viernes, noviembre 19, 2010

Nuevo álbum de Djavan!!! "Ária"

El triunfo del capricho
Por Leonardo Tarifeño
La Nación

No hay arte sin capricho, y en su último disco Djavan demuestra que, al menos en casos como éste, el triunfo del capricho también puede ser el del refinamiento y el buen gusto. Por primera vez en 34 años de carrera, el creador de "Fato consumado" grabó un CD sin composiciones propias, dedicado íntegramente a mostrar sus personalísimas versiones de los trabajos ajenos. Caetano Veloso, Cartola, Luiz Gonzaga, Gilberto Gil y las delanteras Chico Buarque-Edu Lobo y Tom Jobim-Vinicius de Moraes son algunas de los figuras homenajeadas en el exquisito Ária, donde Djavan se da el enorme y sencillo gusto de cantar sólo aquello que lo emociona (incluida, contra todo pronóstico, la sinatresca "Fly Me to the Moon"). Cantar porque sí: tal parece el secreto de la frescura que recorre Ária, una oda a la espontaneidad con la que el propio artista rejuvenece y se reinventa. ¿Djavan se transformó en un cantante de standards? No, se convirtió en intérprete de su memoria afectivo-musical. El próximo miércoles, el teatro Gran Rex de Buenos Aires será testigo de esa inesperada metamorfosis.

Ária no es, ni de lejos, un disco-karaoke, en el que la sucesión de clásicos construye un mapa de guiños para deleite de un público particular. Muy por el contrario, el repertorio incluye apenas cuatro hits ("Apoteose ao samba", de Silas de Oliveira y Mano Décio; "Brigas nunca mais", de Jobim y Moraes; "Palco", de Gil; y "Fly Me to the Moon", de Bart Howard) y convoca, como grandes pilares del proyecto, hermosas canciones seleccionadas con ojo clínico, como "Oração ao tempo", de Caetano Veloso, "Treze de dezembro", de Luiz Gonzaga y Zé Dantas, "Valsa brasileira", de Buarque y Lobo, y el inolvidable samba abolerado "Sabes mentir", de Othon Russo, que Djavan conoció durante su infancia porque lo cantaba su madre. El recorrido que propone Ária es un puzle sonoro que dibuja el rostro del cantante alagoano, hecho a su medida y a la de su elegancia interpretativa, que a la delicadeza de su voz aquí le suma la caricia acústica y la sutileza como principal ideología. El compromiso es con el placer, cantante y banda se divierten y el resultado es un paseo por el amor a la música que sólo pueden permitirse aquéllos más enamorados de su arte que de sí mismos.

Cantante que sabe coquetear con el pop y el jazz, Djavan juega con ambos universos en Ária pero esta vez lo hace en clave personal. Más que un disco, es un espejo. Mirar a través de él supone entrar en el mundo íntimo de un artista mayor.

sábado, noviembre 13, 2010

¿Y ahora quién nos defenderá contra la mojigatería?



Berlanga

Del blog de Juan Cruz-El País
Luis García Berlanga acaba de fallecer en Madrid a los 89 años. Una muerte que clausura una época brillante del cine español. Le entrevisté poco antes de que empezara a sufrir la enfermedad que finalmente le postró. Entonces, hace cuatro años, don Luis seguía manteniendo una enorme vitalidad, la que le hizo legendario, y la que de alguna manera se manifestaba en todas sus películas, llenas siempre de acción, de descubrimientos y de gracia. En aquella ocasión, como sabía que muchos de nosotros (Harguindey, los Trueba, algunos más) frecuentábamos mucho a Rafael Azcona, su guionista y su amigo, con el que hizo algunos de sus filmes más geniales, me dijo: "Ustedes ven mucho a Azcona". Había en ello un deje de celo, pero también creí adivinar ahí cierta melancolía de una amistad y de una camaradería profesional de la que surgieron proyectos sensacionales sobre los que hoy cae un telón simbólico. Era un hombre que unía a su actividad incesante un genio inmenso para la broma y para la discusión; una conversación con él corría siempre el riesgo de convertirse en un monólogo frenético. Cuando tú le preguntabas, él seguía respondiendo sobre sus propias respuestas, incesantemente, como si no hubiera puntos y apartes en su vida; y así eran las entrevistas con él: largos monólogos pespunteados por alguna curiosidad que él satisfacía con gusto. En cierto modo, ese hallazgo suyo del plano secuencia era consecuencia de su manera de ser; quería estar al tiempo en todos los lugares y en todas las conversaciones; esa tendencia a la totalidad la llevó al cine pero también a la vida: abrazó el cine y la amistad, pero también abrazó la literatura y el erotismo, tuvo una curiosidad incesante por todo; esos intereses le acompañaron hasta el final, hasta que la vida le dijo basta; él se resistió, cómo no, hasta el final estuvo entre proyectos, ahora necesariamente ajenos; José Luis García Sánchez hizo un documental que presagiaba su despedida, y ahora mismo, este fin de semana, he visto anuncios en los que él se presta a ayudar a otros a vencer dolores que él ha sufrido hasta hoy mismo. Y he visto que una revista, el XL de Vocento, anuncia una entrevista con él para mañana. Aquella vez, cuando le entrevisté, no había razón ninguna, no había hecho ningún filme, no había hecho nada que exigiera entonces que le requiriéramos para una entrevista de urgencia. Era una entrevista porque sí, y tardó mucho en salir. Cuando salió, me temo, ya Luis podía mostrar poco interés por leer sobre sí mismo; en realidad, en aquella ocasión y todas las veces que le vi antes Berlanga estaba siempre más interesado en hablar, en contar, que en saber de él. Ahora recupero aquella experiencia de hablar con él como un homenaje a una voz que ahora me viene a la memoria como un susurro incesante de órdenes y de risas, en medio de su oficina llena de afiches y de recuerdos sobre los que él paseaba como un torbellino. Murió Berlanga, un nombre propio muy grande del cine español.

lunes, noviembre 08, 2010

Ya va siendo hora, no?

TRIBUNA: MARIO VARGAS LLOSA
Avatares de la marihuana

Se equivocaron los californianos al votar en contra de su legalización. El Estado debería tratar las drogas igual que el alcohol y el tabaco: dando libertad al individuo y sancionando el daño a terceros

Vía "El País"

Los electores del Estado de California rechazaron el martes 2 de noviembre legalizar el cultivo y el consumo de marihuana por 53% de los votos contra 47%, una decisión a mi juicio equivocada. La legalización hubiera constituido un paso importante en la búsqueda de una solución eficaz del problema de la delincuencia vinculada al narcotráfico que, según se acaba de anunciar oficialmente, ha causado ya en lo que va del año en México la escalofriante suma de 10.035 muertos.

Esta solución pasa por la descriminalización de las drogas, idea que hasta hace relativamente poco tiempo era inaceptable para el grueso de una opinión pública convencida de que la represión policial de productores, vendedores y usuarios de estupefacientes era el único método legítimo para acabar con semejante plaga. La realidad ha ido revelando lo ilusorio de esta idea, a medida que todos los estudios señalaban que, pese a las astronómicas sumas invertidas y la gigantesca movilización de efectivos para combatirla, el mercado de la droga ha seguido creciendo, extendiéndose por el mundo y creando unos carteles mafiosos de inmenso poder económico y militar que, como se está viendo en México desde que el presidente Calderón decidió enfrentarse, con el Ejército como punta de lanza, a los jefes narcos y sus pandillas de mercenarios, pueden combatir de igual a igual, gracias a su poderío, con Estados a los que tienen infiltrados mediante la corrupción y el terror.

Los millones de electores californianos que votaron por la legalización de la marihuana son un indicio auspicioso de que cada vez somos más numerosos quienes pensamos que ha llegado la hora de cambiar de política frente a la droga y reorientar el esfuerzo, de la represión a la prevención, cura e información, a fin de acabar con la criminalidad desaforada que genera la prohibición y los estragos que los carteles del narcotráfico están infligiendo a las instituciones democráticas, sobre todo en los países del Tercer Mundo. Los carteles pueden pagar mejores salarios que el Estado y de este modo neutralizar o poner a su servicio a parlamentarios, policías, ministros, funcionarios, financiar campañas políticas y adquirir medios de comunicación que defiendan sus intereses. De este modo dan trabajo y sustento a innumerables profesionales contratados en las industrias, comercios y empresas legales en las que lavan sus cuantiosas ganancias. Esa dependencia de tanta gente de la industria de la droga crea un estado de ánimo tolerante o indiferente frente a lo que ella implica, es decir, la degradación y desplome de la legalidad. Ése es un camino que conduce, tarde o temprano, al suicidio de la democracia.

La legalización de las drogas no será fácil, desde luego, y, en un primer momento, como señalan sus detractores, traerá sin duda un aumento del consumo, sobre todo, en sectores juveniles. Por eso, la descriminalización sólo tiene razón de ser si viene acompañada de intensas campañas informativas sobre los riesgos y perjuicios que implica su consumo, semejantes a las que han servido para reducir el consumo del tabaco en casi todo el mundo, y de esfuerzos paralelos para desintoxicar y curar a las víctimas de la drogadicción.

Pero el efecto más positivo e inmediato será la eliminación de la criminalidad que prospera exclusivamente gracias a la prohibición. Como ocurrió con las pandillas de gánsteres que se volvieron todopoderosas y llenaron de sangre y de muertos a Chicago, Nueva York y otras ciudades norteamericanas en los años de la prohibición del alcohol, un mercado legal acabará con los grandes carteles, privándolos de su cuantioso negocio y arruinándolos. Como el problema de la droga es fundamentalmente económico, económica tiene también que ser su solución.

La legalización traerá a los Estados unos enormes recursos, en forma de tributos, que si se emplean en la educación de los jóvenes y la información del público en general sobre los efectos dañinos para la salud que tiene el consumo de estupefacientes puede tener un resultado infinitamente más beneficioso y de más largo alcance que una política represiva, la que, aparte de causar violencias vertiginosas y llenar de inseguridad la vida cotidiana, no ha hecho retroceder un ápice la drogadicción en ninguna sociedad. En un artículo publicado en The New York Times el 28 de octubre, el columnista Nicholas D. Kristof cita una investigación presidida por el profesor de Harvard Jeffrey A. Miron en la que se calcula que sólo la legalización de la marihuana en todo Estados Unidos haría ingresar anualmente unos 8.000 millones de dólares en impuestos a las arcas del Estado, a la vez que le ahorraría a éste una suma equivalente invertida en la represión. Esa gigantesca inyección de recursos volcada en la educación, principalmente en los colegios de barrios pobres y marginales de donde sale la inmensa mayoría de drogadictos, reduciría en pocos años de manera drástica el tráfico de drogas en ese sector social que es el responsable del mayor número de hechos de sangre, de la delincuencia juvenil y el desquiciamiento familiar.

Nicholas D. Kristof cita también la conclusión de un estudio realizado por ex policías, jueces y fiscales de Estados Unidos, donde se afirma que la prohibición de la marihuana es la principal responsable de la multiplicación de pandillas violentas y carteles que controlan la distribución y venta de la droga en el mercado negro obteniendo con ello "inmenso provecho". Para muchos jóvenes pobladores de los guetos negros y latinos, ya muy golpeados por el desempleo que ha provocado la crisis financiera, esa posibilidad de ganar dinero rápido delinquiendo resulta un atractivo irresistible.

A estos argumentos pragmáticos a favor de la descriminalización de las drogas sus adversarios suelen responder con un argumento moral. ¿Debemos, pues, rendirnos, alegan, al delito en todos los casos en que la policía se muestre incapaz de atajar al delincuente, y legitimarlo? ¿Esa debería ser la respuesta, por ejemplo, ante la pedofilia, la brutalidad doméstica, la violencia de género, fenómenos que, en vez de disminuir, aumentan por doquier? ¿Bajar los brazos y rendirnos, autorizándolas, ya que no ha sido posible eliminarlas?

No se debe confundir el agua y el aceite. Un Estado de derecho no puede legitimar los crímenes ni los delitos sin negarse a sí mismo y convertirse en un Estado bárbaro. Y un Estado tiene la obligación de informar a sus ciudadanos sobre los riesgos que corren fumando, bebiendo alcohol o drogándose, por supuesto. Y de sancionar y penalizar con severidad a quien, por fumar, emborracharse o drogarse causa daños a los demás. Pero no parece muy lógico ni coherente que si ésta es la política que siguen todos los gobiernos en lo que concierne al tabaco y al alcohol, no la sigan también en el caso de las drogas, incluidas las drogas blandas, como la marihuana y el hachís, pese a estar más que probado que el efecto pernicioso de estas últimas para la salud no es mayor, y acaso sea menor, que el que producen en el organismo los excesos de tabaco y de alcohol.

No tengo la menor simpatía por las drogas, blandas o duras, y la persona del drogado, como la del borracho, me resulta bastante desagradable, la verdad, además de cargosa y aburrida. Pero también me disgusta profundamente la gente que en mi delante se escarba la nariz con los dedos o usa mondadientes o come frutas con pepitas y hollejos y no se me ocurriría pedir una ley que les prohíba hacerlo y los castigue con la cárcel si lo hacen. Por eso, no veo por qué tendría el Estado que prohibir que una persona adulta y dueña de su razón decida hacerse daño a sí misma, por ejemplo, fumando porros, jalando coca, o embutiéndose pastillas de éxtasis si eso le gusta o alivia su frustración o su desidia. La libertad del individuo no puede significar el derecho de poder hacer solo cosas buenas y saludables, sino, también, cosas que no lo sean, a condición, claro está, de que esas cosas no dañen o perjudiquen a los demás. Esa política, que se aplica al consumo de tabaco y alcohol, debería también regir el consumo de drogas. Es peligrosísimo que el Estado empiece a decidir lo que es bueno y saludable y malo y dañino, porque esas decisiones significan una intromisión en la libertad individual, principio fundamental de una sociedad democrática. Por ese camino se puede llegar insensiblemente a la desaparición de la soberanía individual y a una forma encubierta de dictadura. Y las dictaduras, ya lo sabemos, son infinitamente más mortíferas para los ciudadanos que los peores estupefacientes.

© Mario Vargas Llosa, 2010. © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2010.