Sami, compañero de Taller Literario de Escritura Creativa, presentó el siguiente relato al
25º Concurso de Cuentos de las Bibliotecas Públicas de Madrid y lo ha ganado en su categoría.
Y ahora, está preparando un cortometraje del mismo.
Enhorabuena, Sami.
CLARA
Creo que odiaba a Paco, no mucho, pero le odiaba. Y entonces el teléfono sonó: «Miguel, hay una farola estropeada en la Calle 17. ¡Ha de estar arreglada para mañana! ¡Ve ya, date prisa!» Definitivamente le odio del todo, ¡maldita persona la suya! Paco es el electricista jefe, un clásico cincuentón amargo, como el café. En la oficina todos sabemos que vive muy sólo, pero esa no es razón: ¿Qué me importa a mí? ¿He de ser infeliz también yo? No, en el fondo sabía que no, la culpa no era suya, sino mía. ¿Vive alguien feliz sólo arreglando farolas? ¡Maldita profesión la mía! ¡La detesto!
Colgué el móvil malhumorado tras tan repentino encargo, me vestí deprisa y acudí a regañadientes a la Calle 17. ¡Era larga, la dichosa! Como en toda calle, sendas filas paralelas de farolas se encontraban separadas por una ancha y limpia calzada. Aquel lugar, aun encontrándome yo en pleno centro de la ciudad, parecía totalmente deshabitado, totalmente desértico. Los edificios adyacentes a las aceras eran completamente nuevos, con sus ladrillos lisos y sin fisuras, cristales impecables y persianas bajadas. Parecía que nadie había pisado aquel lugar. ¡Qué importaba que no funcionase una insignificante farola! Cuando di con ella (exactamente la Nº 9b7652) me planté justo enfrente y, tras un profundo resoplido, dispersé por el suelo todas mis herramientas. Los golpes metálicos que estas produjeron se fundieron con el armónico canto de algunos gorriones que revoloteaban por allí.
Abrí el cuerpo principal y analicé el problema, como un detective que observa un cadáver. Varios cables estaban chamuscados o sueltos y, además, la base se encontraba muy húmeda, posiblemente por alguna reciente tormenta. Me coloqué los guantes y agarré un cable con fuerza, aunque no fue hasta que tomé el segundo cuando escuché el grito: « ¡He, tú!». Me sobresalté y eché una alertada mirada a mi alrededor, aunque en el fondo de mi ser suponía qué había gritado. « ¡Sí, tú, el de ahí abajo!»
Detesto a las farolas, son los seres más desagradables y viles que existen. No sé si el resto de la gente lo nota pero, en cuanto te das la vuelta, se ríen de ti y te hacen burlas, como si fuesen niñatas sin respeto. Todos sus diabólicos planes son trazados en su centro neuronal, también conocido como “bombilla” (he de ahí la relación entre tener una idea y que “se te encienda la bombilla”) A mí, por ejemplo, me fastidian estropeándose (aunque afirman que para ellas es algo muy agradable). Y, encima, cuando les arreglo, lo único que hacen es quejarse, diciendo cosas como “¡no me asesines!”, algo que no entendía mucho, la verdad. De todas formas, hacían un poco más ameno mi trabajo, dado que les gustaba parodiarme e insultarme mientras las arreglaba. «Mira, soy Miguel, y como me aburro, he venido a fastidiarte farolita ¡Ja ja ja! ¡Qué bien me lo paso!...». ¿A quién no le divierte que le insulte una farola? Pero lo que no sabía, aunque descubrí más tarde, es que aquella ocasión era diferente.
Reconozco que, al principio, Clara (su nombre) no procedió con demasiados buenos modales. Se quejó de todo lo que su mentalidad de farola alcanzaba a entender: de mí, del ruido, la polución, la lluvia… «Llevo ya siete años siendo farola, sé lo que digo. Aquí, en la Tierra, ―comentaba― se nos tiene muy infravaloradas. Desde que nacemos, estamos clavadas sólidamente al suelo, privadas de todas las maravillas que ofrece este grandioso mundo libre. No nos dejáis siquiera elegir dónde “vivir”, todo a merced de vuestros deseos. Y lo peor, con la obligación monótona y aburrida de encendernos de noche y apagarnos de día, hasta que una bomba o un terremoto acaben con este martirio. En otros planetas, nos quieren, valoran y cuidan mucho más que aquí (como en Planorio, por poner un ejemplo) La única forma que tenemos en este planeta para romper las cadenas de esta esclavitud es poder estropearnos (algo sumamente improbable de conseguir), lo que libera nuestro espíritu y nos permite ser libres hasta que un zopenco como tú nos priva de semejante edén, nos asesina. ¿Te gustaría que te clavase yo al suelo? ¿Te gustaría? ¡Seguro que no!…»
Fueron muchos los discursos que escuché de Clara, unos más convincentes que otros. Hablaba con mucha seguridad en sí misma, y aportaba argumentos irrefutables que, poco a poco, fueron rompiendo mis numerosas barreras mentales hasta convencerme de que aquello no era, a lo menos, justo. A partir de ese momento empezó a ser muy agradable conmigo. Comenzó a hablarme sin gritar, con un agradable timbre femenino: una voz maravillosa. Poco a poco iba cogiendo confianza conmigo, al igual que yo con ella.
Hablábamos libremente de todo, desde nuestros problemas (algo en lo que un tanto pesada) hasta nuestros deseos y sueños. Creo que jamás me había sincerado tanto con nadie (bueno, “algo”) como en aquellos momentos. Me sentía feliz, simplemente feliz. Pasamos el día entero juntos. Yo estaba tumbado en la calzada, muy cerca de su cuerpo metálico, que me ofrecía seguridad y buena sombra. Aunque no me atraía físicamente (seguía siendo una farola, al fin y al cabo), la acabé cogiendo mucho cariño, mucho, demasiado…
Aquella noche decidí dormir a la intemperie: estábamos prácticamente en verano, no pasaría frío. Lo único que quería era estar con Clara, sentir su metálica presencia cerca. Sé que parece algo muy surrealista, también yo lo creí en su momento, pero nadie se puede engañar a uno mismo: eso era cierto. Prefería estar allí que en mi pequeño apartamento, dónde iba a parar.
Paco sólo apareció cuando el cansancio pudo conmigo, ya altas horas de la madrugada. Brotó en mis sueños como una rosa marchita en un precioso jardín, repitiéndome constante «ha de estar arreglada para mañana. Ha de estar…» Desperté de repente. La calle estaba muy iluminada, pero Clara, con la misma postura que las demás farolas, se encontraba muda y apagada, seguramente aprovechando que yo dormía para, como había dicho ella, «descubrir mundo». Aunque por un momento mi corazón (no yo) pensó en no hacerlo, mi conciencia me advirtió que era el momento apropiado, que si lo hacía más tarde sería peor. Mintió.
Me incorporé despacio y saqué sigilosamente todas mis herramientas. Si no quería problemas debía hacerlo rápido, antes de que su espíritu regresase. No quería volver a escucharla, el “canto de la sirena” destrozaría mi decisión. Y así lo hice.
El sol empezaba a mostrarse por el horizonte, iluminando con su rojiza luz el sudor que descendía por mi cara. Ya sólo quedaba un cable, y tan rápido como lo agarré, Clara regresó. No detallaré aquellos horribles momentos en los que las lágrimas, gritos y sollozos infectaron todo, sólo diré que fue agónico. «Miguel, tú no eres un asesino…». «Lo siento, Clara» murmuré, antes de soldar el último cable, antes de que silencio la callase para siempre.