un momento. Creo que le envidiamos un poco al lector la maravilla que le espera cuando asista en estas páginas al nacimiento de los cronopios, a las peripecias de la traducción de la obra de Poe, al minucioso relato de las visitas a museos, iglesias y galerías, a la crónica de paseos urbanos y de reacciones-reflexiones: un curso de historia del arte y del deambular por la ciudad donde el profesor es, ni más ni menos, Julio Cortázar. [...]

Cenaremos en el hindú de la esquina. Vamos yendo. Me acuerdo de lo que dijo Paco Porrúa al terminar su lectura de las pruebas: Es maravilloso. Se lee como una novela.

Pedimos la comida. Aurora bebe un sorbo de té y se queda pensativa. Entonces me dice, lentamente: Es una curiosa experiencia leer la propia vida contada por otro. Porque las cartas de Julio son su mejor biografía, pero también son la mía. Yo sabía que no había estado nada mal, pero no recordaba los detalles (algunos de ellos francamente fantasiosos, como la reiterada y amable referencia a mis tortillas, que todavía hoy no he aprendido a hacer). Pero lo que descubro ahora es que el relato de mi vida se ha convertido en mi vida. Todo depende, claro está, del narrador.

Traen los platos. Me acuerdo del plan de Sainte-Beuve que citaba Proust y no puedo evitar recitarlo a modo de conclusión de estos meses de trabajo. (Por suerte el restaurante está vacío: cenamos temprano.)

Escribir de vez en cuando cosas agradables, leer otras agradables y serias, pero sobre todo no escribir demasiado, cultivar a los amigos, guardar una parte del propio espíritu para las relaciones diarias y saber compartirla sin reservas, dar más a la intimidad que al público, reservar la parte más fina y más tierna, la propia flor, para el interior, para usar con moderación, en un dulce comercio de inteligencia y sentimiento, las últimas estaciones de la juventud.

Pasa un ángel. Levantamos las copas para brindar por la larga y hermosa amistad de los Cortázar y los Jonquières, y por estas cartas; ciertamente inesperadas, ciertamente inolvidables.

© LA NACION

París, 24 de febrero de 1952

Mi querido Eduardo:

[...] Es la noche del domingo, y descanso un poco, solo en mi cuarto, después de una semana llena de cosas, idas y venidas, curiosas experiencias, peladas de frente y grandes maravillas. Hay un gran silencio en la Cité porque es medianoche, los últimos grupos de estudiantes se han disuelto, y callan los aparatos de radio -uno o dos- de mi piso. Tengo conmigo a un gatito, que me toca alimentar y guardar esta noche, pues es el hijo colectivo de los habitantes del tercer piso. (Hace una semana lo salvé de morirse helado en la nieve, y como recompensa el tipo me chupó de tal modo un pulóver que había a los pies de la cama, que me lo dejó arruinado para siempre.) Pienso que hace dos años justos yo estaba en Venecia, disponiéndome a venir al misterioso París. Ya llevo aquí cuatro meses, y anoche, al hacer un balance mental de este tiempo, me daba cuenta de la asombrosa familiaridad con que me muevo en este mundo. Ahí está, ahora, el peligro. Es ahora que debo vigilar mi visión, mi manera de situarme frente a cosas que cada vez conozco mejor; es ahora que debo impedir que los conceptos me escamoteen las vivencias. Me aterraría (¡no me ha sucedido, por suerte!) pasar un día apurado frente a Notre-Dame y echarle apenas la ojeada sin intencionalidad que se dedica a los bancos o a las casas de renta. Quiero que la maravilla de la primera vez sea siempre la recompensa de mi mirada. Puedo darme el lujo de pasar cerca del Museo de Cluny y decirme: Entraré otro día. Pero entrar ahí tiene que seguir siendo una cosa grave, última, la verdadera razón de mi presencia en París. Nos reímos de los turistas, pero te aseguro que yo quiero ser hasta el final un turista en París, el hombre que anota en su agenda: Jueves, ir a ver el San Sebastián de Mantegna... Es tan horrible advertir a cada minuto cómo las facultades intelectuales empiétent [desbordan] sobre las intuiciones puras, tratando de esquematizarte el mundo... Lo atroz de B.A. es que es materia mucho más intelectual que estética, y apresura ese horrendo proceso de cristalización de un hombre. Por eso los argentinos son gente de tanto carácter (!), de tanta personalidad -repertorios de ideas definitivamente fijas, cuajadas, sin movimiento posible. Todo el mundo tiene allí su opinión sobre las cosas, pero coincidirás conmigo en que basta opinar sobre una cosa para, en el mismo acto, dejar de verla. La idea de Wilde en su Retrato de Mr. W. H. es realmente profunda: si en el acto de probar que una cosa es A o B, ocurre que de golpe se siente una angustia terrible y la sensación del descreimiento total en lo afirmado, ello se debe a que todo hombre inteligente y sensible sabe que una prueba es siempre otra cosa, que no toca para nada la realidad esencial de eso de que se habla. Yo quisiera que París se me diera siempre como la ciudad del primer día. Llevo aquí 4 meses: pero llegué anoche, llegaré otra vez esta noche. Mañana es mi primer día de París. [...]

Un muy gran abrazo, y que ésta te encuentre bien.

Julio

16 de mayo de 1952

Mi querido Eduardo:

[...] ¿Has trabajado más? Yo terminé, con inmensa alegría, de copiar mi Keats [Imagen de John Keats, editado póstumamente]. 548 páginas de máquina! Lo suficiente para convertirlo en una nueva Medusa, o máquina-para-petrificar-editores, como diría Jarry. Me siento tan libre, tan en paz conmigo mismo al terminar ese libro. Hay diez años de mi vida ahí dentro (ocho de lectura y dos de trabajo). Ahora quisiera escribir otra novela antes de empezar a olvidarme del español. Llegué a manejarlo lo bastante bien como para desear este -quizá- último libro de prosa argentina. El Examen me vale como tubo de laboratorio; hay allí errores que no repetiré, y cosas in nuce que esperan desarrollo.

[...] Interrumpí esta carta para ir a un concierto del que acabo de regresar (es la una de la mañana). Después de una hermosísima obra de Schönberg, escuché el dipus-Rex de Stravinsky. Hace exactamente 15 años que se lo oí al mismo Stravinsky en Buenos Aires, y pienso que tú estabas conmigo y que nos emocionó (aunque no tanto como La Sinfonía de los Salmos, que es más pura). Para esta representación, Cocteau preparó siete cuadros vivos, que se cumplen en el fondo de la escena, detrás del coro. Ha hecho unas máscaras increíblemente hermosas, con inmensas cabezas, ropajes de colores finísimos. Las máscaras miman la acción que el mismo Jean leía como recitante. Creo que te alcanzará mi especial emoción de esta noche, en que por primera vez he visto y oído a ese hombre que, salvadas las distancias y las diferencias, fue mi primer maestro. Piensa que yo leía a Pierre Loti cuando el azar me hizo comprar Opium... Sí, he tenido una terrible sensación de gratitud, y a la vez de vejez, de acabamiento, de mundo liquidado... Hacia el fin hubo una bagarre fenomenal, a cargo de una cabale enemiga [...], que interrumpió su lectura. Con una estupenda serenidad, Cocteau dijo: Stravinsky y yo hemos trabajado con un profundo respeto hacia el público. Yo pido que el público nos devuelva ese respeto. Hubo una ovación, y la obra pudo terminarse. Cocteau saludaba como un volatinero -como el juglar que es. Había mucha poesía en la escena y fuera de ella... y yo tengo casi dislocadas las manos, y un cansancio monstruoso. Como si toda mi vida me pesara ahora sobre la cabeza. Los que silbaban eran los jóvenes. Yo aplaudí, yo estoy ya entre los viejos. Así sea. Esta noche ha tenido algo de testamento, pero de un testamento que pudiera ser muy bello.

Mis cariños a María y los chiquitos. Un gran abrazo para ti de

Julio

1 de octubre/ 52

Mi querido Eduardo:

[...] Estuve a punto de hacerte un paquete con mis últimas faenas verbales, pero lo pensé mejor y he decidido mandárselas a Baudi [el abogado Luis Baudizzone]. La razón está en que sólo tengo una copia, y que a Baudi no le he mandado nada desde que estoy aquí. Sé que él te pasará el cuadernito (que se llama Historias de cronopios y de famas) y que en el fondo será lo mismo. Además, y por último, sé que tú entiendes muy bien.

Estos cuentecitos de cronopios y de famas han sido mis grandes camaradas de París. Los anoté en la calle, en los cafés, y sólo dos o tres pasan de una carilla. No los considero obra seria, sino un descanso bien merecido después de Keats. Noto que me ha sido dada cierta magia verbal, y los cronopios son la objetivación espontánea de esos juegos de la palabra consigo misma. Pero tú, buen observador, verás que por debajo van aguas más duras e intencionadas. Pienso que en la Argentina un librito así molestaría -como vagamente molestaba Macedonio Fernández, o molesta Ramón-, y que en cambio aquí, después de Plume por ejemplo, o los juegos de Crevel o de Desnos, valdría por lo que vale, es decir se lo aceptaría de lleno y se lo juzgaría con la misma seriedad que a una poesía de intención más alta. Yo te confieso que lo de las intenciones de la poesía me resulta cada día más retórico, y que si bien nunca he sido legítimamente un surrealista (para eso hacen falta otros aires y otros méritos) por lo menos he llegado a no rehusarme el lado liviano y pueril que con toda facilidad me viene a la palabra. Quiero que sepas (pues esto es lo que cuenta) que el escritor de El Examen y el de estas Historias no ha cambiado de onda ni de ars poetica para ir de uno a las otras. Yo creo que en el fondo lo que espero de ti y de los pocos lectores que tendrá el cuadernito, es que se diviertan tiernamente (o que se enternezcan alegremente). Me gusta (lo he descubierto) leer en alta voz estos pequeños cuentos. Suenan muy bien y son materia juglaresca, pícara, prosa de alta voz. Ah, me gustaría leértelos. De veras, es libro de juglar, y no está mal que sea así. No sé lo que voy a hacer ahora. Deseos, deseos... Pero nada ensayístico, eso no. Libertad como nunca, y que la inteligencia se las rebusque para ordenar, para dar coherencia y sentido a todo lo que remue sa symphonie dans les profondeurs [remueve su sinfonía en las profundidades]. [...]

Un gran abrazo de

Julio

París, 27 de agosto de 1955

Mi querido Eduardo:

Ayer cumplí cuarenta y un años. Je viens d´avoir trente ans, decía Jean el de la estrella [Cocteau, que firmaba con una estrella] en un hermoso poema que has de recordar, y lo decía con tanta tristeza como yo. Cuarenta y uno es una cifra horrible para quien cree que el mundo es hermoso pero ajeno, ajeno a mis sentidos que sólo conocen una ínfima parte, a mi inteligencia que es incapaz de aprehenderlo en sus estructuras más elementales. Ahora empieza de veras el declive, la década que nos lleva a los cincuenta. ¡Y yo que me siento siempre con veinte años, tan tonto, tan crédulo, tan entusiasta, tan esperanzado como entonces! Pero los signos físicos me llaman a la realidad. Me enfermo más seguido, me canso mucho más pronto. Hasta hace cinco años podía pasar una noche en blanco y seguir perfectamente al otro día; ahora, si me acuesto después de medianoche, lo pago al día siguiente. No puedo beber tanto vino, no puedo comer tantas cosas, no puedo leer tantas horas. Cosas profundamente materiales empiezan a ahilarse, a adelgazarse sutilmente, como si el mundo iniciara sigiloso su retirada, dejándome cada vez más sus imágenes a cambio de sus materias... [...]

Te abraza,

Julio

París, 19 de abril de 1958

Mi querido Eduardo:

[...] Nosotros hemos pasado una racha bastante jorobada.Aurora entró en abierta depresión al enterarse de que su madre estaba internada a causa de un abceso y, lo que es peor, que se quejaba de su soledad y pedía su presencia. Cuando me di cuenta de la cosa, hice lo que correspondía: anulé los pasajes de avión que ya tenía para irnos el 27 a Estambul y Atenas, y le saqué uno en Air France para que se fuera a B.A. Nos quedamos con el estado de ánimo que te imaginarás, trabajando en la Unesco como autómatas, sin ganas de salir ni de ver gente, hasta que llegaron cartas tranquilizadoras de B.A., y sobre todo una llamada telefónica de Mariano Bernárdez, quien le aseguró a Glop que su madre se irá a vivir con él por el momento, hasta que se arregle alguna manera de que tenga compañía en el horrendo departamento de la calle Paraguay. Aurora respiró, decidió cancelar el viaje (puesto que estamos decididos a ir juntos por dos o tres meses a comienzos de 1959), y yo me eché de nuevo al bolsillo los pasajes para Grecia. Si no hay novedades, volamos a Estambul el domingo 27; el 1 de mayo viajamos a Atenas, y nos quedamos todo mayo en Grecia; el 31 volamos de vuelta a París. El plan, como ves, no puede ser más perfecto, aunque por lo que a mí refiere debo confesar que -como tantas cosas en la vida- me encuentra ya un poco viejo. Pero puesto que a los veinte años no tuve agallas para largar todo e irme a ver el Partenón en su momento justo, tengo que aceptar el largo retraso y lo que comporta de pérdida: pérdida de fervor, de ingenuo y tantas veces equivocado entusiasmo, de ansiedad deliciosa frente a la belleza. En cambio sé más cosas y entenderé mejor. He ahí una frase de occidental: entenderé mejor. ¿De qué me servirá entender si sé que no voy a llorar frente a las costas griegas? Pero, melancolías aparte, el viaje será admirable. Cuento con ver bien Estambul (adoro lo bizantino, creo que lo sabes), y aprovechar lo mejor posible cuatro semanas en Grecia. Iremos a Creta, a Míconos, a Delos... Y desde allá te escribiré, como consuelo de que no estés con nosotros para beber vino resinoso en las tabernas del puerto. [...]

Es decir que en 1959, si nada ha cambiado, Aurora se verá en el dilema de dejarme en París e irse a vivir con su madre -por lo menos una larguísima temporada-, o yo tendré que levantar mi casa, renunciar a un trabajo por primera vez en mi vida admirablemente pagado -lo que supone la paz, París entre mis manos, viajes a cualquier lado, etc.- para ir a meterme en ese Buenos Aires que detesto minuciosamente y rehacerme una vida de empleado público o de profesor. Bonito, ¿eh? Llegué a Francia sin un centavo, pasé lo que bien sabes -conste que no me quejo, porque valía la pena- y al final encontré el trabajo menos reventador, una casa, mis libros y algunos amigos; todo eso, conseguido en seis años, tiembla ahora al borde de una hojita de papel de avión llegada esta mañana. Y lo peor es que hace tres o cuatro años yo hubiera reaccionado violentamente: si fui capaz de prescindir de mi familia y mis amigos de allá, te imaginas si era capaz de prescindir de una suegra y sus problemas. Hubiera dicho redondamente que no, y Aurora hubiera tenido que elegir entre quedarse o irse. Pero ahora vivo, para mi mal, en un plano en el que la edad y el progresivo reumatismo de la voluntad lo van haciendo pasar a uno del plano estético al ético. Tal es, por lo demás, el tema de la novela que acabo de terminar. Al lado de un Sergio de Castro, dispuesto a pisotear la cara de su madre con tal de seguir adelante su carrera, yo descubro con infinita tristeza que cada vez me cuesta más hacer sufrir a los demás, que cada vez me es más duro pagar mis viajes con las lágrimas de mi madre o de cualquiera que me tenga cariño. Es pura cobardía en cierto modo; ningún artista verdaderamente grande repara en esas cosas, del mismo modo que al Cristo se le importaba un real bledo que su madre se arrancara el pelo, cosa que hizo prácticamente todo el tiempo. Lo terrible de la dimensión moral es que por un lado parece insinuar que es el término de la evolución espiritual del hombre (cf. Scheler, Ortega, etc.), y que sólo la santidad puede rebasarla; pero al mismo tiempo te convierte en un idiota sometido a los caprichos y a las crisis de hígado de los demás. Fulanito se enferma, y ya estás tomando el tren y dejándolo todo por él. ¿Te imaginás a Miguel Ángel soltando los pinceles porque a su suegra le daban las saudades?

[...] Julián Urgoiti [gerente de editorial Sudamericana] me escribe deplorando no poder publicar El perseguidor y los otros cuentos que le dejé. Me promete hacerlo en 1959. Pero me voy a dar el gusto de decirle que no, y le escribo a Salas para que retire el original. Hay algunos placeres que uno tiene que dárselos en vida. Ya verás que me publicarán cuando esté muerto. ¿Por qué preocuparse entonces?

Aurora le escribirá a María. Me gustaría encontrar una carta tuya en el Consulado argentino de Atenas (hasta el 31 de mayo).

Julio

Cacania, 5 de mayo de 1961

Abweburte Gebrauchtsanländischer Fruhlingsverrerte Pote:

Por si no lo sabés (pero sí lo sabés, todo se sabe en el Departamento de Hactividades Kulturales), Cacania es el nombre que Robert Musil le daba a Austria. En Cacania, pues, héme desde el lunes, deambulando melancólicamente por el Ring pero sin boxeo, y ganando mis modestos veinte mil francos diarios a cambio de echar los dos pulmones sobre informes vagamente radioisotópicos. Horresco referens.

No sé en realidad por qué te escribo, porque no tengo absolutamente nada que decirte, pero tal vez ésa sea la condición de toda carta divertida. Hasta ahora lo único digno de mención que me ha ocurrido (aparte de buenos conciertos) es que estaba tomándome un Kleine Moka en el Opern Café, sitio distinguido y asquerosamente bacán si los hay, cuando entró una señora armada de un perro de aguas de esos que recortan fragmentariamente para convertirlos en monstruos dignos del Apocalipsis de Angers. La ilustre bagliona (cf. Glop para el sentido de esta palabra) se instaló frente a un Koffee mit Milch und Doppia Panna, ornado de diversas Schokolade Torte und Malakoff Torte mit plenty of Schlag [tortas de chocolate y tortas Malakoff con mucha nata], y no encontró nada mejor que atar al monstruo angevino a una pata de su mesa. No te oculto que observé con secreta esperanza el arribo de otra bagliona todavía mucho más encorsetada, anillada, pulserada y permanenteada que la primera, la cual esgrimía un boxer de adustas mandíbulas. Mi oído de por sí perverso alcanzó a distinguir un ominoso gruñido, sofocado por el alegre parloteo de cuarenta o cincuenta vieneses entregados a la joie de vivre, voire de bouffer et comment. Discreto como Ulises, sorbí otro trago de mi Apfelsaft y aprecié cómo la bagliona n° 2 ataba al boxer a la pata de su mesa y ordenaba, con esa graciosa manera de aullar que tienen las pitucas de cualquier país, varias cremas y otros mets de régime. En eso estaba cuando se quedó sin mesa, porque el boxer se proyectó en dirección al perro de aguas, y éste arrancó en el mismo instante dejando sobre la falda de la bagliona n° 1 una tal cantidad de crema que un Henry Miller se hubiera creído en el caso de lamerla minuciosamente junto con las regiones adyacentes. Pero nada de esto tenía importancia comparado con el choque de las dos mesas debajo de las cuales los dos perros se destrozaban frenéticamente, aunque mucho peor todavía era el radiante espectáculo de las caras de las dos baglionas, la una sin mesa y la otra bañada en crema, mirándose como debían mirarse los dos perros pero sin el consuelo de hacerse pedazos a dentelladas. Ahora bien, el Opern Café es un lugar distinguido, como habrás advertido por el mero hecho de mi presencia allí, y la lucha de dos perros y dos mesas que se entrechocan entre otras ocho o diez mesas cuyos ocupantes lanzaban unos Ach! y unos Schrecklich! positivamente indignados, constituía uno de esos espectáculos que son la alegría de mi vida y la razón de ser de los perros. Termino este ejercicio de desestilo con una comprobación melancólica: he vuelto otras dos veces pero nunca encontré perros. Ensayaré en otras partes. ¿Por qué no autorizarán a las baglionas a llevar leopardos a los restaurantes?

Te dejo entregado a tus meditaciones, siempre de peso y ponderadas (viene a ser lo mismo pero suena vistoso) y te saludo canodrónicamente,

Julio

Delhi, 6 de marzo de 1968

Mi querido Eduardo:

[...] Nos vamos acercando poco a poco al final de la conferencia, y el 26 nos vamos a dar la vuelta a la India, de manera muy sumaria pero, con ayuda del conocimiento que tiene Octavio, y los muchos libros que me ha pasado para disipar mis brumas en la materia, veremos unas pocas cosas de primera calidad, dejando de lado mucho de lo que van a ver los turistas por razones de publicidad no siempre justificada. En síntesis, nos vamos a Bombay (para ver otra vez Ajanta y Ellora, y esta vez las cavernas de Karla o Karli), y de ahí volamos a Ceilán, donde hay sobre todo paisaje, playas, y ese ambiente de paraíso tropical que es una de mis nostalgias infantiles (Ceilán es Salgari, Verne...). Luego volvemos a Madrás para ver Mahabalipuram, y subimos a Orissa para visitar los templos de Konarak y el resto. Luego Calcuta, y saltamos a Nepal, del que Octavio y Marie-José cuentan maravillas. Volvemos entonces a Delhi, el tiempo para irnos a Teherán y empezar la conferencia. Ya ves que no está mal, aunque los nombres exóticos hayan dejado de interesarte como me decís.

Con Octavio llevamos ya muchas horas de charla, en la medida en que es posible hablar en paz teniendo junto a nosotros ese pájaro maravilloso y turbulento que es su mujer. Me maravilla cada vez más la lúcida y sensible inteligencia de Octavio, aunque esté muy lejos de sus criterios en muchas cosas. Lo que más me asombra en él es su juventud, su deseo de seguir adelante en la poesía; Blanco, su último poema, es el resultado de una larga meditación india, por una parte, y estructuralista por otra. Trabaja ahora en una serie de poemas en rotación (¿leíste Los signos en rotación?), que se imprimirán con un sistema de tarjetas perforadas que permitirán diferentes lecturas, etc. Su interés por las búsquedas de los poetas concretos, lo que hace el grupo de Haroldo de Campos, el de Henri Chopin, etc., es conmovedor, porque todo llevaría a pensar que un hombre que ha llegado a una plena madurez en una línea poética se mantendría prudentemente al margen de las aventuras actuales. Y no es así, y frente a eso los resultados importan menos que la actitud de un hombre capaz de tirarlo todo por la borda y lanzarse a cosas que muchos de sus admiradores encontrarán insoportables.

Por mi parte, terminé 62 y lo mandé a Buenos Aires, espero ahora la opinión de Paco Porrúa, y supongo que el libro se editará rápidamente. Tengo que pensar en escribir una serie de textos ya más o menos pensados o sentidos, para una especie de suplemento de La vuelta al día [Último round ], así como un prólogo para la segunda edición que no tardará en hacerse pues parece que el libro se vende mucho y Orfila piensa ya en ella. Trabajo para Saignon, claro, pues ahora me dedico a leer fascinantes textos de John Cage, adentrarme en el tantrismo (fabuleux, le tantrisme, ces sages mallarméens bien avant la lettre...) y tratar de entender mejor las etapas del arte indio y musulmán. Estoy flaco, quemado, con un pelo de yogi, y no estoy contento: Cuba y nuestros países siguen mordiéndome las paredes del estómago, murmurándome algo que no sé bien lo que es pero que está ahí, como una llamada o un reproche.

Gracias por mandarle a Paul mi carta. Que mi soneto te parezca imponderable me llena de satisfacción. Ahora trabajo en ejercicios de poesía sustituible o sustitutiva, inspirado por John Cage y unos pájaros que aquí en el jardín vuelan siempre en grupos de siete y forman increíbles constelaciones de formas y sonidos. Te mandaré unas líneas en cours de voyage. Abrazos a todos, y para vos el afecto de Aurora y todo el de

Julio

domingo, junio 06, 2010

Rock in Río Madrid: música + mktg + biz = El público como cabeza de cartel

Bienvenidos al gran circo del rock
En El País

Arranca el gigante de Rock in Rio con las actuaciones de Bon Jovi, Pereza, Macaco y 49.000 personas entre el público de este parque temático de la música



Bon Jovi



El escenario principal


Frente a la gran máxima del arquitecto Mies Van Der Rohe, aquel menos es más, su colega Robert Venturi espoleó años más tarde a una modernidad moribunda con su provocadora respuesta: menos es más aburrido (en inglés la broma sonaba mejor). El eslogan nació para proteger la dignidad del gran invento del siglo del entretenimiento: Las Vegas. Y la verdad es que explica bastante bien la naturaleza de Rock in Rio, un festival musical con una vocación irrefrenable de traspasar lo superlativo. Más público, más presupuesto, más marcas, más estrellas... La construcción de los sueños en medio de la nada (en este caso, a 22 kilómetros de Madrid, en terrenos del Ayuntamiento de Arganda del Rey) volvió a ponerse en marcha el viernes por la noche.

Justo a las 19.15 se abrieron las puertas y centenares de chavales que llevaban tostándose al sol todo el día galoparon por la enorme pradera de césped artificial para coger sitio al precio que fuera en la primera fila del escenario principal. Objetivo: tener cerca a Jon Bon Jovi. Ahí que se quedaron hasta las 00.30, cuando los amos del rock de melenita lacia, suavizante y cuidadas mechas (quizá algo tenga que ver que el padre del líder de la banda fuera peluquero) se subieron al escenario Mundo, un gigantesco artefacto de 98 metros de ancho y 28 de alto para arrasar con un repertorio de 20 temas.

Porque estos chicos han nacido para el espectáculo. Ellos mismos se declaran una máquina de gira. Así que a lo suyo desde el principio. Una canción tras otra, tan bien enlazadas que a uno poco dado a su repertorio podía parecerle la misma. A Jon Bon Jovi, con el típico chaleco negro, no se le borró la sonrisa hasta el final del concierto. Arrancaron con Blood on Blood y terminaron con Livin' on a prayer, su gran himno intergeneracional y carne suculenta de karaoke, que es, básicamente en lo que convirtieron al auditorio de 49.000 personas antes de marcharse con una batalla bajo el brazo que tenían ganada de antemano.

Personalismos aparte, el cartel no admite discusión. Puede gustar más a unos que a otros, pero es lo que quería la gente. Porque Roberto Medina, el director e inventor del evento que el viernes se paseaba por el festival, hizo un sondeo y contrató a los que le pidieron los encuestados. Falló AC/DC, lo más solicitado en rock, pero están Metallica o Motörhead. Y en pop, no solo estará Shakira hoy moviendo sus caderas (la número 1, según la encuesta), sino que la colombiana se batirá en duelo con Rihanna. Así funciona el festival del pueblo: no es una cuestión de gusto, el asunto es la comunicación y la marca. Porque aquí el cliente siempre tiene la razón. Y el cliente (el festival ha tenido 4,6 millones en sus 25 años) ya le dijo a Medina que quería ver como fuera a los viejos rockeros. A los que llenan estadios como Bon Jovi.

Sobre las mismas tablas, antes que los señores de Nueva Jersey, tocaron Macaco y Pereza. El primero se empleó a fondo con sus consignas buenrollistas (tuvo algún momento un tanto Zoolander) e hizo bailar a los primeros signos de multitud de la noche con mediáticos temas como Moving. Pero aquello todavía no arrancaba. Los segundos, rockeros de raza, tiraron de un repertorio especial con un sonido de tintes stonianos para aprovechar el monumental equipo de sonido del escenario. Para los bises se subieron al escenario a Ariel Rot y a Carlos Tarque. El público enloqueció y todo aquello cogió por fin la forma de lo que uno imagina que debe ser una bestia como Rock in Rio.

Pero el festival lo habían inaugurado los mexicanos Zoé acompañados de la talentosa Anni B. Sweet, quizá lo más indie que pase por Rock in Rio. Ella hace lo que quiere con la voz y ellos tienen un directo que ya querrían muchos. Producidos por Phil Vinall (Placebo, Elastica o Pulp), algunos dicen que suenan a Radiohead con tintes a Joy Division. Tocaron en el esenario Sunset, justo en uno de los extremos del recinto de 200.000 metros cuadrados donde se ha construido este parque de atracciones musical (con noria, tirolina y centro comercial incluidos).

Hace 25 años, la primera vez que Medina le dio al interruptor de la criatura, 1.300.000 personas desfilaron por el festival. En su segunda edición española, según las previsiones, serán 300.000 en cinco días. El viernes, echando mano de las cifras oficiales y cierto voluntarismo, rondaron los 49.000. Un modelo de negocio en el que se han invertido 27 millones de euros y que genera 3.000 empleos directos y 12.000 indirectos. Un parque temático itinerante que ha vuelto a darle a la gente ni más ni menos que lo que había pedido.

Rock in Río Madrid: algo de historia

Cuando el tamaño importa (en el rock)
En El País

Cuentan que Paul McCartney, vegetariano militante, pidió que mientras actuaba en Rock in Rio en Lisboa no se sirviera carne en un kilómetro a la redonda del escenario. "Es verdad", confirma Roberto Medina, el fundador y director del certamen. ¿Y qué hicieron? "Le dijimos que en el recinto del festival se podía intentar, pero que un kilómetro a la redonda iba mucho más allá y que no íbamos a ir bar por bar y restaurante por restaurante prohibiendo servir carne", explica, haciendo ese gesto universal agitando los dedos de una mano que significa "¿qué se cree?".


Amy Winehouse dio uno de los mejores
conciertos del primer Rock in Rio Madrid,
en junio de 2008.


Aquella actuación fue en el año 2004. Se trataba de la primera vez que la marca Rock in Rio abandonaba su país de origen y se movía al otro lado del Atlántico. El pasado fin de semana se celebró la cuarta edición portuguesa, y el viernes comienza la segunda de Rock in Rio Madrid, dos años después de la primera en el mismo lugar, un elefantiásico recinto llamado Ciudad del Rock, construido ex profeso en Arganda del Rey, a 22 kilómetros de la capital.

En enero se cumplió el 25º aniversario del primer Rock in Rio, aquel que se celebró en la Barra de Tijuca, en Rio de Janeiro, en enero de 1985. "No había nada, tuvimos que inventarlo todo", recuerda Medina en su oficina de Madrid. Narra con todo detalle cómo creó una estructura de tuberías subterráneas que bombeaban cerveza desde camiones cisterna hasta las barras. O cómo diseñó la distribución de las luces. "Creé una estructura potentísima llamada 'estructura monumental' para iluminar la platea. Pensaba en la televisión. Les dije: 'Lo que pasa en el escenario ya lo enfocan los equipos de vídeo de los grupos, las imágenes que vais a conseguir ahí son la misma mierda de todos los conciertos. Lo que pasa abajo es lo que es único, 250.000 personas cantando con Freddy Mercury. Eso es lo que hay que iluminar".

Su forma de ver el festival es muy distinta a la de los promotores míticos. No se vende como el joven ingenuo Elliot Tiber, al que un sueño, Woodstock, se le fue de las manos. No es Michael Eavis, un ex hippy que aún dirige Glastonbury desde la cocina de su granja. Él es un productor, un logista, un publicista, un hombre de negocios. "Los festivales del mundo, todos, están hechos por promotores. Contratan a grupos y venden entradas. Yo he hecho un proyecto de comunicación que tiene bandas, que también vende entradas, pero su recaudación, el 55%, procede de las marcas. Cuando los tiques se ponen a la venta, una parte importante está ya pagada".

Es una diferencia básica. En su biografía, que no casualmente se titula El vendedor de sueños, narra el hecho fundacional de la dinastía. Abraham Medina, su padre, al que admira profundamente, era dueño de la cadena de electrodomésticos más grande de Brasil. En 1959 decidió adelantarse a los competidores comercializando uno nuevo: el televisor. Compró miles de aparatos y lanzó una campaña para colocarlos en todos los hogares del país. Pero no funcionó. Los aparatos acumulaban polvo en un almacén. Abraham analizó el problema y llegó a una conclusión: si no se vendían era porque no había nada que ver. Su solución, crear una productora que elaborara contenidos para las cadenas. Su producto, Noite de gala, un programa espectacular con una orquesta sinfónica dirigida por Tom Jobim y especializada en traer a grandes nombres internacionales del espectáculo. Funcionó.

Algo así es Rock in Rio. Un festival, pero también un espectáculo familiar de sábado por la noche. Es un fenómeno tan único que resulta confuso. Dónde situar un concepto en el que, como ocurrirá en Madrid, cabe Miley Cyrus, el fenómeno de fans más prefabricado del momento, y Motorhëad, el grupo de rock and roll más real que ha visto jamás el planeta. Cómo valorar un lugar tan excéntrico que las estrellas del anticapitalismo como Rage Against The Machine actúan entre centros comerciales y pases de moda. "No es para un nicho, quiero que sea para todas las tribus. Para todo el mundo, padres e hijos. Claro que es un modelo distinto. Por supuesto que es comercial. Todo lo es en este mundo. Mi propuesta es que sea cómodo para jóvenes y mayores. Con el mejor sonido, el mejor escenario. Tiene que ser comercial. No tengo nada contra modelos distintos como el FiB, pero este es el mío".

Tampoco oculta que la pata española de su marca es la que más quebraderos de cabeza le da. Cuando decidió montar aquí el festival, se mudó a la capital. Y en Madrid vive hace tres años. "Es la única manera de conocer el sitio. Moverte por las calles, conocer a la gente. Reconozco que hubo un momento en que estuve a punto de dejarlo. Tenía casi sesenta años. No tenía por qué pelear tanto. Pero me gustan los retos y recordé la primera vez.

Según cuenta, a mediados de los ochenta, con treinta y tantos años y una posición holgada, decidió hacer algo por su ciudad y su país que salían de veinte años de una oscura dictadura militar. "Quería hacer algo alegre para los jóvenes". En su camino se cruzó una marca de cervezas que quería renovar su imagen. Él, que no rehúye términos como visionario para definirse, les propuso hacer un festival de rock. Pero no uno cualquiera: el más grande del mundo. "Yo no sabía la poca tradición de traer grupos que había en Brasil. Ni que eso tenía importancia. Yo pensaba que si tenías patrocinador, pagabas un caché y hecho. Pero hice presentaciones en Nueva York para los agentes de 70 grupos y conseguí 70 noes".

Su única experiencia había sido llevar a Frank Sinatra a una serie de multitudinarios shows a Río. Al final recurrió al agente de la estrella. "Le dije que me encontraba en una situación difícil. Sólo quería que la prensa me escuchara". Le echaron una mano para convocar una rueda de prensa. Gracias a la cobertura, asegura, "al cabo de dos días los agentes hacían cola". El primero en firmar fue Ozzy Osbourne. El ex cantante de Black Sabbath era el rockero con peor reputación del mundo. La leyenda decía que cada noche decapitaba a un murciélago con la boca en el escenario. "Yo no sabía si era verdad, pero se lo prohibí por contrato… por si acaso". En su segundo concierto en Rock in Rio, alguien arrojó al escenario una gallina. "Se rió, pero no la mordió", cuenta Medina.

Todo era nuevo y excitante, recuerda un cuarto de siglo después. Y problemático. "Queríamos contar con AC/DC como fuera, pero había un problema. Ellos viajaban a todas partes con una campana de metal que pesaba tonelada y media, para dar un único gong. Llevarla hasta Brasil costaba una fortuna". Medina intentó por todos los medios convencer a los australianos de que no trajeran aquel cachivache. Pero no hubo manera. Sin campana no había banda. "Al final transigí. Se trajo, se montó y sonó. Años después, el jefe de tramoyistas me confesó que descubrieron que era imposible que el escenario aguantara su peso. Así que lo que vimos fue una reproducción en escayola y el sonido estaba grabado. Pero en aquel momento nadie se atrevió a contármelo".

Con el tiempo, esa primera edición de Rock in Rio
ha entrado en la mitología de las grandes cifras. Fueron nueve noches y 1.300.000 asistentes. En 1991 hubo segunda edición. Pero ya era algo más pequeño. No se celebró en la Ciudad del Rock, sino en el estadio de Maracaná. Los cabezas de cartel fueron Guns N' Roses, Judas Priest, Megadeth, George Michael y Prince. "Prince pidió a última hora 300 toallas blancas en el camerino. Teníamos 30, era festivo, estaba todo cerrado y no sabíamos qué hacer. Al final mandamos a nuestra gente a los hoteles a comprar toallas al precio que fuera. Lo conseguimos. Y el muy… sólo usó tres", recuerda Medina.

Habría una tercera en 2001. R.E.M., 'N Sync, Oasis, Iron Maiden, Neil Young, Red Hot Chili Peppers y Guns N' Roses. Estos últimos traían una nueva formación que incluía a Nick Oliveri, un músico salido de las filas de Queens Of The Stone Age. Apareció en el escenario desnudo. Fue detenido por escándalo público y puesto después en libertad.

Resulta curioso que una banda como los Guns N' Roses repitiera. Problemática y dada a hundir por capricho cualquier planificación previa, no encaja en un certamen que presume de tenerlo todo medido al milímetro. El mismo Medina cuenta cómo antes de la primera edición, cuando le dijeron que en los festivales de rock los horarios eran simplemente una referencia y que nunca se cumplían, reunió en una cena a las estrellas y les advirtió de que un retraso de más de cinco minutos significaría no cobrar. "Yo me guío por encuestas. Pregunto quién quiere ver el público y con los resultados hago una lista. Y voy a por el primero. Si es Guns N' Roses, mala suerte para mí. Pero creo que es lo más democrático. Yo no monto el festival para mí, sino para el público".

Para la edición española de este año hizo sus encuestas. En rock le falló el primero: AC/DC, pero consiguió al segundo, Metallica. En pop, la más solicitada era Shakira. Cuando la consiguió, fue a por la segunda, la caribeña Rihanna, y también la ha logrado. "A día de hoy, 4.600.000 personas han ido a algún Rock in Rio. Creo que en la edición española de este año conseguiremos llegar a los cinco millones. Y lo que más me enorgullece es que no hemos tenido ni un solo incidente, ni uno".

jueves, junio 03, 2010

Si lo dice Jobs, al menos habrá que escucharlo...

En La Nación

La era de las PC llega a su fin, según Steve Jobs

El fundador de Apple cree que los usuarios tendrán una relación más estrecha con los contenidos e Internet con nuevos dispositivos, y que los actuales equipos estarán limitados a tareas complejas como la edición de imágenes y video

En el marco del ciclo de entrevistas del evento D8, organizado por el blog All Things Digital, Steve Jobs, el máximo responsable de Apple, respondió diversos temas que giraron en las últimas semanas en torno a la compañía de Cupertino, como los conflictos con Adobe por la ausencia de la tecnología Flash en el iPhone, o los recientes suicidios en las instalaciones de la empresa taiwanesa que fabrica los dispositivos de la compañía.

Asimismo, señaló que la era de las computadoras personales está llegando a su fin. Es incómodo pensar en ello, a pesar de hablar todo el tiempo al respecto, dijo Jobs. Cree que dispositivos como la iPad permitirán que los usuarios tengan una relación más estrecha con los contenidos e Internet. Asimismo, considera que los actuales equipos estarán limitados a tareas complejas, tales como la edición de video e imágenes.

De cierta forma, la decisión de optar por HTML5 como tecnología para reproducir video, por encima de Flash, apunta hacia dicha dirección, y en base a esta decisión el fundador de Apple estableció una analogía sobre los cambios que adoptó la compañía en su momento, cuando Apple dejó de incorporar la disquetera en sus computadoras de escritorio en 1998, y la apuesta por los puertos USB.

A veces, cuando nos deshacemos de algunas cosas, la gente nos dice que estamos locos, dijo Jobs, al tratar de exponer el último conflicto con Adobe. Apple no es una compañía que dispone de todos los recursos del mundo, y por eso tratamos de optar por la tecnología que más futuro tiene. Flash tuvo sus días, pero HTML5 es una opción emergente, que no requiere de programas adicionales y se ve muy bien, dijo el ejecutivo.

Microsoft, Google y la competencia

Nosotros nunca vimos una guerra con la plataforma de Microsoft, sólo nos interesaba crear buenos productos
, dijo el máximo responsable de Apple al ser consultado sobre la competencia histórica de la compañía, que data desde sus inicios en la década del 80.

Sobre Google, Jobs confirmó que el buscador web seguirá presente en el sistema operativo OS de sus dispositivos portátiles, y que no habrá acuerdo alguno con el servicio Bing, de Microsoft. A su vez, dijo que Apple no compite con la compañía con sede en Mountain View, California.


Steve Jobs durante el evento D8, durante la entrevista que le realizaron los periodistas Walt Mossberg y Kara Swisher
Foto: Gentileza All Things Digital


Ellos están compitiendo con nosotros. Google ingresó al mercado de la telefonía móvil, mientras que nosotros no ofrecemos un servicio de búsquedas web, y descartó que Apple muestre interés alguno por dicha área.

También tuvo un espacio para hablar de la última creación de Apple. A la gente le encanta la iPad, vendemos un equipo cada tres segundos, y agregó que el concepto del dispositivo es anterior al iPhone, pero decidió enfocar el desarrollo de un teléfono celular porque el mercado era mucho más grande.

Sobre los suicidios de trabajadores chinos


Foxconn no es una empresa explotadora. Tienen restaurantes, piscinas. Para ser una fábrica, es muy agradable
, dijo el ejecutivo respecto a la subsidiaria de Hon Hai, que manufactura los dispositivos de la compañía californiana.

Sin embargo, expresó su preocupación ante los suicidios de los empleados de la compañía taiwanesa. Es una situación difícil. Estamos intentando entenderlo, antes de seguir adelante y decir que conocemos la solución, agregó.

Ante este panorama, Hon Hai Precision Industry, dueña de Foxconn, dijo que los sueldos subirán alrededor de un 30 por ciento de inmediato, por encima de la subida del 20 por ciento que había anunciado el mes pasado. El aumento de sueldo es un reflejo de la subida de precios en China, dijo la compañía taiwanesa, y que espera ganarse así el respeto de los trabajadores y que se eleve de este modo su nivel de eficiencia.

martes, enero 19, 2010

Deutsch Grammophon lidera el mercado digital en plena crisis y con nada menos que 111 años de vida...

Para los que, como yo, sus colecciones siempre fueron algo importante.

Aquí

Una curiosidad? "His Master Choice" ("La Voz de su Amo") y el perro escuchando el gramófono no fue originalmente de RCA. Deutsche Grammophon perdió los derechos sobre la marca (patentada por Emile Berliner, su fundador en 1900, quien también patentó el gramófono y el vinilo) como parte de los términos de la rendición alemana en la 2da. guerra mundial...

miércoles, enero 23, 2008

porque si

porque siempre me gustó
porque cuando vi este reportaje escuché muchas cosas que no voy a explicar cuales ni por qué ni que pasó
o sea, porque me da la gana

martes, noviembre 06, 2007

Babelia

Hay veces que Babelia medio como que aburre. Pero el del sábado pasado, es para guardarlo.



Para empezar, una tontería: cuento inédito de Cortázar. "Ciao, Verona". Casi nada. Que además de ser bueno, cierra el círculo de otro anterior muy enigmático, "Las caras de la medalla". Dice en una carta:
"En 'Alguien anda por ahí' [libro] hay amargos pedazos de mi vida, por ejemplo 'Las caras de la medalla', cuya historia siguió y terminó en otro cuento muy largo que escribí hace meses y que entrará en otro libro, si libro hay; se llama 'Ciao, Verona', y fue tan duro de escribir como el otro".
No fue incluido en los dos únicos libros de relatos que editó con posterioridad, así que permaneció inédito hasta ahora. Y tres artículos más sobre el autor.

Dos historias fuertes, brillantes y tristes:






Una, "el mito trágico", Jacqueline du Pré...




















... otra, "fama e infamia, talento y tragedia", Jaco Pastorius.














Ambas reveladoras, dentro de lo que ya se sabía.

Antonio Muñoz Molina escribe sobre Bruno Schultz. Me dejó pensando.

"El arte de la guerra", pero no Sun Tzu sino una muy buena nota sobre el papel del fotoperiodismo hoy y siempre, otra sobre una nueva generación de ilustradores de moda y, buenísimo, un debate sobre la propiedad intelectual de la creación... el corpus mysticum y el corpus mechanicum de una obra.

No tienen pérdida tampoco "Escribir en la oscuridad", sobre las maneras de narrar de los escritores de cine; "Para crear y mirar" sobre la movida alternativa de Lisboa y, sobre todo "El oro de la memoria", de Manuel Vicent, acerca de Lampedusa y su gran "Il Gattopardo".

Y más.

Sigo Babelia desde siempre pero esta vez (y no siempre es así) no tiene desperdicio.

Si queréis disfrutadlo está aquí. No todo, pero gran parte. Y, obvio, también hay más que en la edición impresa.

martes, octubre 30, 2007

"La cultura no nos protege de nada. Los nazis son la prueba"




Pues que queréis que os diga...
Cada uno es libre de forjarse su propia opinión acerca de Jonathan Littell. Ahora bien, creo que coincidiremos varios que de humilde, nada... en realidad, ni falta que le hace. Pero me preocupa poco su perfil aunque es inevitable relacionar perfi y personalidad de un escritor con su obra; más de una vez descartamos e ignoramos obras que valen la pena por no gustarnos el autor no en lo literario sino en lo personal o vital. Por eso a veces intento leer sin saber nada acerca de quien lo escribió aunque, obvio, es harto difícil. Llegamos a los libros ( yo al menos) por las críticas, reseñas, biografías de sus autores, al hojearlos en un librería y siempre involucramos al autor en nuestra percepción. Con la música no me sucede de forma tan marcada, es como que separo más obra/ compositor/ interpretación.

Aclaro que no tengo nada en contra de Littell. Es más, su postura pseudo-rebelde/ nihilista/ voy contra el sistema ( que no deja de ser una postura que también vende, aunque probablemente él se la crea) hasta me cae algo simpática.

Volviendo a lo que nos ocupa. Con motivo de la publicación esta semana en España de "Las Benévolas" ( "Les Bienveillantes") El País, en su suplemento Babelia, publicó el sábado pasado el siguiente reportaje que le hizo Jesús Ruiz Mantilla. "Un libro impresionante..." dijo Vargas Llosa, o "Es una de las grandes novelas de los últimos 50 años, el acontecimiento del siglo" según Semprún ( curioso, el siglo acaba de comenzar...).

Premio Goncourt de 2006 y el Grand prix du roman de l'Académie française de ese mismo año. No quería el Goncourt, trató de evitarlo y no fue a recogerlo. Pero le vino bien no solo por el dinero ( que según dice "...está bien, es otra cosa", cuenta que se pudo ir a vivir a Barcelona gracias a ello antes de lo que tenía previsto y que "Tampoco escribí este libro para ganar dinero...") sino también porque gracias a esta novela consigue también en 2007 la nacionalidad francesa por su "contribución a la brillantez de Francia" tras dos intentos infructuosos en 2006. Eso se llama literatura de utilidad para el autor...

Pues nada. A buscarlo y a leerlo.




Una novela de casi mil páginas sobre un asesino nazi se ha convertido en el libro del año en Europa. Jonathan Littell asegura que con Las benévolas quiso responder a una cuestión: la naturaleza del crimen de Estado.

Hay que ser muy chulo para marcarse un libro de casi mil páginas sobre algo tan recurrente como el nazismo o el Holocausto, ganar el Premio Goncourt y ni molestarse en ir a recogerlo. Hace falta andar muy sobrado para conseguir las bendiciones de los popes de la literatura mundial como un salvador de la novela y después venir a decir que no sabe si volverá a escribir otra. Pero así es Jonathan Littell, un autor raro y controvertido, un tipo que manifiesta cierto aire de superioridad si se le insiste en algo que le molesta; que es políglota y nómada, entre nihilista y revolucionario -trabajó en ONG en Rusia y Chechenia-; que parece claramente desubicado en este periodo de la historia, amante de la cultura griega y de la música antigua; que nació en Estados Unidos (Nueva York, 1967), pero escribe en francés, su otra lengua madre: la de un país al que fue a caer con tres años y del que ha acabado escapando también para refugiarse desde hace un año en Barcelona. Por su nueva ciudad pretende que le dejen tranquilo, que nadie salga en su busca, esconderse de todo el ruido mundial que ha terminado armando Las benévolas (RBA en castellano. Quaderns Crema en catalán), una vasta y magistral novela que se adentra en el corazón de todas las tinieblas de la mano de Maximilian Aue, un verdugo nazi encargado de exterminar sin miramientos todo lo que se le ponga por delante. En Francia fue el libro del año la pasada temporada. A medida que aparecen las traducciones en los más de 20 países que han comprado sus derechos, sigue creando auténtico asombro por su ambición, por su contundencia, por cómo consigue desmontar tópicos y despojarnos de incertidumbres que nos dejan todavía más desnudos y sin respuestas ante el horror. La semana próxima se publica en España.

PREGUNTA. Se le podría describir a usted como todo un renegado.

RESPUESTA. ¿Cómo dice?

P. Para entendernos, renegado puede ser algo aplicable a quien se niega a escribir en su lengua materna, por ejemplo.

R. Bueno, el francés es como si lo fuera también. Me eduqué allí.

P. Es bilingüe desde niño entonces.

R. Sí, sí.

P. Pero lo ha elegido como idioma de expresión literaria y eso ya es algo. ¿Por qué?

R. Quién sabe. Yo no lo puedo explicar más allá de porque me gusta.

P. ¿Le gusta o es un compromiso estético?


R. Bueno, tengo una relación especial con la tradición literaria francesa, pero con la estadounidense también. Uno de mis escritores de referencia es Herman Melville. No es algo exclusivo. Mi ruso también es bueno, pero no escribiré en ruso.

P. ¿Por qué ha escrito una novela sobre el nazismo si es algo sobre lo que se ha insistido tanto?

R. Bueno, sí, se ha escrito mucho. Pero eso no significa que se hayan respondido todas las preguntas. Aquí, en Las benévolas, el tema es el verdugo, el asesino, sobre el que también se ha escrito, pero yo he querido acercarme a ello desde un punto de vista diferente, con otra perspectiva. Y la cuestión sigue sin contar con respuestas adecuadas. Me fascina el tema del verdugo en general, más en el mundo nazi. Ahí se puede estudiar a fondo, hay mucho material, documentos, unos a disposición de los alemanes, otros que lo han estado a mano de los soviéticos... Por eso lo situé en ese periodo. No quería centrarlo en una época actual, más contemporánea. Se podría, pero...

P. Además, se adentra usted, efectivamente, en la campaña rusa, que es lo más parecido al Apocalipsis que ha conocido la historia de la humanidad.

R. Cierto. Lo que fue el gran meollo de la guerra ocurrió en el Este. Yo, que me crié en Francia, sé que se le ha dado mucha importancia a la ocupación, la Resistencia y todo eso, pero no deja de ser poco más que un escaparate frente a lo que fue el enfrentamiento entre los soviéticos y los alemanes. Eso fue la esencia de la guerra.

P. Sin embargo, para la novela, Rusia cumple el cometido de escenario también porque se sitúa ahí, pero le sirve para abordar lo que fue por entero un fenómeno como el nazismo.

R. Ése era el objetivo, no sé si lo he logrado o no, pero lo he intentado.

P. Una de las cosas que más impactan del libro es que la filosofía, la ideología nazi, su manera de concebir el mundo estaba cimentada en bases culturales muy fuertes. Lo demuestra Max, el protagonista.

R. Algunos historiadores no estarían de acuerdo con eso.

P. Sí, pero más con usted, que en su libro lo desmenuza perfectamente.

R. Ya, es que he sido criticado precisamente por ello.

P. Está claro que las conclusiones a las que llegaron fueron salvajes, pero las bases eran muy fuertes.

R. Si usted lo dice, ¿qué puedo añadir? No debería comentar el resultado. Hay muchas opiniones, yo tengo la mía, pero, en fin. No voy a ser yo quien juzgue. He intentado, desde luego, adentrarme en las bases de su ideología, he leído muchísimo sobre esto, pero tampoco todo, ni en alemán. Por ejemplo, fui incapaz de terminar Mi lucha. Creo que comprendo el sentido de muchos aspectos de su ideología, pero hay muchos otros que no conozco. Los más emocionales son los que me resultan más ajenos, por ejemplo.

P. Ya, lo que le digo es que esa aproximación sorprende, me parece muy novedosa y atrevida en una novela.

R. Desde muy joven, recuerdo que parecía algo más o menos refrendado que el comunismo ha sido una ideología más seria que el fascismo. Que tenía su propia racionalidad, su sentido interno y nadie se tomaba demasiado en serio a los nazis. Cuando me puse a investigarlo, me di cuenta de que su ideario también se basaba en raíces sólidas. Sus diferencias con el fascismo, su pensamiento económico, todo eso es complejo. Me pareció que era una visión del mundo muy construida, que no sólo se reducía a lo que un loco vociferaba por la radio, aunque eso también funcionara.

P. ¿Se ha pecado de un desprecio y una minusvaloración ligera del enemigo en ese aspecto?

R. Tampoco. Hay que prestar atención a lo que los intelectuales de la época pensaban, sin ir más lejos. Los franceses, por ejemplo. En los años treinta, el estalinismo ya había eliminado a millones de personas, mientras que los nazis iban por unos miles de víctimas. Así que hacia el año 1937, Hitler parecía hasta una opción válida para muchos, eso sin entrar en factores de clase social. Si pertenecías a una familia acomodada, lo más probable es que te aliaras a la derecha y si no, a la izquierda, siempre con excepciones. Supongo que en España, lo mismo. En ese momento, con esa situación, el nazismo era una opción que después perdió todo crédito por los resultados. También debía haber caído el comunismo entonces, pero como ganaron la guerra, pudieron sobrevivir casi cincuenta años más.

P. Una de las conclusiones que se pueden sacar en este aspecto es que no podemos sentirnos seguros ni siquiera acorazados por la cultura.

R. Desde luego. Sólo los ingenuos pueden creer que la cultura te ayudará a ser majo.

P. ¿Ni eso nos vale?

R. La cultura no nos protege de nada. Los nazis son la prueba. Puedes sentir una admiración profunda por Beethoven o Mozart y leer el Fausto, de Goethe, y ser una mierda de ser humano. No hay conexión directa entre la cultura con C mayúscula y tus opciones políticas.

P. O éticas...

R. Eso mismo. Lo que trato de mostrar, de todas formas, con un personaje como Max es que también, en un periodo de la historia, aliarse con los nazis, para muchos, fue una opción ética. No es que eligieran ponerse de parte de los malos. Igual que los comunistas, optabas por una cosa u otra. Ser un demócrata, también. Incluso ahora, que ser un demócrata supone formar parte de un lado que a veces ampara cosas horribles, que tiene sus errores. Los que eligieron a los nazis, lo hicieron siendo conscientes de que tomaban un camino para ellos ético, cuyos errores o imperfecciones debían ser mejorados.

P. Pero todo aquel fracaso, aquel derrumbe ideológico nos ha hecho mucho más vulnerables, inseguros, nos ha dejado desnudos.


R. Así es la vida.

P. ¿Quería probar en su libro que no queda nada a lo que aferrarse después de aquello?

R. No soy un relativista.

P. Ah, no.


R. De ninguna manera. Mi trabajo lo que pretende es ayudar a comprender mejor las decisiones que cada uno tomamos y por qué las tomamos. Yo tengo las mías, mi propia ética, y no creo que ya sólo dispongamos de dos. Si tienes suerte, eliges las más decentes, incluso en tiempos difíciles podemos optar por cosas adecuadas, que eso es lo difícil. Hoy prácticamente nadie cuestiona el valor ético del capitalismo o la democracia y mira que hay cosas que se pueden cuestionar. Lo que me gustaría que aportara este libro es que hoy existen caminos éticos que se pueden seguir gracias a lecciones como aquélla. Aunque también ocurre que muchos chicos y chicas de cualquier Estado americano eligen marcharse a Irak a torturar gente. Éticamente están muy confundidos, está claro. Pero se puede entender esta confusión cuando existen juristas que en ese país legitiman la tortura, ¿qué puedes esperar? Cuando se les da una formación militar con arreglo a eso, ¿qué esperas? Si se pasan de la raya, ¿qué importa? O cuando contratas mercenarios para hacer el trabajo sucio, pues no deberían sorprendernos según qué atrocidades. No hay reglas. El problema es que las barreras que nos ponen no son sociales. No puedes esperar que alguien no te torture porque sea un buen tipo y se apiade, debes exigir que nadie torture a nadie, sencillamente porque existen leyes que lo prohíben y que eso se castigue.

P. El caso es que contra el relativismo tampoco vamos a resucitar un absolutismo de blancos y negros. ¿Cuál es la salida?


R. Cuando Dios desaparece, se nos presenta un dilema. Los valores deben referirse a algo, deben venir de algún lugar. En un mundo sin Dios, era difícil implantar un sistema ético y moral. Las ideologías vinieron a hacerlo, a reemplazarlo, pero también fracasaron, así que ahora no tenemos nada. Y los iPod no van a construirlo. Ni la venta y la compra o la publicidad. Estos valores en los que estamos del consumismo, el ganar dinero, no son nada. Nuestra sociedad se desliza por la memoria que le queda de haber formado parte de los buenos. Vive de los restos.

P. Y cuando dice que nos deslizamos, ¿ni siquiera usted confiesa contar con una sólida moral?


R. No digo que yo no la tenga, creo que la sociedad carece de eso.

P. En Estados Unidos, ahora hay más predicadores que nunca en la tele. ¿De dónde salen?

R. Mientras Estados Unidos retrocede hacia la religión, Europa regresa al nacionalismo, a las políticas de identidad. Cataluña es un buen ejemplo, los vascos, los belgas. Incluso los franceses, con ese Ministerio de Inmigración e Identidad nacional que ha creado el nuevo Gobierno. Hay crispación con los valores de identidad, lo que me parece muy negativo. Por otra parte, los intentos de construir ideologías positivas se basan en el ecologismo, la antiglobalización, son muy infantiles, inmaduras.

P. ¿Lo que se ha dado en llamar buenismo?

R. No es que se basen en eso, hay críticos, como Chomsky, muy brillantes. Tampoco digo que haya que crear una nueva ideología; simplemente, que si existe la posibilidad de que emerjan nuevos valores, basados en el respeto por los seres humanos y por este mundo, bienvenidos sean.

P. Pero la batalla ideológica sigue en pie. Más dulcificada, pero sigue en pie. Y en eso, los neocon, que serían la extrema derecha de nuestros días, parecen contar con ventajas.


R. Los neocon están acabados. En Estados Unidos, sin duda, les queda un asalto.

P. ¿Bush ha arrasado con todo, incluso con lo suyo?

R. Sí, si lo miramos bien, ¿qué son los neocon? Son gente que intentaron asaltar el poder ya con Nixon, Reagan y Bush padre y fracasaron porque nadie los tomaba en serio. Con Bush hijo lograron implantarse y su gestión ha sido un fracaso estrepitoso. Ya está, se acabó, fuera. Han fracasado.

P. Bueno, lo intentaron hace años, no lo lograron, pero con el tiempo sí. ¿Quién le dice que ahora no existen otros más radicales que alcanzarán el poder en unos años?

R. Entonces no les admitían por radicales. Reagan y Bush eran muy de derechas, pero no tanto como los Richard Pearl, Cheney o Rumsfeld y Wolfowitz. Por eso tampoco Bush ha contado con la gente de su padre. Bush Jr y Rove lograron una alianza en el Partido Republicano entre los neocon, los fundamentalistas religiosos y los liberales. Incluso los fundamentalistas y los neocon son diferentes. A los primeros lo que les interesa son comportamientos culturales, abortos, moral, y les da igual invadir países o la política exterior. Eso son planteamientos neocon y son los que han fracasado totalmente. La han jodido, se han ido al carajo y han dejado al país mucho peor de lo que lo encontraron. La cuestión para ellos es cómo salirse de Irak o Afganistán lo antes posible.

P. Ya, ya, pero, ¿quién le dice que no volverán?

R. Sí, aunque lo que la gente teme ahora es a los fundamentalistas religiosos. Los neocon eran un puñado de universitarios que no representaban a nadie, los otros han tejido toda una red de poder, con mucho dinero, son peligrosos de verdad. Gente que promueve ejércitos privados, uso de armas, esos sí que tienen peligro.

P. ¿Son lo más parecido a un nazi entre lo que se puede encontrar en estos tiempos?

R. No me gusta comparar, es algo diferente. No digo que un buen día no den un golpe de Estado. Lo que alientan son gente armada hasta los dientes que para un demócrata pueden llegar a resultar molestos. Dan miedo los ejércitos privados, ya he tenido experiencias con ellos en sitios como Chechenia.

P. Usted ha pasado parte de su vida en Rusia.

R. Sí, cinco años. Dos años en Chechenia y el resto en Moscú.

P. ¿Cree que el foco sobre Rusia se ha descuidado y que han ocurrido cosas graves por allí mientras el mundo miraba a otra parte?


R. Rusia, definitivamente, se ha convertido en un Estado fascista. Es evidente. La ideología oficial es racista hasta los huesos.

P. ¿Qué se podía esperar de un dirigente del KGB como Putin?

R. Ya, aunque no creo que esta situación pueda perpetuarse, es muy débil. Una salida para Rusia es posible, éste es como el último aliento del sistema anterior y pueden perder el control hasta el punto de que surja algo interesante. Los rusos demócratas no están del todo desesperados, ven que merece la pena porque algo se puede hacer.

P. Ya pero, mientras tanto, todo el panorama da mucho miedo.

R. Claro, Rusia es un país terrorífico. Tengo un amigo íntimo árabe que vive allí al que le han dado unas puñaladas mientras iba a su apartamento en Moscú. Es horrible.

P. ¿Usted llegó a tener problemas con las autoridades?

R. En Chechenia, constantemente. Y eso que terminé allí mi labor en 2001, cuando todavía no había tanto conflicto.

P. ¿Qué hacía?

R. Trabajar para una ONG. Acción contra el Hambre.

P. Cuando terminó, ¿dónde fue?


R. Trabajé sobre el terreno unos cuantos años y después decidí dejarlo para, por ejemplo, escribir este libro.

P. ¿Cuánto tiempo le llevó? Aunque es uno de esos libros que se escriben en la cabeza a lo largo de una vida.

R. En fin, me lo han preguntado 20 veces, así que lo sabrá.

P. Ya, pero cuéntelo.

R. Pues pasé muchos años meditándolo, y me llevó unos cinco años trabajar a fondo en él, incluyendo la investigación, la escritura, la corrección... La escritura en sí duró poco.

P. ¿Y no le parece que el resultado es demasiado?

R. ¿Qué?

P. Pues que se necesita a lo mejor menos de lo que ha escrito para dejar claro todo.

R. No lo entiendo.

P. Que el trabajo suyo a lo mejor apabulla.


R. No. ¿Por qué?

P. A veces parece excesivo.


R. Mire, es lo que tiene que ser... No sé.

P. Es cierto que cada libro tiene su propia medida, su cuerpo.


R. Bueno, yo me empeñé en conseguir lo que me propuse, que lo haya logrado es otra cuestión.

P. ¿Y qué quería conseguir? ¿Algo parecido a lo que se ha dicho, un Guerra y paz de nuestro tiempo?

R. No, no, no, qué va. Sólo responder a una pregunta sencilla que me planteaba. Y me llevó a algo demasiado largo para lograr una respuesta.

P. ¿Cuál era la pregunta, la gran pregunta que se planteó?


R. La naturaleza del crimen de Estado.

P. ¿La naturaleza del mal también?

R. Para mí, lo que es el mal no tiene tanta importancia, eso hay que dejarlo en manos de perspectivas religiosas. El mal es un resultado, no es algo trascendente, ni el bien tampoco. Son acciones que no remiten a estados ajenos al ser humano, dependen de la voluntad de las personas.

P. Seguramente, ha leído lo que Vargas Llosa dijo de su libro.


R. Eh, pues no recuerdo.

P. Dijo que era un libro impresionante pero que no dejaba resquicio de esperanza.

R. Ya, es que yo no creo en la esperanza. No tengo esperanza en nada. Si nos fijamos en el mundo, es todo un espanto. Ser una persona decente se pone difícil. En Occidente creíamos que habíamos encontrado un equilibrio, pero para el resto de la humanidad, la vida es una pesadilla.

P. ¿Y no hay solución, no ve solución?

R. Todos vamos a morir, ¿qué quiere que esperemos?

P. ¿No hay un hueco para la belleza?


R. Bueno, sí. La belleza está por todas partes.

P. Menos en su libro.


R. Hay muchísima belleza en mi libro.

P. Quizás arrasada por todo lo que le rodea.

R. Hay mucha, una puesta de sol bonita lo es, ocurra lo que ocurra. Da lo mismo que la contemplemos desde el Tibidabo que desde, no sé, cualquier sitio. No cambia.

P. A lo mejor son los ojos de quien observa los que pueden ensuciarlo todo, hasta lo bello. Nos resistimos a ver el mundo a través de esos ojos.


R. Puede ser. La belleza existe a pesar de los seres humanos. Si todos desapareciéramos de este mundo, no acabaríamos con ello. La belleza no depende de quién la observe. Por supuesto que contamos con ella creada por los seres humanos, el arte, sin ir más lejos, pero la belleza existe, naturalmente.

P. También la belleza se puede retorcer por personajes como éstos.


R. ¿Por quiénes?

P. Por los nazis.


R. No, eso es demasiado simplón. Eso es propio de los psicópatas. Buscar la belleza o la excitación en el crimen. Pero en el caso del nazismo, hasta los crímenes, que eran una estrategia de Estado, debían ser ejecutados por gente de lo más normal.

P. ¿Qué piensa de aquellos intelectuales, críticos, víctimas que no creen legítimo escribir del Holocausto si no se ha tenido nada que ver con la experiencia? ¿No les teme?

R. Me importan poco las reacciones, tampoco creo que se deba limitar a nadie. Todos tenemos derecho a un punto de vista.

P. ¿Y ha encontrado las respuestas que se planteó?

R. Diría que algunos elementos se aclararon. Pero no creo que exista una respuesta. En fin, ya saben cómo funciona ese sistema, cómo se organiza el terror de Estado, puede que se me hayan aclarado cosas aunque persisten, para mí, misterios.

P. ¿Se puede imaginar cómo fue?

R. Sigue siendo un misterio para mí. El hecho de organizar asesinatos masivos, el hecho de que sólo una persona pueda matar a otra me resulta extraño, raro, que mientras estamos aquí alguien pueda estar torturando en un sótano a un ser humano. Y eso que me he cruzado en la vida con gente que lo hace, con gente que ha asesinado, torturado con sus propias manos. A muchos. Pero aun así, me resulta extraño que en su cabeza quepa querer a sus hijos, a su familia y al tiempo torturar a sus semejantes o a hijos de otros. Intenté analizarlo y verlo a través de los ojos de Max, incluso él mismo trata de entender a quienes le rodean.

P. ¿Por qué dio a la estructura del libro una forma musical?

R. Está bien contar con el contrapunto.

P. Así que Bach tiene mucho que ver con este libro.

R. Sí, sí, por supuesto. Me gusta mucho.

P. Pero si ha dicho que no le queda esperanza y Bach proporciona bastante.

R. Me proporciona belleza, no esperanza. Es bueno saber que ha existido gente que concibe el mundo como Bach. Él creía en Dios, creaba para Dios, su música depende de inspiraciones teológicas, en lo que creía. Yo no lo comparto, pero me quedo con toda la belleza. Bach es precioso, pero nunca evitaría que una persona hiciera daño a otra, aunque me puedo equivocar.

P. Es que Bach trasciende lo teológico. Atraviesa lo divino y toca el alma de agnósticos y ateos también.

R. La fuga es una expresión musical del misterio de la Santísima Trinidad. Tres partes en una.

P. La Trinidad, ¿no es puro relativismo?

R. Claro, claro, pero para los cristianos es fe.

P. Ya, un dogma. Pero un dogma que viene a ser relativo: tres partes para un fin, tres prismas para un objetivo. Es el colmo de la relatividad. ¿Y usted toca algún instrumento?

R. No, no. Me gusta la música antigua y barroca, Purcell, Monteverdi. El siglo XIX, ya no tanto.

P. ¿Y Wagner?

R. ¿Wagner? No, por Dios. ¡Qué horror! Mi límite está en Beethoven. Después de eso, me pierdo, puedo aguantar a Chopin.

P. ¿Por qué no le gusta Wagner?

R. Porque es insufrible. Es como una papilla, pesada, pastosa. Menos mal que después, con Debussy y Schönberg, regresa la forma, aunque sea una forma discutible, pero es una forma.

P. Aparte de la búsqueda de respuestas, este libro denota una ambición profunda. ¿Cuál era, artísticamente?


R. Hacer una obra bien armada.

P. Además ganó el Premio Goncourt...

R. Hice todo por evitarlo pero, por desgracia, sí, me lo dieron.

P. Pero no lo recogió.

R. No lo quería.

P. ¿Por qué? ¿Por qué rechaza un premio que tanta gente ambiciona?

R. No creo que los premios tengan que ver con la literatura. Tienen más que ver con la publicidad y el marketing, pero no con la literatura. No me gusta eso.

P. Sí, pero bueno, es un buen premio, bien dotado, puede vivir ahora en Barcelona tranquilamente gracias a su impacto...

R. Me vine aquí antes. Sí, el dinero está bien, es otra cosa. Es que no me gusta la competencia y toda esa basura, a no ser que te interese más el estatus social que el arte. Tampoco escribí este libro para ganar dinero, eso lo puedo asegurar.

P. ¿Qué es para usted la literatura? ¿Cómo se contagió de ella?

R. Leyendo.

P. ¿Y qué es lo que leyó que le hiciera desear ser escritor? Porque hay libros que lo contagian y otros que no.

R. Desde luego, hay autores que me marcaron, Bataille, Kafka, Beckett, Melville... Y otros tantos.

P. ¿Es de los que creen que la novela ha muerto?

R. Sé que existe ese debate, pero no le veo mucho sentido. Mis gustos literarios son prosísticos, incluso sigo descubriendo cosas que me impactan. No veo que haya que arreglar el género.

P. Ese desprecio que dicen que ha mostrado usted por la cultura estadounidense, ¿es cierto?

R. No, no.

P. ¿Se le ha malinterpretado?

R. La gente ha escrito tanta porquería sobre mí que no le doy importancia. Hay elementos de esa cultura que no me gustan nada, pero no me puedo quejar. Desprecio ciertas maneras conservadoras, retrógradas y fascistas de ella, ese consumismo obsesivo, pero hay cosas muy interesantes al tiempo.

P. ¿Se siente un miembro de ese club de Bartlebys que fundó Enrique Vila-Matas?

R. Bartleby el escribiente es un libro que me fascina. Ese personaje que no dejaba de decir que preferiría no hacerlo, en cierto modo, fue mi actitud con el Goncourt, que pasaran de mí.

P. ¿En qué anda metido ahora?

R. Pues en nada. Apenas tengo tiempo para concentrarme en cosas serias con todo esto.

P. Pero, ¿escribe?

No.

P. ¿No quiere escribir otra novela?

R. Ya veremos. Me paso la vida en cosas que me vienen de este maldito libro, estoy harto.

P. ¿Maldito libro? ¿Ya lo odia?

R. No, haberlo escrito, no. Pero todo esto. Repetir esta entrevista 30 o 40 veces...

P. No da muchas.

R. Demasiadas para las que yo concedería. No le veo sentido a no ser que surjan cosas nuevas. Hay que hacerlo, es parte de su trabajo también, deben vender periódicos, es puro comercialismo, no tiene nada que ver con otra cosa. He hecho algunas entrevistas interesantes en las que han surgido algunos elementos nuevos y entonces valen.

P. ¿En ésta ha dicho algo nuevo?

R. No.

P. Pues añádalo.

R. No tengo más que añadir. -